El prisionero de Azkaban

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El romance de Joanne Rowling con su hijo Harry Potter está en su mejor momento. Harry Potter y el prisionero de Azkaban encuentra, como sus precuelas, al joven mago en vísperas de un nuevo año de cursada en Howarts, la prestigiosa escuela de magia. Cuando Harry conoció su pasado

Por Pablo Manzotti

Harry Potter y el prisionero de Azkaban

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No hay una fórmula mágica, física o química para hacer un clásico. Bueno, química sí. Puede estar presente en esa combinación de elementos que surge, en el caso de una obra literaria, entre el creador y su criatura. Y esa simbiosis se percibe en la escritura que envuelve los sentidos, que genera ganas de devorar lo que se está leyendo, que nos permite transformar en triángulo y formar parte de esa relación, antes bilateral, de autor y personaje (o personajes).

El romance de Joanne Rowling con su hijo Harry Potter está en su mejor momento. En realidad decir esto es apresurado en vista a lo que se viene y al crecimiento cualitativo de la saga. Lo correcto sería decir que Rowling se supera libro a libro. Si algún “prejuicio” quedaba en el aire acerca de esta literatura como algo meramente infantil, esta tercera entrega se encarga explícitamente de exterminarlo.

Harry Potter y el prisionero de Azkaban encuentra, como sus precuelas, al joven mago en vísperas de un nuevo año de cursada en Howarts, la prestigiosa escuela de magia. Poco importa referir más al argumento, ya que la novela es tan rica, que es mucho más disfrutable desde la absoluta sorpresa. Sí es bueno decir, que Rowling continúa con el desarrollo de sus espectaculares personajes y demuestra su maestría con la creación de nuevos integrantes del clan, absolutamente queribles desde el principio.

En esta tercera parte se profundiza lo tratado en la anterior (Harry Potter y la Cámara secreta), donde Harry descubre nuevas aristas de su turbulento y desconocido pasado. De esta manera, los lectores somos testigos de la maestría de Rowling para desarrollar, pausadamente, una larga historia que ya debe estar concebida en su casi totalidad. Ciertos aspectos de la realidad y algunos “personajes” demostrarán, en este tercer libro, no “ser lo que parecían” en las primeras entregas. Molesta un poco la comparación, entre autores y grandes obras, entre estilos narrativos y creación de mundos imaginarios; lo cierto es que Rowling ya tiene un lugar en la galería de la fantasía épica, junto a gente como Tolkien, Le Guin y Kay.

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