El club de la pelea

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En El club de la pelea todo se convierte en una pesadilla, en un estado enfermizo entre la vigilia y el sueño Los Estados Unidos. Una megápolis. Un yuppie con un buen trabajo, un buen sueldo, un buen departamento. Las comodidades y el “bienestar”, el consumismo. Y la abrumadora serenidad de esta vida que sólo aparenta la calidad de perfecta pero que carece, al fin y al cabo, de vida: una línea con altos y bajos, pulso, sístoles y diástoles.

“¿Duermo? ¿He dormido?”. Todo se convierte en una pesadilla, en un estado enfermizo entre la vigilia y el sueño y en una búsqueda frenética por encontrar lugares y formas para dar cabida a la explosión de nuestros miedos, sufrimientos, pasiones, broncas, emociones, irracionalidades. 1999: ya no hay lugar, ni en el espacio público ni en el privado, para esto. La gente no cree, sólo actúa mecánicamente. Y ahí surge la propuesta. No hay caos, creémoslo. No hay depresiones, busquémoslas. Dejémonos llevar por ideales y convicciones y no seamos “políticamente correctos”. Expiemos. Eliminemos el conformismo a través del miedo y del terrorismo. Éstos, a los que llaman y se llaman “los hijos medios de la historia”, necesitan del desequilibrio para seguir viviendo, de una libertad a la que dan salida a través de la violencia. Y de un rebelde, de un dios, que sea guía.

El film no se guarda golpes, no escasea sangre ni frases grandilocuentes -algunas grandiosas-. Y las actuaciones no hacen dudar ni por un segundo de que se está inmerso en esa realidad bien tramada que dura 137 minutos. El comienzo es ágil, confunde adrede, pero el juego de los dos protagonistas -alter egos que se mueven entre la corrección y el desenfreno, entre el bajo perfil y el liderazgo- vale la pena, aunque sólo para quien quiera reflexionar con ello. “No es para quedarse con el puro golpe,…”, sólo las cicatrices hacen la historia.

Alejandra Aguado