Historias Mínimas

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Nada más metafórico como un camino para representar un proceso de aprendizaje.
la marcha del golazo solitario

Nada más metafórico como un camino para representar un proceso de aprendizaje. Las películas de ruta muchas veces derivan en pasajes de transición con respecto a las edades de sus protagonistas. Y de como logran arribar a eso que se habían auto impuesto como meta o de que va aquello que todavía no se encontró y aún se anda buscando. En el film que en estos párrafos se critica, tres viajes paralelos sirven como puntapié inicial para desarrollar el relato de un trío de anécdotas de gente común y corriente devenida en personajes que adquieren proporciones de protagonistas de aventuras épicas -argentas por supuesto- por las rutas que surcan la hermosa provincia de Santa Cruz, entre Fitz Roy y Puerto San Julián. Un anciano de 80 años que recorre más de 400 kilómetros haciendo dedo en busca de su perro perdido, un viajante de comercio que lleva como incómodo cargamento una torta de cumpleaños para el hijo de una joven viuda a la que espera impresionar favorablemente y una ocupa de una estación abandonada de trenes afortunada ganadora de un premio de un programa de televisión; destilan en la narración de sus respectivas odiseas sencillez y humor en cuotas equitativas, estableciendo un rapport con la audiencia de conexión superlativa.

Un placer de principio a fin constituyen cada uno de los 94 minutos de la excelente Historias Mínimas, galardonada con un premio especial del jurado del último festival de San Sebastián presidido por Win Wenders, donde también obtuvo el premio de la confederación de Cines de Arte y Ensayo y las Menciones de la Federación Internacional de Críticos (FIPRESCI) y de la Asociación Católica de la Comunicación. Distinciones a las que seguramente se le seguirán sumando varias más; aunque la principal sea el reconocimiento que obtendrá por parte del simple espectador que no tendrá más que palabras de agradecimientos y elogios. El realizador de La Película del Rey utilizando actores no profesionales seleccionados en diversos casting entre 700 personas en 14 provincias -salvo Javier Lombardo (visto recientemente en El Descanso) y Carlos Otranto- cautiva espontáneamente. Road movie, de vértigo irrisorio si se quiere, invita a viajar compulsivamente por el medio de esa nada que a la vez es uno mismo. Y vaya que uno lo hace con estas imágenes donde todos buscan esquivar una soledad irremediablemente propia de esos pasajes polvorientos que lo aislan a uno como condición sine qua non.

Historias Mínimas nace como una idea de afrontar la realización de un film de ficción con no actores como otra forma de encarar el tema de la realidad y su representación. Inspirado en Una Historia Sencilla (David Lynch, 1999) y en Milagro en Milán -la mejor película de la historia del cine según el realizador- Sorín dispuso de una puesta en escena muy flexible para que el rodaje permitiera en su proceso que tanto la persona como el personaje casi se sobrepongan, reescribiendo Pablo Solarz el guión en función de los protagonistas seleccionados; resultando de poderosa factura todo lo aparentemente pequeño que acompaña un relato que hace
hincapié en la solidaridad incondicional de los que son locales con aquel que se ha aventurado a hacer camino al andar. Contraposición que no se disimula sin ningún eufemismo en lo referente a la joven que llega a la gran ciudad; donde la gente es más similar a una isla pese a estar más cerca físicamente. Un gesto de galantería old fashioned, la disputa por un electrodoméstico y un can que de tan feo en verdad se vuelve tan adorable como lindo; en sus cruces brindan un espectáculo tan fluido y noble como pocas veces el cine nacional -y el de otras latitudes- pudo captar.

Así como en el fútbol se dice que los periodistas deportivos son jugadores frustrados; por ley de transición en el ambiente cinematográfico el crítico por ende deseó ser alguna vez director. Uno que no nació en Uruguay ni tampoco posee la habilidad del gran Enzo, canalizó su placer a otros rubros y es así que nunca se había planteado como quien hubiera querido dirigir hasta que se deleitó con este film. El Sr. Carlos Sorín con esta película aparentemente chica; le devela al espectador una punta de un iceberg. Y semejante trivialidad escrita merece tal apreciación porque Historias Mínimas es una montaña de sentimientos tan blanca y etérea, que la hacen ver como la imagen más tangible de lo que es un cielo, no el cielo, del paraíso que se merece un arte tan sufrido y vapuleado como lo ha sido el séptimo durante su poco más de un siglo de vida; sobre todo, el vernáculo. El realizador de la aún inédita en nuestro país Eterna Sonrisa de New Jersey jamás apela al golpe bajo, por eso esta es una gran obra sostenido en su honestidad. La emoción que emana de esta película es genuina, innata. Lúdicamente, de haber sido el film que lo hubiera encontrado a uno detrás de cámara, la hubiera protagonizado el abuelo de quién abajo firma -a quien de paso se rinde homenaje con estas líneas- que ya no está entre nosotros. Eso si, hubiera sido en Tucumán, donde Hugo Colace seguramente volvería a lucirse en la fotografía del jardín de la república como lo hizo con los paisajes del sur de nuestro país. Pero esa es otra historia… mínima. Chilenas como la de Francescoli a la Selección de Polonia, solo hubo una. Y Sorín, en el cine, puede, merece y debe disfrutar de la ovación de su hinchada y la de todo el estadio: el tipo hizo un golazo.

Leo A. Oyola
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Estreno del: 24 de Octubre de 2002.