Antártida

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El barco se separa lentamente de la rada del puerto de Ushuaia, en un viaje que comenzó hace mucho tiempo. El capitán James Cook ya lo ha hecho en 1772, pero bastante antes, en 1520, Fernando de Magallanes ya había navegado por el famoso estrecho que lleva su nombre. Por Martín Zubieta

Antártida
Viaje al definitivo sur

El barco se separa lentamente de la rada del puerto de Ushuaia, en un viaje que comenzó hace mucho tiempo. El capitán James Cook ya lo ha hecho en 1772, pero bastante antes, en 1520, Fernando de Magallanes ya había navegado por el famoso estrecho que lleva su nombre. El fantasma de un nuevo continente se paseaba por la mente y la imaginación de los primeros cartógrafos y aventureros. En el imaginario de la época, ese nuevo continente, “terra australis incoginita”, debía estar en el inmenso espacio que se expandía entre el Estrecho de Magallanes, precisamente, y el Polo Sur, sitio hasta entonces jamás visitado por el hombre. Los marinos, acaso despojados de todo cuidado, acaso sostenidos por un extraordinario sentido de lo épico y lo heroico, pero impulsados por las guerras que se sucedían entre España, Holanda e Inglaterra, continuaban surcando aguas absolutamente desconocidas. En 1526 y 1578, el español Fernando Hoces y el británico Sir. Francis Drake -conocido por un apodo que lo pinta de cuerpo entero, “el azote de Dios”-, arribaron por vez primera a la unión del Atlántico con el Pacífico, el Cabo de Hornos, sin saber en qué sitio estaban y qué era exactamente ese inmenso y casi siempre tormentoso mar, un mar increíblemente azul. Sólo tenían certeza de que el “confín de todas las tierras” no podía estar demasiado lejos. El paso no permaneció mucho tiempo sin nombre. Sólo hasta que los holandeses Willem Schouten y Jacob Le Maire, en 1616, luego de descubrir y bautizar a la Isla de los Estados, advierten que ese infinito espacio que había confundido por un instante a Hoces y Drake no era otra cosa que, efectivamente, el lugar exacto en el que confluían los dos grandes océanos. Desde ese momento, el Cabo de Hornos pasó a ser su denominación oficial. Pero Cook, literariamente al menos, aún circulaba por allí, todavía no se había hecho a la mar o estaba por retornar. Entre 1770 y 1775 realizó dos viajes. El primero a bordo del “Endeavour”, con el que dio la vuelta al mundo. El “Resolution” y el “Adventure” formaron la pequeña flota de su segunda travesía, la que se animó aún más en los misterios australes. Si bien el marino dudaba de la existencia de la “tierra desconocida”, hacia allí fue, sólo que jamás llegó. Regresó a Inglaterra, pero se anotó la proeza de haber alcanzado los 70° de latitud sur, luego de cruzar el Círculo Polar Antártico en tres oportunidades y de navegar en los mismísimos bordes del hielo marino. Entre 1819 y 1823 se produjo una verdadera carrera por los mares del sur, a tal punto que muchos de los nombres y apellidos de los que tomaron ese primitivo rumbo hoy figuran como nombres propios en la Antártida, como si nunca se hubieran alejado de ella. Los rusos financiaron una avanzada al mando de Fabian von Bellingshausen, quien circunnavegó el continente, aunque no descendió. Acaso los primeros en observar la Antártida con sus propios ojos hayan sido los rudos marineros de la tripulación del cazador de focas estadounidense Nathaniel Palmer y los oficiales navales británicos William Smith y Edward Branfield, ya que ambas expediciones navegaron por el extremo norte de la Península Antártica en algún día veraniego de 1820. De todas maneras, el primer desembarco registrado fue el del cazador de focas John Davis, el 7 de febrero de 1821. Dos años más tarde otro cazador, el ballenero británico James Weddell, atravesó por primera vez el mar que hoy lleva su nombre y navegó tan al sur como ningún otro lo había hecho con anterioridad.
