Botín de guerra

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Hasta que el último hijo sepa quienes fueron sus padres, hasta que el último hijo, padre, madre, pueda descansar en paz en la memoria de sus seres queridos, este tipo de film seguirá recordando las cuentas pendientes de nuestra sociedad.
El film comienza con una animación de dibujos de Enrique Breccia que ilustran un texto de Osvaldo Bayer acerca de la “expropiación y apropiación” de niños indígenas un siglo atrás. Esta introducción lleva al espectador directo al nudo del problema y también le hace reflexionar acerca de la repetición de los ciclos de la historia.
Mientras las imágenes del Rio de la Plata tomadas desde una lente ojo de pez se acercan a la ciudad, las voces en off de las abuelas se superponen, como en un coro de múltiples voces. Se trata de un documental reflexivo, por momentos interactivo, asociativo y retórico.
Es reflexivo por cuanto analiza un recorte histórico desde el lugar de las Abuelas de Plaza de Mayo que, sin duda, han desarrollado un lugar de autoridad en lo que se refiere a la sistemática apropiación de niños durante el PRN. Gracias a sus esfuerzos, se ha recuperado la identidad de muchos niños, especialmente desde 1984, cuando fue desarrollado el “Indice de Abuelismo”, un método científico de identificación y la creación en 1987 del Banco de Sangre que funciona en el Hospital Durand. Desde ese lugar, las abuelas relatan sus experiencias: la última vez que vieron a sus hijos, los reclamos ante las autoridades para recuperar a sus nietos nacidos en cautiverio, los sinuosos caminos de la solidaridad de los vecinos que reconocen a los niños en las fotos de sus padres. También desde los testimonios de los nietos: algunos recuerdan claramente cuando fueron separados de sus padres. Otros, en cambio, tienen recuerdos borrosos, como imágenes oníricas, que no pueden precisar. Todos luchan por recuperar su pasado, reivindicar la lucha de sus padres en el contexto histórico, encontrar a sus hermanos y obtener justicia.
La interactividad se manifiesta en los testimonios de las abuelas, en las ocasiones que el director guia la entrevista, a través de sus preguntas. En varios de ellos, si bien no se escucha la pregunta de quien está detrás de la cámara, es evidente que la entrevistada está respondiendo a una pregunta concreta, que lleva la conversación hacia aspectos bien específicos de su experiencia o sus recuersdos.
Es, además, asociativo, por cuanto se utiliza la yuxtaposición de imágenes (no necesariamente relacionadas) para crear asociaciones en el espectador que, en virtud del estatuto semiótico de la imagen, produzcan una “corroboración testimonial” de los recuerdos de los entrevistados. Esto se ve claramente cuando una nieta (que en aquel momento tenia 2 o 3 años) dice “me parecía ver a mi papa con los brazos en alto, contra la pared, rodeado de militares…” las imágenes en blanco y negro muestran un hombre joven, con campera de jean, con las manos apoyadas contra la pared y rodeado de militares fuertemente armados. No hay nada en el relato o en la filmación que sustente la idea de que se trata del mismo hombre. Sin embargo, el espectador inmediatamente asocia relato con imagen y concluye que el relato es verídico ya que está apoyado por imágenes. Cualidades de la imagen bien aprovechadas por el director para proveer de verosimilitud a un relato dubitativo basado en borrosos recuerdos.
Finalmente, es retórico. El film busca convencer al espectador acerca del abnegado trabajo de las madres, de su constante búsqueda de justicia en lo que respecta a la restitución de los niños nacidos en cautiverio, al destino de quienes permanecen desaparecidos y del castigo de quienes fueron los responsables.
Sin duda, algo objetable en este film es su parcialidad. Si es cierto aquello de que hay que oir las dos campanas, este no es el caso. La única campana que se oye es la de las abuelas y algunos de sus nietos. De todos ellos, sólo una nieta dice que trata de entender lo que pasó y reivindicar la imagen de sus padres. “No eran zarpados tirabombas. Luchaban por el ideal de la humanidad y la libertad y aunque hoy sus métodos puedan parecer contradictorios, tenían sentido en el contexto histórico…” Ese comentario es la única alusión al conflicto social que se vivió en aquellos años oscuros. “De eso no se habla” parecería la tácita consigna detrás de las entrevistas. Nadie menciona la militancia, ni lo ideales, ni la lucha…
Otro tema del que no se habla es el de aquellos niños que sufrieron y/o estuvieron en desacuerdo con su restitución a su familia biológica. No aparecen en las entrevistas, ni tampoco se menciona en el historial de niños recuperados, a los mellizos Reggiardo-Tolosa que fueran objeto de tan triste manipulación mediática, mientras pedían quedarse con sus “padres adoptivos”, el matrimonio Miara.
No obstante, el film es contundente. El primer plano y los ambientes hogareños le dan a las entrevistas con las abuelas una gran intimidad formal que apoya la intimidad inherente al tema del relato. En el caso de los nietos, tambien se usa el primer plano, pero los ambientes varian con cada uno. El manejo de cámara y la edición coadyuvan para que el film cumpla con su cometido: Poner en el tapete la dimensión del delito de supresión de identidad, echar luz sobre la incansable tarea de las abuelas y sus logros, abrir la puerta a la esperanza de esos nietos que siguen tratando de conocer el destino de sus padres y de sus hermanos. “A ellas les falta tiempo, yo en cambio, tengo todo el tiempo del mundo para seguir buscando” dice una de las nietas.
El pasado, con lo bueno y lo malo, nos pertenece y por lo tanto, vive con nosotros. Tal vez, hasta que el último nieto sepa quienes fueron sus padres, hasta que el último hijo pueda descansar en paz en la memoria de sus seres queridos, este tipo de film seguirá recordando las cuentas pendientes de nuestra sociedad.