Tennessee Williams, poeta.

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Thomas Lanifer Williams nació el 26 de marzo de 1911 en Columbus, Mississipi. Estudió Dramaturgia en la Universidad de Iowa. Viajó por su país y mientras realizaba trabajos menores (fogonero, lustrabotas, lavaplatos) escribía breves piezas dramáticas que eran representadas en pequeños teatros comunales.
Tennessee Williams, poeta.

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por Virginia Canton

Ganó cierto reconocimiento en 1939 con American Blues, grupo de obras en un acto. Alcanza la consagración en 1947 con “Un Tranvía Llamado Deseo”. A este éxito le siguen: “El Zoo de Cristal”, “La Gata Sobre El Tejado de Zinc Caliente”, “Verano y Humo”, “Dulce Pájaro de Juventud”, “La Noche de La Iguana”, todas llevadas al cine. “Un Tranvía Llamado Deseo” y “La Gata Sobre El tejado De Zinc Caliente” fueron galardonadas con el Premio Pulitzer.
En la década del 60, el público se interesó por nuevas corrientes teatrales y Tennessee Williams perdió popularidad.

Hacia el final de su vida, la adicción al alcohol y a las píldoras para dormir comprometió su salud. Las obras de este período no fueron bien recibidas. Murió en Nueva York el 25 de febrero de 1983.

Menos conocida es su labor como poeta. Para reparar en algo este penoso vacío ofrecemos tres poemas de Tennessee Williams. Pertenecen al libro “Androgyne, mon amour” y los encontramos en Diario de Poesía Nº 18. La traducción es de Mirta Rosenberg.

ANDROGYNE, MON AMOUR

Los jóvenes que despiertan al amanecer

Los jóvenes que despiertan al amanecer pueden asustarse de ser
/expulsados con demasiada rapidez
de sus protectores sueños de una madre, no recordados.
/Repentinamente, entonces, pueden sentir
la verdadera enormidad de la exposición a la casualidad.
/La mañana que recién comienza,
está colmada de demandas susurradas que ellos sospechan no poder
/satisfacer.
¿ Y en quién pueden confiar
(suponiendo, temerariamente, que todavía sean capaces de confiar sino en alguien(tú)
cuyo nombre ha regresado a la confusión de muchos nombres de anoche?
Te miran con precaución mientras te das vueltas y suspiras en sueños.
Están envidiosos de ti, de tu sueño,
Que todavía te protege de los susurros que se hacen más audibles cada
/instante.
Se sientan, con cuidado,
en el borde de tu cama, agobiados y temblorosos como viejos
sentados en los bancos, tosiendo con tos de fumadores?

Pregunta: Si no estuvieras durmiendo
¿los llevarías otra vez contigo al cálido olvido, o, si te despertaras en este /momento,
acaso ellos no serían para tí tan sin nombre como tú para ellos, y aun /menos confiables? Probablemente sí, ya que el recelo es,
entre las divisas heráldicas del escudo de tu corazón, la que parece más /indeleble,
como si estuviera tallada allí, o grabada a fuego.

¿Qué les queda por hacer entonces,
más que sentarse cuidadosamente al borde de tu cama, mirando de soslayo
/la prisión de luz que ha traído la mañana?

¿Será mejor a las diez que a las siete?

Otra pregunta cuya respuesta,
equívoca, espera
en el magistral tictac del reloj, de tantos, tantos relojes.
Y así, sin que nadie haya pronunciado sus nombres
ni haya tocado sus cuerpos agobiados,
descienden otra vez al misterio de la cama,
tras haber cerrado los postigos para dejar atrás el día
un rato más.

UNA ORDEN MENDICANTE

En la manigua de Jamaica
Hay una suerte de secta semirreligiosa que,
(pronunciado fonéticamente, tal vez incluso correctamente)
se conoce como Los Rastrofarianos.

Es una orden mendicante y una orden errante,
cuyos miembros salen de la maleza tambaleándose,
no exactamente como si estuvieran borrachos, sino
más bien como si estuvieran aturdidos
y ninguno de ellos parece joven,
ninguno de ellos me da la impresión de haber sido joven
alguna vez, ni tampoco, en ese aspecto, parece tener importancia
para ellos la cuestión de ser viejo o joven.

Los hombres tienen barbas sin recortar y pelo largo hasta los hombros,
Que parecen haber engrasado con una sustancia de color herrumbre.
Las mujeres: sin barba: por lo demás ninguna diferencia de apariencia.
Vagan y mendigan, mendigan y vagan, nunca trabajan.

“No sirven para nada”, dijo de ellos el chofer. Le preguntamos
“¿Por qué?”
Dijo, con indiferencia: “Mírenlos. ¿Para qué pueden servir?”
Y mientras pasábamos junto a ellos no se me ocurrió ninguna respuesta /inmediata: ninguna entonces, pero más tarde pensé en ellos, y pensé:
“Esta gente está tan habituada a recibir un No como respuesta,
a aceptarlo una y otra vez sin protestar,
que su mendicidad está absuelta de cualquier cosa vergonzosa,
en realidad hay en ella algo noble, un artículo de fe
puro en la creencia y en la práctica.”
Entonces sentí una deliciosa vergüenza, la sensación de que esta gente,
los Rastrofarianos, nos habían ofrecido una bendición cuando salieron
tambaleándose de la maleza al camino de montaña, que sus manos
no se habían tendido para pedir sino para dar,
y que nosotros habíamos carecido de la gracia de ver y aceptar su /bendición.

APAGAR EL VELADOR

Apagar el velador
es un acto a cuya eventual necesidad me rindo,
con reticencia cada vez mayor,

y que demoro leyendo más allá de mi límite
de concentración algún artículo o relato,
tomándome otra copa de jerez Dry Sack, poniendo
la píldora para dormir en un lugar donde pueda localizarla
con facilidad en la oscuridad, por si la tableta preliminar
de Valium no bastara

Porque, verás, a los sesentaicinco,
renunciar a la conciencia para dormir
implica, usualmente, un dejo de aprensión nerviosa,
porque tal vez no vuelva a revivir. Sin embargo,

a veces sospecho que hay en esto
un cierto placer escondido: también un dejo
de fascinación oculta en la rendición?

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