Las islas Kerguelen y las Shetland del Sur eran bien conocidas por foqueros y balleneros cuando el biólogo belga Adrien de Gerlache, acompañado por Roald Amundsen, en ese entonces un casi desconocido y joven marino noruego, relevó la orografía y las costas de la Península Antártica entre 1897 y 1899. A los 71°, su navío quedó atrapado entre los hielos y debió pasar todo el frío y oscuro invierno en la Antártida. El desafío todavía estaba planteado: alcanzar el Polo Sur geográfico. Pero nada es para siempre y los viajes, como sostiene Jorge Monteleone, valen la pena porque admiten la posibilidad de ser contados, de ser narrados. Otro de los tantos fue el del sueco Otto Nordensköld, entre 1901y 1904. Desembarcó en la isla Snow Hill con la idea de esperar el inexorable paso del invierno mientras Carl Larssen, capitán del “Antartic”, se alejaba de la zona con el propósito de retornar en el verano siguiente para recoger al grupo expedicionario. Ancló en la isla Paulet y, entre otros puntos, llegó hasta la isla Seymour, donde hoy se encuentra la base argentina vicecomodoro Marambio (64°, 14´ latitud sur), con el propósito de dirigirse con rumbo a Sudamérica, objetivo que no pudo cumplir: el clima y las tormentas produjeron el hundimiento del buque. La tripulación, entonces, se vio obligada a buscar refugio en una pequeña isla. Algunos se quedaron allí, otros optaron por marchar hacia Snow Hill, con lo que había tres pequeños contingentes desconectados entre sí, desperdigados por el inmenso continente antártico. La escena no podía ser más desalentadora, aunque a veces los hombres producen pequeños milagros inesperados, solicitados desde lo más intimo por el mundo entero, pero en los cuales nadie cree, excepto algunos pocos: todos fueron rescatados sanos y salvos en 1903 por la corbeta argentina “Uruguay”, al mando del alférez José María Sobral, de sólo 21 años.
En la misma época (1901-1903) Robert Falcon Scott, a bordo del “Discovery”, surcó las aguas del Mar de Ross e investigó la Bahía de Mac Murdo. Con él viajaba un pionero de los territorios australes, Sir. Ernest Shackleton. Ambos alcanzaron los espectaculares 82° de latitud sur. Los dos nombres quedarían definitivamente ligados a la extraordinaria historia antártica.
La Antártida, con un casi imperceptible y seductor susurro, continuaba atrayendo a científicos, marinos y aventureros de todas las nacionalidades. Tanto que el Dr. William Bruce, en 1903, desembarcó en las islas Orcadas del Sur, donde estableció una estación meteorológica a la que llamó Osmond House. Conocedor de sus precariedades, Bruce ofreció el manejo de la base al gobierno argentino, en ese entonces presidido por Julio Argentino Roca, quien rápidamente aceptó la proposición. De esta manera Osmond House se transformó en el primer establecimiento antártico permanente y todavía se mantiene operativo. El lenguaje poético escondido en ese susurro antártico atrapó una vez más a Shackleton. Y Shackleton regresó entre 1907 y 1909 para intentar llegar, de una vez, al Polo Sur. Arribó al Polo Sur magnético (72° 25´ sur y 155° 16´este) y siguió su camino en trineos tirados por ponies siberianos. Los animales murieron y Shackleton “solo” pudo alcanzar los 88° 23´, apenas a 180 kilómetros del Polo Sur. Este notable personaje retornó en 1915 con otro objetivo extraordinario, tratar de atravesar el continente. Su barco, el “Endurance” fue destrozado por los hielos y gran parte de su tripulación se dirigió a la isla Elefante. Shackleton, en una especie de última proeza, desembarcó en las Georgias, a las que llegó en bote, donde murió.
Corrían los primeros días de 1911 y, pese a las enormes dificultades, los días misteriosos de la Antártida estaban por finalizar (o comenzar, quien sabe) cuando zarparon Robert Scott, desde Inglaterra, y Roald Amundsen, desde Noruega. Ambos se establecieron en la zona cercana a la Bahía de Ross, desde donde comenzaron particular disputa, en la que no merece haber ganadores. Amundsen partió hacia el Polo a comienzos del mes de septiembre; un mes más tarde ya había alcanzado los 80° de latitud sur. Volvió al camino con un grupo conformado por cuatro hombres, cada uno con un trineo liviano cuya capacidad de locomoción dependía de la fuerza