Yocandra

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En la Novela La nada cotidiana, de Zoé Valdés brilla este texto que transcribimos en Leedor.Yocandra, entre el terror y el pudor
de la Novela La nada cotidiana, de Zoé Valdés

Tres ventanas abiertas confirman que el mar existe. Y si él existe yo estoy sentada al borde de la cama, como cada mañana, bebiendo sorbito a sorbito un café retinto y amargo que hace unos minutos era polvo y ahora es líquido. ¿Cuánto hace que comencé esta ceremonia matinal? Beber café contemplando el mar, como si las olas fueran fragmentos de vida. El agua es una atracción lenta, una serenidad máxima, un espanto curioso que sosiega. Hace infinitos amaneceres que hago lo mismo, atravesar la espuma con la carne hierática mientras el alma me susurra que ella existe, como el mar. Como el mal del desequilibrio. Dentro de mí, igual que en cada sitio de la tierra, se hizo añicos el desequilibrio.
Nada me aterra y todo declara que el terror abunda. Debe de haber un secreto excepcional que los dioses escondieron bajo quién sabe qué banal forma exterior, obligándonos a creer en ellos y a pensar que somos instrumentos de exquisita
utilidad para controlar la eterna búsqueda de una coherencia o perfecta armonía entre lo infinito y lo efímero. Para los dioses ser hombre es un don que regalaron demasiado aprisa. Y el gran misterio, ¿a quién entonces será confiado?
Yo nací asfixiada y aún me falta el aire. Mi cabeza estuvo mucho tiempo trabada en la pelvis de mi madre. Padezco de un suspiro eterno. Es la disnea la que permite que yo palpe la vida segundo a segundo. Y en esos segundos hay preguntas, preguntas cuando aspiro, preguntas cuando espiro. Es un doble ejercicio: físico y mental. ¿Por qué todos invocan una rigurosa disciplina de respuestas, cuando el presente es un cataclismo de interrogantes?
¿Hace cuántos siglos que mi boca está saboreando este café y mis ojos mirando ese mar y mis piernas permanecen inertes, y por eso ávidas de todos los rumbos?
Anoche en mi cama durmió un traidor, anteanoche un nihilista. ¿Cuánto hace que vivo esta pasión agotadora de alternar mis deseos? ¿Por qué intento continuar con uno lo que no pude terminar con el otro? ¿Acaso necesito vivir subrayando la diferencia? ¿Conviene extenderse en el drama humano del tiempo? ¿Por qué habrá que pensar tanto y tanto en los días que pasan? ¿Será necesaria esta normalidad dual, ese transcurrir de los instintos al análisis, o viceversa, desconfiando de todos modos? ¿Qué es toda esta emoción antigua que invade al silencio cuando me doy cuenta de que aún respiro? ¿O es tan sólo que estoy viviendo la crisis de los treinta y pico de años?
Total, que me despabilé con el buchito de café, me lavé los dientes, desayuné agua con azúcar prieta y la cuarta parte de los ochenta gramos del pan de ayer. He administrado muy bien el pan nuestro de cada día. Cuando hay – ¡si es que hay!- lo pico en cuatro: un pedazo en el almuerzo, otro en la comida, el tercero antes de acostarme, si no lo he compartido antes cuando tengo visita, y el cuarto es el destinado al desayuno. Después volví a lavarme los dientes. Tengo pasta dental gracias a una vecina que me la cambió por el picadillo de soya, porque yo sí es verdad que no ingiero eso, sabrá Dios con qué fabrican esa porquería verdosa y maloliente. Me han vuelto vegetariana a la fuerza, aunque tampoco hay vegetales.
Me vestí con el primer ropaje cómodo y fresco que encontré, recogí mi pelo, eché una última ojeada al espejo: me veía bien, como siempre lista para la batalla. En la sala, saqué la bicicleta de detrás del sofá, verifiqué que las llantas estuvieran bien de aire, me eché la mochila a la espalda, abrí la puerta y bajé los ocho pisos por la escalera con el vehículo chino a cuestas; además de que el ascensor jamás funciona, tocaba apagón. Vencí los altos peldaños a oscuras y cuando llegué a la entrada del edificio podía exprimir el vestido para quitarle el sudor.
Ya estoy en la calle, pedaleando como cada mañana, pensando en las musarañas, en cualquier momento me aplasta un camión. Voy hacia la oficina: EL TRABAJO. ¿Qué trabajo? Hace dos años que hago lo mismo todos los días: pedalear de mi casa a la oficina, marcar la tarjeta, sentarme en el buró, leer algunas revistas extranjeras que continúan llegando con dos o tres meses o años de retraso, y pensar en las musarañas. Nuestra revista de literatura, de la cual soy la jefa de redacción, no podemos realizarla por ‘ los problemas materiales que enfrenta el país ‘ , el periodo especial y todo lo que ya sabemos que estamos sufriendo y lo que nos queda por sufrir. Casi siempre termino de remolonear con las musarañas a la hora del almuerzo. Entonces abro la mochila, saco el trocito de pan del nylon, la mitad de un plátano y bebo mi pomito de agua con azúcar prieta, la que barren en los centrales azucareros. Todavía tengo café a final de mes, ¡una proeza! Pero casi nunca ocurre. Si este mes aún me queda es porque canjeé un paquetico por una astilla de jabón. Ya me llevé un semáforo, sigo en la bobería. Pues en la oficina estoy hasta las dos de la tarde, porque ya en ningún lugar se trabaja hasta las cinco. Regreso pedaleando y pensando en lo de siempre: las musarañas.

Nota relacionada: Un mango sabroso desde París, por Miguel Angel Haluska

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