Deuda de sangre

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Eastwood interpreta a un veterano agente del FBI -veteranísimo sería mejor, y hasta jurásico estaría perfecto si no sonara tan despectivo. ..Dirty Harry con 72 inviernos en su haber ya no está para estos trotes

Clint Eastwood es un ícono del Séptimo Arte. Legendario. Mítico. Idolatrado. Todos adjetivos perpetrados en laureles que bien supo ganar el actor y director norteamericano a lo largo de una sobresaliente carrera cuyo curriculum vitae nos informa que de las 55 películas en las que actuó, en 44 de ellas cargó sobre sus espaldas la responsabilidad del rol protagónico. A estos números se les debe sumar las veces en las que se puso detrás de cámaras: 23. Repasar su carrera sería todo un honor como un placer, teniendo en cuenta los géneros por los que este supo transitar y sus colaboraciones con directores que le han dado tanto a la historia del cine como Sergio Leone y su trilogía de spaghetti westerns o Don Siegel y sus thrillers de tintes fascistas. Astuto como un zorro, Eastwood siempre supo aggiornarse evitando el olvido propio del paso inexorable de los años, tema recurrente en su filmografía desde el celebradísimo western Los Imperdonables (1992) a esta etapa -salvo esa exquisita rareza que es Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal (1998) en la que no actúa- haciendo una y otra vez diferentes lecturas sobre una misma idea que se cimienta como base de esas diferentes versiones de una misma película que no es otra cosa que la firma indiscutida de su autor.

Eastwood es un realizador capaz de opacar tendencias contemporáneas de una industria mediocre que establece agenda y se repite con productos similares como Impacto Profundo (Mimi Leder, 1998) o Armaggedon (Michael, Bay mismo año) a los que eclipsa con su estilo despojado y casual -pese al aparecer último lo que genera desventaja para las comparaciones- como en su obra anterior, la discreta pero muy entretenida Jinetes del Espacio (2000); film con un corazón ausente en las citadas producciones del mainstream, que denota una obviedad en estos sentimientos: su condición de ser humano. Lo que por silogismo invita a concluir que puede equivocarse. Menospreciándose como el prestigioso artista que es, el actor de Harry El Sucio filma con una regularidad anual solo comparable con la de Woody Allen. Será por esto que como director ante tantos proyectos jamás logra mantener un nivel superlativo como el de Un Mundo Perfecto (1993) o Los Puentes de Madison (1995) por más que quede demostrado en la apreciación de sus películas que en una sola escena suya se palpita mucho más placer que en el del 80% de la producción que nos invade del país del norte. Sin embargo, nobleza obliga concluir que los atentados a lo verosímil perpetrados por Clint en Poder Absoluto (1997) y Crímen Verdadero (1999) son aún más duros de asimilar en el film del que nos ocuparemos en los párrafos siguientes, Blood Work, best seller adaptado por Brian Helgeland, un profesional que supo hacer muy bien los deberes en Los Angeles al Desnudo (Curtis Hanson, 1997) trabajo por el que merecidamente gano un Oscar y que a la hora de emular a Eastwood detrás de cámaras se despachó con un bodrio como Revancha (1999) y con una porquería inexplicable como Corazón de Caballero (2001). Esta sociedad entre guionista y director definitivamente no es festejada y hace temer por el próximo proyecto en conjunto de ambos, Mystic River, cuyos resultados esperemos que superen a los exhibidos en esta obra.

Pero esa, es otra historia.

En Deuda de Sangre, Eastwood interpreta a un veterano agente del FBI -veteranísimo sería mejor, y hasta jurásico estaría perfecto si no sonara tan despectivo- excelente tanto en investigaciones de una escena de un crimen como a la hora de convertirse en portavoz de la policía delante de las cámaras de televisión. Persiguiendo ¡a pie! a un serial killer obsesionado con su figura, que obviamente le sirve como pasaporte a la prensa sensasionalista, el Terry McCaleb del bueno de Clint sufre un infarto, evidenciando lo que el espectador considera idóneo: Dirty Harry con 72 inviernos en su haber ya no está para estos trotes. Un par de años después, y con un corazón recién trasplantado; el tipo recibe
una inesperada visita en el barco donde vive. Una mujer que dice ser hermana de la donante del órgano que este recibió, le exige al protagonista debido a su desempeño pretérito la investigación del asesinato de su sister; algo que McCaleb sabe que debe ya que esa ironía o jugada del destino lo mantiene con vida. Descuente que habrá una relación sentimental entre ambos como que reaparecerá el asesino que extraña tanto al policía como a los quince minutos de fama que le supieron brindar los medios de comunicación. Blood Work da demasiados indicios razón por la que el público a poco de comenzado el metraje logra desentramar lo que supone será el misterio que a uno lo mantendrá en vilo. La identidad del villano invitado además de resultar fácilmente identificable por cualquiera que haya visto un par de thrillers, es un error que parte desde un casting donde solo tres nombres del elenco son los más conocidos y populares para cualquier espectador de cualquier latitud. Y si uno ya sabemos que es el que lleva la historia adelante enarbolando la bandera de los buenos, y otra es mujer, sin ánimo de pecar de machista, esto de laberinto no ha tenido nada. Por esta razón quién abajo firma prefiere no hablar del elenco masculino -se sabe que Eastwood además de estar más allá del bien y del mal como actor, siempre interpreta el mismo registro que es lo que en definitiva uno aguarda y espera- haciendo hincapié en las tres mujeres del relato; una Wanda De Jesús que jamás logra establecer química con Clint, todo lo contrario a las escenas compartidas por el astro con la morena Tina Lifford como un ex compañera de trabajo, mientras que de Anjelica Huston -a cuyo padre, John, Eastwood interpretara en Cazador Blanco, Corazón Negro (1989)- solo se puede decir que aporta oficio a su rol como doctora que para nada hace olvidar su gran interpretación de esta temporada en Los Excéntricos Tenenbaums (Wes Anderson, 2001).

Calificar al film como regular tratándose de un mimado de la crítica especializada es lo más objetivo que se puede hacer en este caso. Y no por esto se desgarrarán vestiduras. ¿Es que acaso existe algún cineasta que sea intocable? Es fariseo decir que Blood Work destila el mismo placer que Bird (1988) aunque uno no se ponga colorado al afirmar lo mucho que disfrutó de esta la escena en la que la Lifford y el protagonista le disparan con munición pesada al auto del sospechoso. Eso y nada más. Incluyendo el cantado final con la desgastada aunque clásica toma en la que un contrapicado de un primer plano de Eastwood empuñando un arma nos indica que después de pronunciada la frase que oficiará de remate el protagonista le vaciará el cargador al antagonista de turno, a la que se sumará una innecesaria crueldad por parte de la mujer que esperaba justicia para con su familiar fallecido, Deuda de Sangre es sin lugar a dudas una película olvidable dentro de la filmografía de Clint, siempre bien musicalizada por Lennie Niehaus -esta sí, una colaboración por la que uno brinda- de cuyas imágenes atesoramos su clasicismo narrativo y su intuición traducidos en escenas como el enfrentamiento final entre William Munny y el Pequeño Bill, Butch Haynes descansando en un mundo perfecto, Robert Kincaid en su camioneta perdiéndose por otros caminos y el visor del traje de astronauta del Hawk de Tommy Lee Jones reflejando a nuestro planeta mientras suena inconfundible Frank Sinatra con Fly Me to the Moon.

Leo A. Oyola
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Estreno del: 07 de Noviembre de 2002.