Al diablo con el diablo

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Esta chica no es una santa, es el diablo en persona. Y anda en busca de almas perdidas. Pobre diabla

por Alejandra Portela

Esta chica no es una santa, es el diablo en persona. Y anda en busca de almas perdidas. El inglés de Inglaterra y algunos vestiditos infartantes, por supuesto rojos, valen para hacernos creer que la suya es una de las tantas caras del diablo, digo, sin que sean necesarios demasiados efectos especiales: cosas que vuelen, humo, fuego, etc.

La oficina del diablo, decorada con Tv Wall en la que uno puede asomarse al mundo deseado pero virtual; algunas sugestivas imágenes de El Bosco, un Adán y Eva con la manzana o un Juan Bautista en medio de un paisaje fantasmagórico, recuerdan que la presencia del mal no siempre tiene que ver con lo monstruoso sino todo lo contrario con lo seductoramente bello.

Brendan es un poco torpe al pedir sus deseos y el diablo mete la cola: cuando quiere ser rico, reconocido y estar casado con la mujer de sus sueños, se despierta un día siendo un narcotraficante colombiano casado efectivamente con la mujer amada, pero que no le corresponde.

El beeper rojo le hace volver a la realidad para ajustar un poco su deseo. Esta vez quiere ser buen mozo, ganador, intelectual: la cola del diablo cumple todo eso pero también lo convierte en gay. Quiere ser sensible, pero es meloso; quiere ser fuerte pero es gigante? quiere ser famoso y es el Presidente Lincoln segundos antes de ser asesinado etc etc etc.

Al sexto deseo la sensación es que ya está bien, y queremos que se precipite la conclusión, por supuesto no le faltará una moraleja, bastante pobre, por cierto.

En fin, la película es divertida. Son muy ingeniosos los créditos. Brendan Fraser en algunos momentos hace recordar a Jim Carrey, pero más contenido, y logra sacarle a sus personajes lo más que puede: el mejor probablemente sea “el chico sensible” que no puede dejar de llorar frente al atardecer.

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