Frida

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Uno. Sí, es superficial. Sí, trivializa una vida intensa y comprometida. Sí, es imprecisa en datos históricos. Sí, es preciosista y de evidentes intenciones
comerciales. Sí, es la versión ayanquizada, edulcorada, de la vida de la mexicana más famosa del siglo XX. Sí, Frida es todo esto que le ha adjudicado la prensa. Pero hay más.

Frida (EEUU, 2002)

Dirigida por: Julie Taymor
Protagonizada por: Salma Hayek, Alfred Molina, Geoffrey Rush, Antonio Banderas, Mia Maestro
Escrita por: Rodrigo García y Hayden Herrera
Duración: 119 minutos

Categoría Leedor: SK (Salma Kahlo)

Uno. Sí, es superficial. Sí, trivializa una vida intensa y comprometida. Sí, es imprecisa en datos históricos. Sí, es preciosista y de evidentes intenciones
comerciales. Sí, es la versión ayanquizada, edulcorada, de la vida de la mexicana más famosa del siglo XX. Sí, Frida es todo esto que le ha adjudicado la prensa. Pero hay más. es partiendo desde las mismas justificadas críticas que le han propinado, desde donde a película pergeñada por Salma Hayek puede comenzar a deleitar. Es desde ubicarla en el actual contexto de cine hollywoodense, desde donde este film comienza a tener valor. Y es, principalmente, desde un despojarse de pruritos, y prejuicios, y solemnidades criticoides, desde donde Frida puede llegar a convertirse en una maravillosa y pintoresca forma de acercarse a la vida de una mujer pintoresca y maravillosa.

Dos. Vital, colorida, excitante, generosa. Frida arriesga. Salma arriesga, convirtiéndose en una desenfrenada Frida Kahlo, que se devora -desde su diminuta dimensiones corporales- todo. Un proyecto al que habían tanteado infructuosamente féminas consideradas fatales (Madonna una, Jennifer López otra) es aferrado son los dientes -pareciera literalmente- por Salma. Y era un riesgo, porque era Frida, porque era Rivera, porque era Trotsky, porque eran comunistas, porque era Rockefeller, porque es Holywood. Y porque se podía haber hecho un mamarracho. Y no- Salma Hayek, con una temeridad destacable, apuesta todo. Salvaje, desprejuiciada, intensa, inquieta, compone una Frida Kahlo por momentos exagerada, pero en suma, coherente, creíble. La acompañan sus amigos (algunos más que otros) Dijeron sí al -imagino- irresistible ruego de Salma: Edward Norton, Geoffrey Rush, Antonio Banderas, Ashley Judd y Alfred Molina. Un elenco que en su función de adornar, adorna, y bien. Conformando, lo que a priori era un riesgo, en un deslumbrante y deleitable festín.

Tres. La inescindible díada conformada por los conceptos de arte y política, que iluminó la vida de Frida Kahlo, es susurrada en Frida. Centrada principalmente en la relación entre Diego Rivera y Kahlo -mirada que también fue criticada- no deja de mostrar la intensa vida política. en particular, de Rivera. La evidencia de una vida encarnada y sustentada en el arte, sin embargo, no deja de ser también una connotación de la postura política -desde una forma de entender y actuar la realidad- con la que Frida Kahlo encaraba su vida. Con enfermedades y accidentes que la postraron e invalidaron físicamente, Kahlo nunca dejó de crear, nunca dejó de pintar, incluso obras que reflejaban -muchas veces descarnadamente- su dolor, su sufrimiento, su tragedia. Y es precisamente en evidenciar su tragedia, y en la suya todas las tragedias, donde se halla la matriz de la actitud política de Frida Kahlo. El incorporar la desgracia a la vida cotidiana, el hacer del dolor un componente ineludible de la existencia, el no ocultar nada, el mostrarse despojadamente, son decisiones, hechos, gestos que hacen de la vida de la “perturbada mujer de Diego Rivera” -tal como se la conoció hasta los setenta, cuando movimientos feministas la tomaron como referente- un símbolo ineludible de humanismo pleno y presto a ser mistificado. Frida Kahlo, sus pinturas, su militancia, su vida, no puede escindirse de una concepción trágica de la vida. Pero tragedia no en términos actuales -de catástrofe-, sino en el sentido original, griego, entendida como una característica misma del existir humano, en el comprender la vida como un entrecruzamientos de contradicciones, de pasiones. Y si bien Frida sí es superficial, sí es arbitraria, sí es banal, encuentra el tono preciso para exudar la inesquivable y difundible concepción trágica de la vida de la pintora mexicana. Y este logro, creo, diluye críticas, que se enlazan y pliegan de forma automática ( y que no son menos superficiales que superficialidad que creen criticar).

Cuatro. Musicalmente fervorosa y deleitable. Saturada de colores y pasiones. De a ratos con animaciones surrealistas -que se encuentran entre lo menos logrado, más allá del muy reprochable inglés con el que es hablada- Rozando el desborde. De temeridad alentable. Rebozante de energía. Frida es un espectáculo sensorial, que pergeñado para muchos, puede encontrarse hasta en esta última característica -casi siempre desdeñable- una positividad más, al posibilitar acercar esencias de la vida de Kahlo, de Rivera, de Trotsky y sus vidas trágicas, a un público que ante mismas técnicas marketineras, consume basura.

Quinto. ¿Es esto lo que pienso realmente, o es que Salma ha podido conmigo también?

Sebastián Russo
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Estrenda el 28 de noviembre del 2002