Dragón Rojo

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Precuela de lo que sería la trilogía literaria de Thomas Harris protagonizada por el Dr. Hannibal Lecter de Sir Anthony Hopkins -asesino serial devenido en ícono pop por las grandes audiencias- o innecesaria remake de Cazador de Hombres

EL GUSANITO DEL JUEGO. El truco -deporte nacional de pasión obligatoria durante las trasnoches donde se agotan temas de bueyes perdidos, sobremesas posteriores al asado del domingo o el tercer tiempo después de un partido de fútbol cinco- se sabe es un juego de cartas donde además de implementar la sapiencia del jugador, bien vale por parte de este su picardía y su actuación convincente ante pares y contrarios. Para esto -coloquialmente en la juerga de este vicio- hay que saber mentir. Y la cosa se hace más interesante como compleja cuando el partido se realiza con seis jugadores. De acuerdo a como se vaya repartiendo, un jugador de cada bando rival será el que guié como se jugará la mano correspondiente en la que en sus hombros recae la responsabilidad de ser el pie. Cada carta tiene un valor y de este se desprende la victoria. El asunto pasa por la coordinación del equipo para llegar a esta logrando la mayor cantidad de puntos posibles en una mano. Si ud. es un avezado apostador de esta práctica de la baraja, las oraciones anteriores le habrán servido para ponerse en clima. Si es todo lo contrario -o sea, ajeno a la española- es el deseo de quién escribe estas líneas, la cosa le haya resultado instructiva para comprender la analogía que uno pretende utilizar al encarar frente al monitor el análisis de lo que depara Dragón Rojo.

REDONDO, COMO EL DESEO. Precuela de lo que sería la trilogía literaria de Thomas Harris protagonizada por el Dr. Hannibal Lecter de Sir Anthony Hopkins -asesino serial devenido en ícono pop por las grandes audiencias- o innecesaria remake de Cazador de Hombres (Michael Mann, 1986) película de escasa repercusión en el público mundial aunque para el cinéfilo a ultranza o el espectador avanzado el asunto haya llamado la atención debido a ese interesante reciclaje de fórmulas en la que las buddy movies y las psycho killers devienen en el esquema de la unión obligatoria entre psicópata y perfilista (este último convirtiéndose en el rol protagónico policial más explotado por el cine de finales de siglo pasado y principios de este); Red Dragon se define desde la publicidad como el primer y más aterrador capítulo de la saga del caníbal más famoso del séptimo arte, utilizando el artilugio comercial que patentara George Lucas para Star Wars con aquello de que para entender el origen del mal uno tiene que volver al principio, que palabras más palabras menos no es otra cosa que decir que cada historia tienen un primer paso. Supimos de la existencia de Lecter en El Silencio de los Inocentes (Jonathan Demme, 1991) en cuyo cierre el criminal logra escapar con paradero incierto. Una década más tarde volvimos a tener noticias de él en una trama donde la venganza de una de sus víctimas sobrevivientes se daba el lujo de contar en el medio una muy buena historia policial en Italia (Hannibal, Ridley Scott, 2001) y ahora nos encontramos con la presentación -muy bien lograda- de cómo fue que se capturó a este loco; materializando visualmente una anécdota contada por el personaje que heredara de Jodie Foster la Clarice Starling de Julianne Moore sobre un flautista que desafinaba en la orquesta de Baltimore. Esta escena más el opening con recortes periodísticos y el desenlace que entronca Dragón Rojo con una secuencia de El Silencio… es lo único que entusiasma de este negocio perpetrado por Dino & Martha De Laurentis ¡además de Hopkins of course! Que se conoce y hace de taquito a un villano inteligente, ácido, perverso y de presencia magna, que a partir de sus secuelas ha adquirido un desgaste propio de la familiaridad: ya no mete miedo, ahora divierte.