de trece perros. A pesar de las infernales condiciones climáticas, lograron avanzar aproximadamente 25 kilómetros por día. Amundsen tocó el Polo Sur el 14 de diciembre de 1911, luego de una marcha ininterrumpida de tres meses y tres mil kilómetros. Scott comenzó su tránsito hacia el Polo junto a 16 hombres, diez ponies siberiano, 233 perros, trece trineos y distintos equipos para realizar investigaciones científicas. Pero los equipos se rompían y los caballos no resistían la travesía. Finalmente, el 18 de enero de 1812 con nada más que cuatro compañeros (Bowers, Evans, Oates y Wilson), llegó al Polo Sur para comprobar que había “perdido” la carrera por un mes y cuatro días. Todos murieron de regreso al campamento base y sus cuerpos fueron encontrados ocho meses más tarde.
Cae la tenue noche sobre la Tierra del Fuego. El barco se mueve lentamente por el Canal de Beagle rumbo al Atlántico. Sus potentes motores diesel apenas se escuchan. Las luces de Ushuaia comienzan a empequeñecerse. Acaso nadie perciba que esta nave ya zarpó cientos de veces y que este nuevo capítulo no puede tener otro propósito que el de rendir tributo, respeto, homenaje y admiración a todos los que ya han hecho el viaje. También a los que todavía están allí, a los que no regresaron. Tal vez nadie recuerde que ese trayecto rumbo a los confines ya había sido imaginado hace más de dos mil años, por personas que solo podían pensar sin alejarse demasiado de los arrabales del patio de su casa. Los antiguos griegos ya sabían que este viaje se realizaría alguna vez. Quizá Ptolomeo haya contemplado a la noche y a la constelación de Arktos, el Oso, y el polo que ella parecía dibujar en medio del cielo. El Polo Norte ya estaba allí, en sus certezas y en sus cálculos. Simplemente, los geógrafos griegos trazaron un continente imaginario donde se supone que debía existir el Polo Sur. Sabían que debía estar allí y que algún día alguien llegaría hasta él nada más que porque el planeta debía tener cierta armonía. Efectivamente la tuvo y la tiene. La “terra australis ingógnita” siempre estuvo allí, desafiante. La Antártida, el cuarto continente en tamaño del planeta, tan deshabitada como el desierto del Sahara, más grande que Australia, más seca que Arabia Saudita, totalmente al sur del Círculo Polar Antártico (66°30´latitud sur). Su forma se asimila a una imperfecta esfera, con la Península Antártica apuntando eternamente a América del Sur, con dos grandes mares “interiores”, Ross y Weddel y sus inmensos moles heladas, con su casi infinita noche invernal y sus breves oscuridades estivales, tiene la particularidad de haber sido el único de todos los sitios descubiertos por el hombre en no tener población nativa. Allí no había nadie. Sus actuales habitantes, científicos y militares en su mayoría, son “nómades” anuales. Sin embargo, todo es posible. Emilio Palma, hijo del entonces comandante de la base argentina Esperanza, tuvo la extraordinaria ocurrencia de ser el primero en nacer en la Antártida el 7 de julio de 1978.
El “Bremen” no se parece en nada al “Discovery” o al “Resolution”. Es alemán, aunque por cuestiones relacionadas con los impuestos su bandera es de las Bahamas. Incluso en su popa dice, con letras gigantes, “Bremen, Bahamas”, lo que produce una inmediata confusión geográfica de alcance intercontinental, que se subsana rápidamente al consultar un planisferio. La nave tiene toda la historia y la tecnología a su favor. En su puente de mando radares y decenas de relojes lo ponen al tanto de todos los detalles que encontrará a lo largo de su ruta de navegación. Un tipo altísimo y de unos cincuenta años, con vestimenta, modales, voz y panza de capitán es, efectivamente, el capitán. Se llama Ralf Zander y en su biografía pueden encontrarse todos los mares de este mundo, por lo que es absolutamente lógico pensar que se está en buenas manos. Si esa inmensa mole se dirige hacia la Antártida, la noticia de que el señor Zander es el propietario del timón es tranquilizadora. No existe marco de comparación, pero el hombre inspira confianza.

