El bonaerense

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Una sensible y lúcida pincelada de cine, que ensombrece y confunde, de forma brillante, ese mundo, en apariencias estanco pero paradójico que es el submundo bonaerense.Por Sebastián Russo

Uno. Ser bonaerense, puede significar varias cosas. Por un lado definir un lugar de origen -provincia de Buenos Aires-, y por otro referir a la pertenencia a la policía bonaerense. Trapero parte de este juego de acepciones, para sugerir otro juego, de relaciones: provinciano/ciudadano, policía/sociedad/delincuentes. Y si se habla de “la bonaerense”, rebota con fuerza otra distinción: legalidad/corrupción. El director insinúa esta mirada relacional en toda entrevista que le hacen. Y la tomo (a esta mirada), porque me parece que estructura analíticamente de forma precisa la crítica de su film. El logro de Trapero (además de haber sugerido la forma de análisis de su propia película) está en haber difuminado los límites entre esas relaciones. Haberlas relativizado, humanizado. Y así, los juicios de valor se muestran arbitrarios, complejos, evitándose los estereotipos, y se logra, sin ellos (los tipos en estéreo), que la historia que se narra se vuelva profunda, humana, penetrante.

Dos. Con el protagonista, el Zapa, se entra al submundo del ámbito policial, se participa de él, se convive en esa ficción coercitiva y fascinante que es, y en especial de ese surrealismo agobiante que se percibe es “la bonaerense”. Y la historia se centra en el Zapa, pueblerino, cansino, de oficio cerrajero (el cual le permite legítimamente obrar en tareas que para otros serían ilegales; actividad en que lo legal e ilegal también se encuentra difuso en sus límites), y de una ingenuidad altamente apreciada por subcomisarios deseosos de favores. Y el centrarse en el Zapa, permite entender oblicuamente las relaciones de poder dentro de la fuerza policial, desligándose de lo que hubiera sido un típico y simplista ataque a la corruptela de la “mejor policía del mundo” (o la peor, que para Duhalde sería más o menos lo mismo). Y la corrupción está (¿cómo no iba a estarlo?), junto a la violencia y el desquicio. Pero conviviendo con la solidaridad, el sufrimiento, la angustia. Y en ese punto, en esa relación compleja, en esos estigmas que se vuelven lábiles, es donde la historia crece y se vuelve emotiva, interesante, íntima (y así, colectiva) Desde un comprender, un entender elecciones siempre arbitrarias, decisiones siempre riesgosas. Desde el desentrañar una particular lógica ficcional. Y es que se muestra (y ese es otro logro de Trapero) la realidad cotidiana de Zapa y de la comisaría en la que está, como una ficción. Generada por una específica relación social, pero una ficción más entre otras. Una ficción (y hablo de la realidad diaria de un policía bonaerense) que impone un juego encapsulado de normas y códigos, que sanciona a cualquiera que quiera entender, poner en duda, racionalizar las reglas de esa particular y brutal experiencia lúdica. Y se lo sanciona con la extirpación. Se lo elimina y desaparece del juego. Porque no hay equilibrios en esa ficción. Ante el primer descalabro el juego muestra toda su inconsistencia.

Tres. Al Zapa lo embaucaron. Y para redimirse de aquel traspié, decide irse de su pueblo recalando en el Gran Buenos Aires. Ingresa a la policía bonaerense, y su apacible vida de pueblo rural, se vuelve frenética, desquiciante, angustiante. La idea del pueblerino que se siente sorprendido y saturado por la vertiginosidad ciudadana, es remanida, pero en El bonaerense es bien resuelta. El Zapa intenta adaptarse, y hasta parece lograrlo, se muestra distante, solvente, seguro. Pero esa adaptación muestra toda su fragilidad, ante una serie de sucesos violentos que atiborran su capacidad de resistencia. El juego se le vuelve injugable, desquiciado, y la sanción se le (auto)impone, y tiene que dejarlo. Así, su relación con el medio se presenta compleja (no estereotipada, no idealizada), con intentos de manejarla, pero que a la postre resultan vanos. Y este fin de juego deja en el Zapa marcas, perpetuos e indeseados recuerdos (una sanción inescapable que nunca resulta piadosa) Y el “…que Dios lo ayude” con el que lo recibió el primer día el comisario, repercute trágicamente en su conspicuidad cristiana.

Cuatro. Trapero muestra un Gran Buenos Aires colorido, promiscuo, saturado de ruidos, imágenes, gente. Un pintoresco cocoliche, en donde la suciedad, la dejadez, la pobreza, conviven con la hiperactividad, el desorden, y el crisol étnico. Características que se aúnan en una de las escenas más maravillosas que recuerde de cine nacional. El festejo de la Navidad, en el patio de atrás de la comisaría, a la hora de los petardos (aquí dejados de lado por ametralladoras y pistolas), es antológico. Con cumbia villera (virtual reivindicación apologética de lo ilegal) retumbando en las paredes de la sede policial, y los oficiales (y cabos, y sargentos..) cantando y bailando, borrachos. Una sensible y lúcida pincelada de cine, que ensombrece y confunde, de forma brillante, ese mundo, en apariencias estanco pero paradójico, del que forman parte policías, ciudadanos aun no (quizás nunca) delincuentes, y ciudadanos ya delincuentes.

Publicado en Leedor el 20-9-2002