Mundo grúa

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Sin ser una gran película, Mundo grúa es una buena ópera prima, de un realizador joven, que merece aplauso.OTRA MIRADA AL PAIS DE MUNDO GRUA

Por Raúl Manrupe.

En un momento en que los jóvenes aportan un poco de carne y espíritu al cine argentino, generando un entusiamo olvidado en la crítica, es interesante mirar al film de Pablo Trapero desde una perspectiva distinta.

El espectador argentino, que no ve cine argentino a menos que los multimedios se lo vendan, suele tener una razón incuestionable aún para el más fervoroso defensor de las cintas celeste y blancas. El estigma tiene solo tres palabras: personajes poco creíbles.

Tal vez por eso, el Rulo de Mundo grúa y Pablo Trapero han entusiasmado tanto a la crítica nacional. Y también pueda hacerlo con el público de clase media educado, con un toque intelectual.

¿Pero emocionar? Eso debe pasar por otro lado. Porque simpatía sí, ?a mí también puede pasarme?, también, pero…¿emoción? Esas lágrimas parecen venir de algún ojo cansado de ver el lado racional de las cosas. Un ojo al que, de pronto, le plantean algo más o menos auténtico y se sorprende. En la primera mitad de Mundo grúa, Rapero se encarga de mostrar el San Justo de la guía Filcar y no de postal (que sepamos, no hay postales de San Justo), proyectable a las condiciones de vida urbana y suburbana del último menemismo del siglo. Un país de personas alineadas entre la subocupación y la subocupación.

Que trabajan más de doce horas por día o directamente no trabajan. Que son rechazadas por médicos de la ART. Que a determinada edad quedan a un costado del camino.

El Rulo no es ningún héroe. Es simpático, pero no parece tener conciencia de lo que le toca vivir.

Ni de lo que significa tener un hijo a cargo.

Como buen paisano de estas tierras (¿será esto conciente o inconsciente en la película de Trapoero?) está esperando el maná del cielo, que un amigo le consiga algo.

La segunda mitad del film muestra una búsqueda en Comodoro Rivadavia que no debe alejarse demasiado de la realidad: explotación, miedo de denunciar injusticias, hacinamiento. Pero en esta segunda mitad es cuando la película despilfarra de alguna manera todo lo que construyó en el espectador durante la primera.

Los argentinos tenemos un serio conflicto con el pasado.

Si ha sido malo, no lo recordamos. Si es bueno, nos quedamos pegados. Una aberración como los desaparecidos, generados por la última dictadura militar y una expresión melancólica el tango parecen ser dos cumbres de este fenómeno.

Otro problema, mucho menor y quizás derivado de éste, toca a la narración cinematográfica. Y se trata de una incapacidad o negación a contar una historia del principio al final. Como si el esfuerzo que lleva enhebrar un hilo en la aguja se perdiera en el nudo que va a dar la puntada final. El cine argentino ha sido desde los 60 un cine viciado de finales abiertos, un recurso válido dentro de la narrativa filmada, pero que si tomamos una mirada alejada, podría aparecer como una alarmante incapacidad para concretar buenas ideas parciales. Más o menos, como el país, podrá decirse, haciendo un análisis de café bar billares.

Así pasa con muchos guiones producidos en esta década. En el mejor de los casos, construyen un buen clima, pero el final queda a cargo del espectador. El silencio al pasar los títulos finales de una película, y la sorpresa por el ?pero terminó así?? son emblemas vividos en carne propia por quien invierte 7 pesos para mirar por la ranura.

Mundo grúa no es la excepción, aunque no es una mala película.

Trapero muestra una realidad, simple pero creíble, pero falla al no saber qué hacer con su personaje, querible e identificable.

Rulo, de Campeón a Gasolero. Al acierto del casting y del retrato es mostrar, como Suar puede hacerlo desde un punto de vista industrial, la decadencia argentina. Rulo, como Luis Margani, como Panigassi o Guevara, han sabido de momentos mejor, de gloria, tal vez los cinco minutos de Warhol, o menos, pero pequeño laurel al fin. Hoy, la pelean como pueden, como saben o como los dejan.

Rulo y Margani fueron cantantes pop. El personaje de Layrado, bailaba en Alta Tensión, Guevara tuvo el cinturón de campeón .?El futuro que no llega, el pasado que se fue/sólo nos queda el presente para poder estar bien? canta Lerner en la pantallita color de Artear, mientras Rulo se debate entre Juan Camelo y Paco Camorra a 33 RPM.

Rulo nos muestra los sueños desmedidos de Argentina caídos al costado del catre.

Buen retrato de la gente de un país, que hace unos veintipico de años tenía posters que decían Argentina Potencia. Pero Mundo grúa no es una gran película. Es una buena ópera prima, de un realizador joven, que merece aplauso. Tampoco emociona al público.

Menos, a alguien que pueda identificarse de verdad con Rulo, alguien que la esté peleando así, o viviendo así.

Mundo grúa no es para los Rulo. No es tampoco una mirada al buen salvaje. El mayor mérito es su autenticidad.

Con todos sus valores humanísticos, puede ser leída como otra parábola de ese país: con el mejor material a su disposición, no sabe cómo llevar a buen puerto todo lo que de él se espera o cómo estar a la altura de las expectativas. El crédito está abierto. Para Pablo Trapero al menos.