La nave va

La primera parte del trayecto no parece nada fácil, por los menos a partir de las miles de historias que se cuentan de él. Hay que atravesar el mítico Pasaje de Drake, una distancia de casi mil kilómetros que separa a la Antártida de América del Sur. Allí, en medio de constantes vientos, se unen el Atlántico y el Pacífico, por lo que las aguas casi nunca están tranquilas. El Drake, que tiene una profundidad promedio de 3.500 metros, honra con creces su reputación, con ráfagas que orillan los 80 kilómetros por hora. Los rolidos y cabeceos del barco parecen lamentos silenciosos, el viento silba y penetra con fuerza por los burletes de las aberturas herméticamente cerradas, mientras que olas de más de cinco metros golpean con fuerza la estructura de la nave germana, que parece acostumbrada a lo que sucede y hace su trabajo sin chistar. A bordo, tripulantes y pasajeros parecen extras de una película de Buster Keaton o Charles Chaplin, todos caminando o “rebotando” contra las paredes de los pasillos en “cámara rápida”. Durante esas primeras horas de recorrido, incluso, pocos hablan, porque hay que asirse de cualquier cosa para no terminar desparramado por el suelo. A pesar del mareo generalizado y de la cantidad insólita de Dramamine que circula de mano en mano, el Drake vale la pena. Atravesarlo insume más de cuarenta horas y la sensación de soledad es infinita y cautivante. Nada se ve y nada ni nadie se cruza durante ese lapso; sólo algunas aves marinas se acercan a la estela del “Bremen”, pese a que ninguna costa puede sospecharse en la lejanía. En ese lento tránsito hacia la Antártida, el Drake enseña perspectivas diferentes. Para empezar, el horizonte es perfectamente circular y las jornadas ya no se pueden separar como en los mundos habituales de cada pasajero: el verano antártico propone días eternos, con atardeceres que se producen casi a la medianoche y amaneceres que surgen de la nada a las dos de la madrugada. En el medio nunca hay plena oscuridad y la efímera noche se parece a una tarde otoñal. A las 33 horas de navegación comienzan a aparecer, fantasmagóricos, los primeros icebergs, que interrumpen la perfección del horizonte y que se hacen cada vez más frecuentes a medida que el barco se aproxima a la zona geográfica de influencia de las Shetland del Sur. Durante el resto de la travesía, ellos serán los nuevos, peligrosos y estéticos compañeros de ruta. El fin del Drake se acerca inexorable. No muy lejos, como escondidas en alguna parte, se avistan las islas Shetland del Sur, ubicadas al noroeste de la Península Antártica, separadas de ella por una amplia faja de mar llamada Estrecho de Branfield, que en la cartografía nacional responde al nombre de Mar de la Flota.

Terra australis

Las últimas horas de navegación en mar abierto previas al primer desembarco permiten advertir incontables signos de vida. Petreles, skuas, palomas antárticas, cormoranes de ojos azules y otras aves de la región se acercan para ver de cerca de los intrusos. Elefantes y lobos marinos, pingüinos de diversas clases, focas y la inmensa cola de alguna que otra ballena jorobada demuestran que el hombre es, en definitiva, el único ser vivo que tiene problemas a la hora de adaptarse a la vida antártica, que no fue diseñada naturalmente para él.
El “Bremen” reduce su velocidad y navega apaciblemente, ahora en un mar calmo y extraordinariamente azul, frente a la Isla King George -la más grande de las Shetland- que en los mapas argentinos figura con el nombre de “25 de mayo”. En la Bahía Potter fondea frente a la base Teniente Jubany, un establecimiento militar comandado por las tres fuerzas armadas argentinas y en la que colaboran científicos alemanes. En los mástiles de la base, tal la costumbre de bienvenida, flamean la bandera argentina junto a la germana, bandera de la nave visitante. Jubany, inaugurada en 1953, es una de las trece que la Argentina tiene en la Antártida -entre las permanentes y las que solo operan en verano- está ubicada a los 62° 14´ latitud sur; la más importantes son Esperanza (63° 24´) y Marambio (64° 14´), mientras que la más austral de todas las nacionales es Belgrano II (77° 52´). En general, la que está más al sur es la estadounidense Amundsen-Scott (90° 00´, con los que sus moradores están, directa y literalmente, “cabeza abajo”), mientras que las más grandes de todo el continente antártico son Mac Murdo y Palmer, también de los Estados Unidos. Durante el invierno la temperatura media es de 20 grados bajo cero y los vientos, casi en forma constante, soplan a velocidades que oscilan entre 50 y los 65 kilómetros por hora. Además, de acuerdo al relato de los usuales habitantes, la Bahía Potter se congela absolutamente, por lo que los encargados de bucear deben hacerlo a través de enormes agujeros que se hacen en la capa de hielo. En Jubany funciona una estación meteorológica que trabaja en cooperación permanente con Marambio y además, se realizan investigaciones sobre el krill y el zooplancton y la influencia que sobre ellos ejerce la radiación solar, la fauna y la vida marina en general.
Con el barco detenido a unos cuatrocientos metros de la costa, a Jubany se llega a bordo de gomones a motor. Allí viven casi setenta personas, entre científicos y militares. El paisaje que la rodea es encantador, con el cerro “Tres Hermanas” como actor principal. Por sobre ese macizo absolutamente blanco, sobresale un pico enorme de granito que no está cubierto de hielo. Se trata de un accidente geográfico típico de la Antártida llamado “nunatak” (en este caso el “Nunatak Yamana”), que de alguna manera tiene otra utilidad, además de regocijar la vista y el espíritu: en invierno, durante la larga noche y cuando Potter Bay se congela por completo y la navegación es imposible, aviones especiales de fabricación suiza llamados “Pilatus”, que despegan desde la Base Marambio, aterrizan sobre el glaciar Tres Hermanas y el nunatak sirve de guía para el piloto. La estancia en Jubany se prolonga por casi cuatro horas y es posible percibir una especie de felicidad compartida, tanto de los ocasionales visitantes como por los miembros de la base, hospitalarios hasta lo imposible, quienes ofrecieron una gran merienda -café, chocolate caliente, galletitas- y una inmejorable predisposición para responder cualquier pregunta. Después de todo, no se camina por la Antártida todos los días.