HAY DEMASIADAS CARTAS. El casting de Red Dragon además de ser un lujo, es impresionante. Una selección compuesta por los mejores actores provenientes de Norteamérica y Europa que hayan surcado la pantalla grande durante la última década, más veteranos del séptimo arte en apariciones breves que lo único que aportan para sus curriculum vitae dicha intervención en esta película es un buen cheque con varios ceros. Eso, y nada más. Que para este film es todo un lujo; ya que la trama diversifica la narración en varias historias paralelas a la principal donde los respectivos personajes que estos encarnan adquieren un peso excluyente para el desarrollo. El inglés Ralph Fiennes dota a su asesino de un aura propia del legendario Norman Bates de Anthony Perkins, cuya fragilidad e inseguridad como su perversidad en la ejecución de sus crímenes remite lisa y llanamente a los abusos sufridos durante su infancia. El Conde Almasy de El Paciente Inglés (Anthony Minghella, 1996) compone a un villano dieldro, para nada unilateral como el nazi que interpretara para La Lista de Schindler (Steven Spielberg, 1993) cuyo último vestigio de humanidad lo descubre la compañera de trabajo de este, ciega. Que corporizada por Emily Watson, la increíble actriz de Contra Viento & Marea (Lars Von Trier, 1996) puede decirse que esta todo dicho. Una mujer de cuyos registros cinematográficos cualquier espectador jamás olvidará la expresión de esos ojos tan -tan- bonitos, compone con absoluta naturalidad el rol que le tocó en suerte, anulando actuación de sus pupilas. De Edward Norton (La Verdad Desnuda, Gregory Hoblit, 1996) como el agente Will Graham, verdadero protagonista principal, se puede decir que compone de manera eficiente e idónea a un personaje cuyo physique du rol no da por una cuestión estricta de edad; mientras que el grandioso Philip Seymour Hoffman (Magnolia, P.H. Anderson, 1999) como un periodista sensacionalista nuevamente vuelve a derrochar el don con el que ha sido bendecido. Mary-Louise Parker como la mujer de Graham -vista y admirada recientemente en la cartelera porteña gracias al estreno demorado de Cinco Sentidos (Jeremy Podeswa, 1999)- está totalmente desperdiciada en un papel de relleno al igual que el realizador negro Bill Duke y Harvey Keitel como el Jack Crawford que interpretara Scott Glenn en la película de Jonathan Demme.

EL PIE LLAMA. Los De Laurentis se equivocan fiero al confiarle tamaña jugada a la dirección de Brett Ratner, responsable de las paupérrimas Rush Hour 1 & 2 (1998/2001) y la poco digerible y no apta para diabéticos Hombre de Familia (2000). El tipo solo está sentado en la silla de director por lograr éxitos en la taquilla con tres cintas francamente menores que sin embargo vuelven a su filmografía como la mejor carta de presentación para cualquier estudio que, como uno siempre escribe y no se cansa de tipear, busca hacer dinero antes que cine. Una verdadera pena por lo que se ha desperdiciado al no buscar correr ningún riesgo en una saga donde la provocación y la participación del público han
endiosado a la figura de un personaje que más allá de su accionar ha logrado un encanto propio de los amantes de las serpientes. Sabemos que muerde, pero nuestra fascinación hacia él es inclaudicable. Ratner, impersonal y hasta en ocasiones torpe, no es capaz de salirse de ningún parámetro que no sea correcto en este viaje donde los golpes de efecto y la truculencia de varias puestas en escenas hacen que el thriller desemboque en lo peor que le puede suceder al género y a la mano: volverse absolutamente previsible para el espectador/jugador; convirtiendo lo que debería ser el broche de oro de una saga -que por su sutileza redefinió a las cintas sobre psycho-killers en su primera entrega y que en su segundo envío se paso al extremo del gore tranformándose en un plato no apto para cualquier paladar- en un fast food propio del McDonalds del Cine que es Hollywood.

¡QUIERO RETRUCO! Por lo tanto, si bien el partido – con mucho más de mediocre antes que de entretenido- se ha ganado desde un vamos por la Universal, no fue con la brillantez que debió haber obtenido. Teniendo en cuenta las cartas con las que se supo jugar cada mano, la pericia con la que estaba dotado el 90% de los jugadores involucrados y una audiencia que desde un vamos estaba asegurada en un público cautivo obligado a ver como venía el juego. Quién abajo firma, sabe muy bien lo que es ser picado por el gusanito del juego, y confiesa que si se debiera declarar alguna adicción esta corresponde a la de ver cine. Nobleza obliga, y experiencia, decir ante el canto en busca de los tres puntos por parte del Dragón Rojo: NO QUIERO. Porque cantaron en un partido falta envido y truco evidenciando sus treinta y tres de mano y los dos anchos y los siete bravos. Obviamente, nos vamos al mazo: difícil es que nos vayan a agarrar. Porque la jugada fue muy evidente. Porque el pie no supo que hacer con tanto a su favor. Y esa falsa discreción llevo a que solo sacara dos puntos traducidos en la calificación de esta crítica.

Leo A. Oyola
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Estreno del: 17 de octubre de 2002