Amen

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La música de Armand Amar deviene en insoportable la tensión que genera en un cóctel donde el sonido a cargo de Dominique Gaborieu & Pierre Gamet más la edición de este a manos de Francis Wargnier, subrayan el espanto que jamás será exhibido en imágenes. Salvo la del rostro del Dr. Kurt Gerstein (Ulrich Tukur) que acaba de presenciar una abominación.La música de Armand Amar deviene en insoportable la tensión que genera en un cóctel donde el sonido a cargo de Dominique Gaborieu & Pierre Gamet más la edición de este a manos de Francis Wargnier, subrayan el espanto que jamás será exhibido en imágenes. Salvo la del rostro del Dr. Kurt Gerstein (Ulrich Tukur) que acaba de presenciar una abominación. Ingenuo químico a cargo de la depuración del agua a beber por las tropas alemanas; Gerstein demasiado tarde se da cuenta de como sus conocimientos han sido manipulados para exterminar a seres humanos en cámaras de gas. La escena es impactante. Carece de diálogo hasta el final de la misma en la que los asorados jerarcas de la SS comprenden la magnitud de lo que acaban de ser testigos. Vagones de trenes vacíos pasan varias veces surcando la pantalla molestando al espectador con la evidente certeza de que en algún momento los mismos aparecerán abarrotados de personas. El protagonista, basado en un personaje real, intentará por todos los medios que estén a su alcance evitar estos acontecimientos. Y así como una vez se equivocó al dejarse contagiar del nacionalismo popular, nuevamente tropezará al rastreaar aliados en su causa buscando apoyo de las autoridades religiosas. Amén de Constantin Costa-Gavras, después de la escena señalada, pudo haber ido hacia otro camino convirtiéndose en la película de denuncia que todos esperaban de un realizador que en su mejor forma hizo Missing. Pero para desconcierto de quién escribe estas líneas y muchos -muchos- otros, quién supo ganarse todos los aplausos en Hanna K solo se queda con los apuntes, la expresión más correcta sería el boceto, de una historia que desde el título elegido por la expresión cristiana exalta una postura nihilista por parte de estos: si va a pasar, que así sea.

Dentro de este marco, curiosamente -o no tanto- otro director es el que termina llamando la atención. Mathieu Kassovitz como el padre Ricardo Fontana emociona legítimamente. El realizador de El Odio (1994) y Los Ríos de Color Púrpura (2001) -películas donde la temática neonazi es central, siendo el título de la segunda una metáfora aria para designar a la sangre de la autodenominada raza suprema- en una temporada cinematográfica en la que lo hemos encontrado delante de cámaras interpretando al ingenuo Nino Quincompaix, la media naranja de Amélie en el film homónimo de Jean Pierre Jeunet o ese desagradable estafador ruso de la casi desapercibida Birthday Girl; en las líneas que aquí nos competen corporiza a un sacerdote de clase alta que abandona todo privilegio para luchar por los derechos y la vida de la población judía enarbolando como máxima aquello de que todos somos iguales ante los ojos de Dios. Su personaje, como el de Tukur, destilan una sensibilidad e impotencia tan palpable como desesperante. Ambos no pueden combatir aquello que es ajeno a sus ideales como a todo sentido común, padeciendo como una cruz de peso insoportable las agrupaciones a las que cada uno pertenece. Uno a la SS, el otro, a la iglesia católica ni más ni menos; cuyos altos miembros del Vaticano avergüenzan con su accionar no solo al sufrido curita de Kassovitz.

-Me voy con ellos porque quiero entender porque Él permite que esto este pasando- dirá resignado y estoico frente a lo que se le viene después de haber derramado lágrimas atónito ante los suyos cuando estos prefieren darle la espalda a hombres y mujeres cuyo único delito es el de haber poseído una creencia religiosa diferente; en una escena donde una de las promesas más grandes de Francia en la dirección manifiesta nuevamente estar también dotado de talento en lo referido a lo actoral.

Párrafo aparte se merece Ulrich Mühe como el doctor, personaje detestable si los hay. Siempre un paso adelante, casi un profeta del ascenso y decadencia del imperio de Hitler, este sádico carácter brillantemente interpretado pese al estereotipo en el que cae -situación en la que incurre casi todo el elenco salvo los citados Tukur & Kassovitz- oficia como especie de guía hacia uno de los infiernos mas temidos del siglo XX. Sin embargo, que el tipo busque refugio antes de afrontar un inminente juicio por los horrores perpetrados escapándose hacia otro punto del planeta y lo logre inmutable es demasiado. Más allá de lo que a nosotros como país nos toque. Ya que en una poco feliz escena se le pregunta al jerarca nazi sobre cual
fue su ocupación durante la guerra a la que este responde sarcásticamente la de un simple médico. Esa condición lo deposita inmediatamente por estas pampas en lo que semeja un chiste a la altura del que le tocara al personaje de Jack Warden en Mientras Dormías (Jon Turteltaub, 1995) donde proclamaba que de la Argentina solo se importan dos cosas: carnes y nazis. Y si ud. piensa que algo malo sucede por comparar una comedia de Sandra Bullock con el trabajo del griego don Constantin no esta errado al concluir que el director de Traicionados en esta oportunidad perdió el rumbo como en su anterior performance en El Cuarto Poder.

El problema general de la ultima obra de Costa Gavras -además del excesivo metraje- pasa por la forma en la que transmite la denuncia de un tema tan urticante del que la misma Iglesia abrió mas de un encendido debate de esa etapa a esta parte, sobre todo cuando en marzo del ’98 la misma Santa Sede emitió un comunicado en el que admitía que no hizo todo lo que estaba a su alcance para detener a la locura nazi. El realizador de Z divide quirúrgicamente a sus personajes en buenos y malos monocromáticos dejando de lado una escala de grises por la que en verdad todo este asunto siempre ofuscó. Por esto y otros elementos Amen termina siendo un film superficial donde la promesa de una dura controversia hacia una institución que supo tener un poder que hoy no ostenta pero que en la época en la que transcurre la película supo ejercer y que debió alzar la voz, intercediendo ante tamañas aberraciones y denunciando tales crímenes ante la opinión pública mediante su llegada de otrora, prefirió -en lo que es toda una ironía- pecar callando sumando a su cúpula un nuevo adjetivo dentro de esa colección que ha sumado de despectivos que bien supieron ganar: Pío XII y su entorno lisa y llanamente fueron cobardes. Puede machacárseles también el hecho de haber sido egoístas y avaros. Pero lo suyo fue digno de un ciclo iniciado por Pedro, el primer Papa de la iglesia: al hacer la vista gorda, al mirar para otro lado, negaron a Cristo mientras cantaba un gallo al que -Dios mediante- esperemos no tenga nunca mas la oportunidad de volverse a hacer escuchar en un nuevo amanecer.

Leo A. Oyola
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Estreno del: 31 de Octubre de 2002.