Por los mares del Sur

El “Bremen” abandona la bahía envuelto en la más densa de las neblinas, con la proa apuntando al Estrecho Antártico, que separa a la Península Antártica de las islas que están al norte, Joinville, Dundee y d´Urville. La navegación es extremadamente lenta debido a la presencia de grandes bandejas de hielo, con pingüinos como pasajeros, y icebergs tabulares que se cruzan en el camino de todo el mundo así nomás, naturalmente. La idea es arribar al día siguiente a la isla Snow Hill, al este de la península y mirando al sur, en el Mar de Weddell. Los hielos transforman en intransitable esta ruta. Para navegar por mares antárticos hay que contar con la complicidad del clima, cosa que no sucede en esta oportunidad. Fuertes vientos, lluvias, olas poco civilizadas y un frío constante trasforman a los enormes bloques de hielo en infranqueables. El capitán Zander informa acerca de la situación y, sabiamente, decide no arriesgar. Cambia el rumbo, siempre en las turbulentas aguas del Mar de Weddell, y pone proa al norte, rumbo a la isla Paulette, en la que existe una colonia de pingüinos de Adelia, todos negros, aunque con el vientre y el pecho blancos. La isla está completamente rodeada de hielo y se decide retornar a la boca del Estrecho Antártico en medio de un clima de intensa concentración en el puente de mando, donde se encuentran el capitán, su segundo y los dos oficiales encargados de la navegación. Los cambios de rumbo son permanentes. “One, one, five”, ordena Zander. “One, one, five readyr, sir”, responde el timonel. Así constantemente hasta regresar al Estrecho Antártico, con destino aún más al norte, rumbo a la isla Joinville. Pero los dioses proponen, los hombres como pueden ejecutan y, finalmente, la Antártida dispone. Ante la imposibilidad de acercarse a Joinville, la nueva opción es la isla Aitcho, a la que se accede navegando por el llamado Antartic Sound, para lo cual hay que atravesar el Estrecho de Branfield. Aitcho está en medio del English Strait, entre Robert Island y Greenwich Island. Una vez más, hubo que partir. El clima es el factor principal a tener en cuenta y nada puede hacerse sin su colaboración. No causa una gran frustración no poder llegar, momentáneamente, a algún destino, porque el “adversario” a enfrentar es realmente poderoso, nada menos que la antojadiza y atrapante conjunción de los caprichos de la naturaleza en las vecindades del Polo Sur. De todas maneras, no está mal: se pudo alcanzar los 60° de latitud sur en un Weddell un tanto insurrecto. A cambio, el barco se topa con un espectáculo de una belleza poco frecuente, como los hielos azules, que son aquellos que desde hace más tiempo forman parte del paisaje antártico. Y si no, seguramente, no existirá para nadie que no sea marino la posibilidad de tener a pocos metros un pequeño grupo de ballenas jorobadas nadando alrededor del “Bremen” como si realmente supieran que el espacio es de ellas. Parecen conocer qué es la vanidad porque realizan un show de movimientos sorprendentes, como si tuvieran la certeza de que las observan; cuando se cansan, simplemente se alejan y se van. Nuevamente con rumbo a las Shetland el barco se enfrenta otra vez con el Mar de la Flota y los fantasmas del Drake retornan del pasado. Todos estaban avisados de aquella primera experiencia, pero pocos suponían la segunda, máxime cuando todavía restaba una tercera, porque a Ushuaia había que regresar navegando. Y allí estaría el Drake, como siempre. Durante el trayecto se produce un éxodo hacia los camarotes y las encomendaciones divinas se suceden en varios idiomas. Alemán, castellano, portugués, italiano e inglés se transforman en lenguajes litúrgicos en medio del permanente movimiento del “Bremen”. Esa difusa noche, dueña de una claridad plomiza y neblinosa, la pequeña barra del bar cierra temprano. No hay a quien servirle una cerveza.
