Astro Boy – sensei

0
9

Una aproximación al mundo del Animé japonés visto desde un occidental, claro.Astro Boy – sensei
Una mirada gaijin sobre la animación japonesa

Es dado a suponer que nadie que haya abandonado la infancia o la adolescencia (bajo alguna de sus formas, no sólo la cronológica) pueda explicar el fenómeno del animé en occidente. Estas líneas no pretenden hacerlo.

Todos pueden teorizar al respecto y un estudio sociológico o algo por el estilo no vendría nada mal si es que alguien se molestara en hacerlo. Si no se es especialista ni “otaku” (obsesivo del manga o el animé), se puede mirar desde fuera y percibir
que lo que se tiene enfrente, en muchas ocasiones permanece oscilando entre lo cotidiano y lo exótico; en otras parece simplemente deforme.

Algo hay en el inconsciente colectivo nipón que no hace más que producir monstruos enormes, robots, monstruos medianos, ciudades sobre ciudades arrasadas, monstruos pequeños, máquinas de tecnología incomprensible que emergen de la nada del pasado o del futuro, dioses y demonios, niños mutantes, terremotos y maremotos, rostros infantiles en cuerpos sinuosos, ídolos de la canción pop a bordo de naves espaciales, extrañas mitologías plagadas de nombres bíblicos. Occidente le dio dos bombas y su alianza con la tecnología le dio el resto necesario para que su cultura deviniera a la vez familiar y enajenada. Una cultura que como ninguna otra consume y lo hace con voracidad inaudita: cigarrillos, cámaras de video, paisajes turísticos, revistas, rollos fotográficos, equipos de audio, televisores, rubias platinadas, tango. De occidente toma, transforma, reforma.

Pero al principio… Al principio existían las gekigas. Durante el período Edo japonés -del siglo XVII a mediados del XIX- se desarrolló una forma de arte y literatura popular que combinaba series de imágenes en el centro de una hoja de papel rodeadas por textos, generalmente diálogos y narraciones, novelas gráficas que algunos ven como antecedente remoto de la historieta o los “comics”. Ya en este siglo aparece el manga, ilustraciones que en un comienzo consistían en sucesiones de rostros que mantenían dialogos y que luego, según el gusto de los lectores relataría distintas historias: de guerra y honor para niños, narraciones de amor para las muchachas. En el período Meiji, Japón tiene su primer contacto con la tira cómica occidental y adapta su estilo.

En la década del ´50, durante la recontrucción de la posguerra, Japón vuelve a mirar a las antipodas y descubre la animación, técnica que contaba en la isla con muy pocos antecedentes. El estudiante de medicina y dibujante, Osamu Tezuka queda impresionado con el estilo artístico de la animación de Disney, y comienza a contar sus propias historias. Nace así el manga moderno que dará lugar al primer personaje animado japonés: Tetsuwan Atom que seguirá siendo el personaje de manga más famoso de todos los tiempos y el primer protagonista del animé. Atom en estas tierras es el mismísimo Astro Boy.
Nada hay nuevo bajo el sol, dice el predicador, y esta no es la excepción. Desde la década del setenta el animé ocupa un lugar respetable en la cultura infantil. Con esta voz prestada de occidente, los japoneses designan a la animación que tiene orígenes intelectuales o técnicos en su país. Sin pertenecer a un género específico el animé está dirigido a niños o a adultos. Sus temas que van de la comedia al erotismo pasando por la ciencia ficción y la serie de aventuras. Pueden ser historias pasatistas o servir de vehículo a la crítica social. Su correcta lectura y decodificación precisará en muchos casos prescindir de los parámetros occidentales. La sexualidad o la muerte pueden presentar interpretaciones distintas en cada cultura. Algunas madres desprevenidas se ven sorprendidas cuando sus hijos quedan expuestos a imprevisibles desnudos, conflictos existenciales o situaciones de inusitada violencia. Muchas de las complejas tramas son en realidad pensadas para un público adulto con personajes que, en el papel de héroes o villanos, tienen sentimientos, aspiraciones, defectos y virtudes, lo que escapa a la animación americana tradicional.
Pasaron primero por las pantallas Meteoro y Heidi. Una segunda oleada trajo a Koji Kabuto dirigiendo a Mazinger Z y a las tres generaciones de Robotech. En 1990, fallidamente, con retraso y edición de manga incompleta, se asomó la imponente Akira de Katsuhiro Otomo. Pocos se enteraron al momento. A mediados de los noventa se inició el desembarco masivo: Los Caballeros del Zodíaco, Dragon Ball en sus varias versiones, Sailor Moon, Ranma ½, Pokémon, B’TX y solo en video Ghost in the Shell y la lograda Evangelion.
Tal vez el manga y el animé sean la cabeza de playa de una invasión que ya comenzó. Bandas como Cibo Mato o Pizzicato Five se asoman inquietantemente en las bateas de las disquerías y cada vez son más tenidas en cuenta por algunos que miran con ojos bien abiertos lo que viene desde una isla que parece querer conquistar esta parte del mundo. Ojos tan grandes como los de los personajes de animé.

Por Fernando J. Veríssimo