La breve noche deja paso a un extraordinario día soleado (el primero en territorios antárticos). Pese al viento y las condiciones del mar, el “Bremen” pudo fondear por un rato en la base chilena Arturo Prat, donde el recibimiento fue también muy afectuoso. Con todos a bordo nuevamente, se pone proa rumbo a la Bahía de la Media Luna, ubicada muy cerca de la estación de verano argentina teniente Cámara (64° 36´ sur), en cuyas cercanías se observa una multitudinaria pingüinera, esta vez pingüinos papúa, con el pico rojo. El tiempo, ventoso, hace que la retirada sea pronta. El compás del barco esta vez sugiere que el destino es abandonar la zona norte de las Shetland del Sur, con lo que la ruta hacia la extraordinariamente bella Bahía Paraíso está trazada. Frente a ella, ya en tierras de la Península Antártica propiamente dicha, se halla otra base argentina, la Almirante Brown (64° 53´). Sus costas están bañadas por las frías aguas del Gerlache Strait, estrecho que separa a la península de Anvers Island. Esta base se fundó en 1951 y muchos años más tarde, el 12 de abril de 1984, un médico que debía quedarse allí todo el invierno en soledad, la incendió debido a causas no demasiado conocidas (pero no tan difíciles de imaginar) y, desde ese entonces, se halla en un lento proceso de reconstrucción. Luego de una larga caminata y de reconocer todos los rincones del lugar, es tiempo de volver a partir con rumbo al Canal Le Maire, al que no hay que confundir con el Estrecho de Le Maire (este último es el que separa a la Isla de los Estados de la Isla de Tierra del Fuego). El Canal Le Maire, navegado por primera vez por Adrien de Gerlache en 1898, es el punto más austral de todo el viaje, 64° 53′. La belleza del lugar tiene que ver con sus reducidas dimensiones: tiene una extensión de seis kilómetros y un ancho promedio de 700 metros, lo que lo convierte en un auténtico desfiladero marino; su entrada boreal, por la que se supone el barco ingresaría, está franqueada por dos inmensas columnas de roca. Si el clima se apiada de los deseos imaginarios de los visitantes, el espectáculo puede ser inolvidable.
Las columnas nevadas, congeladas y sugerentes, tenían en el pasado un nombre propio de la mitología marinera: los navegantes las bautizaron “O´Nannies´s Tits” (literalmente, “Las tetas de Nannie”), en honor de una prostituta de las Islas Malvinas, verdadera reina de los mares del sur que se hacía extrañar en los largos viajes antárticos. El barco avanza a marcha lenta por el corredor en medio de un silencio y un contraste de colores imposibles de olvidar. El clima, salvaje e irrespetuoso, cambia en pocos minutos y el “Bremen” se ve amenazado en proa, popa, babor y estribor por enormes bloques de hielo que se aproximan velozmente. La nave s resistente, parece pensar el capitán Zander, pero lo aconsejable es emprender la retirada. En una rápida maniobra gira sobre sí misma, cambia su itinerario y apunta al norte. Desde ese preciso instante, el “Bremen” estaría cada vez más lejos del Polo Sur.

Los confines del silencio

En la Antártida no existen los itinerarios prefijados, por eso es que ahora el barco navega por el Estrecho de Gerlache rumbo a la Isla Decepción, destino que implica un día entero de travesía. Decepción, que forma parte del archipiélago de las Shetland, deja de ser tenuemente una mancha oscura en la lejanía y comienza a mostrar su forma de herradura. Al atravesar los Fuelles de Neptuno, la estrecha vía de acceso, se notan los restos de una vieja factoría ballenera británica que estuvo abandonada durante años y sólo las miserias de la Segunda Guerra Mundial provocaron que la inteligencia inglesa la ocupara para evitar que los alemanes instalaran allí una base de submarinos. Jamás los temibles sumergibles germanos navegaron siquiera por sus cercanías y la isla tuvo que buscarse otro destino. Ya en tiempos de paz, Argentina, Chile y el Reino Unido instalaron en ese punto estaciones de investigación científica, pero ocurre que Decepción no es simplemente una isla de origen volcánico, es el mismísimo cráter del volcán. En 1967 la base chilena Pedro Aguirre Corda fue destruida por un potente sismo y dos años más tarde la inglesa BAS corrió la misma suerte. Desde ese entonces el enclave argentino es el único que existe en el lugar. Opera solamente en verano y, previsiblemente, se dedica a estudios sismológicos.
Con un delicado sol que se deja ver poco a poco y calienta con fuerza, el “Bremen” pasa nuevamente por los Fuelles de Neptuno para internarse en aguas conocidas, las del Mar de la Flota, para ir en busca de los últimos destinos posibles de acuerdo a su posición, la Isla Pingüino, al sudeste de la 25 de Mayo, a la que se ingresa luego de virar a estribor en Bahía Laserre. Allí conviven una cantidad inimaginable de pingüinos de “barbijo”, similares a los de Adelia, pero con la zona que rodea los ojos y las mejillas blancas, con un angosto collar negro en el cuello. En los acantilados anidan imponentes petreles, lejos del alcance de todos, y más abajo, desparramados sobre la playa y las rocas, elefantes y lobos marinos esperan mudar totalmente su piel para volver al mar. La piel es su propio termómetro, es lo que los protege de la temperatura del mar. La postrera caminata en tierra antártica se produce, paradójicamente, en el mismo lugar de la primera, pero en otro sector y bajo otra bandera: otra vez en “25 de Mayo” (o King George), en la única base brasileña del continente, la Comodoro Feraz, cómoda y cálida. Cariocas y paulistas, enfundados en prolijos mamelucos azules, ofician de hospitalarios anfitriones y ofrecen una suculenta merienda, con tortas y dulces incluidos. En la recepción, sobre un estante construido con esmero, un equipo de música y cientos de compactos constituyen, casi con seguridad, la más completa discoteca de la región. La estación brasileña fue en el pasado una factoría británica, lo que explica la existencia de un esqueleto de ballena completamente rearmado, posado sobre el único verde que se ve en la Antártida, una especie de césped que por supuesto está prohibido pisar. El esqueleto fue armado por Jacques Cousteau en 1969.
El “Bremen” comienza el regreso, atravesando el Estrecho de Nelson rumbo al Pasaje de Drake, aunque no directamente a Ushuaia sino rumbo al Cabo de Hornos, que no es un “cabo” propiamente dicho sino el extremo sur de una isla del Archipiélago Hermite. Estas islas que desde 1843 pertenecen a Chile, marcan el exacto punto de unión entre el Atlántico y el Pacífico, por lo que sus aguas nada tienen que envidiarle a las del resto del Drake. A medida que el navío se interna en el increíblemente bello Canal de Beagle por el oeste rumbo a la chilena Puerto Williams, desde donde se nota el no tan lejano reflejo de las luces de Ushuaia, se comienza a extrañar la Antártida. Ir, de alguna manera, significa quedarse allá definitivamente. También, al mismo tiempo, supone un regreso al pasado para tratar de entender a aquellos hombres que navegaban hacia lo desconocido, con casi nada que ganar y mucho que perder.

Publicado el 26-12-2002

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