800 balas

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Un homenaje al cine, a Hollywood, a las subjetividades construidas desde arquetipos hollywoodenses. Con dejo de desdén, en tono de sátira, pero ante un hecho consumado, y ya festejable. herencias del cine norteamericano e hito de la historia del cine como es el western.Spaghetti a la Iglesia

por Sebastian Russo

Varios puntos de interés se entrecruzan para conformar el último film de Alex de la Iglesia. Un cruce de historias, de ideas, de concepciones, que complejizan, multiplican, relativizan los hechos narrados, o sea, los humanizan (¿no es ésta una condición necesaria para un film de pretendida trascendencia?) (Digamos, sí).

Uno. La vida, una vida, mi vida. 800 balas muestra formas de vida, maneras de proveerse, de construirse una vida, más allá de esa vida instituida como normal (la vida como una construcción posible -ineludible-, como una elaboración ficcional, en donde no habría mejores vidas que otras, solo algunas posibles de ser vividas y otras inviables para cada quien). El cine, desde su carácter ficcional (y precisamente por ello), como una existencia más entre otras, como una forma de vida, una ficción más entre ficciones.

Dos. Capitalismo. Neocapitalismo. Neosalvajismo. Avanzando, destruyendo historias (individuales, grupales), y “la” historia (social) Actuando con lógica utilitarista a contrapelo de existencias dubitativas, reflexivas, y autoproclamándose como fin de una historia, como destino irreducible. Y a su paso, fagocitando anécdotas, pequeños gestos, tibias emociones, en suma, con todo aquelloque se presuma improductivo.

Tres. Familia, lazo trágico. Inescapable, inevitable, irrecusable. Donde el amor y el odio se entreveran para configurar un estilo, un particular orden, una singular disposición de valores, materialidades, emociones.

Cuatro. El cine, desde su género paradigmático, el western, y desde lo medular de este, su épica. Y desde sus respectivos personajes épicos, que transitan, viven, sobrellevan existencias no menos épicas, casi psicóticas vistas desde fuera, pero elegidas, preferidas desde dentro, dando cuenta de existencias que no son más ni menos ficcionales que otras. El cine, en donde se monta un mundo ficticio en el que se es feliz, o no, o a veces, o de ratos.

Subyaciendo puede vislumbrarse una declaradamente trágica contienda entre una forma de vida racional (capitalista, lógica, lineal, realista) y otra, menos racional, o irracional (épica, trágica, ficcional) E Iglesia elige (como los personajes que delinea) la segunda opción (como en aquella famosa serie de libros “Elige tu propia aventura”, que puede derivarse en un elige tu propia vida, tu propia manera de vivir) Y es que Iglesia es un impaciente e impetuoso creador (y contador) de historias (que configuran, una a una, la suya propia), con personajes desheredados, marginados -pero que eligen o aceptan la fatalidad de su carácter, de su espacio social-. Historias cercanas a las de Tim Burton aunque menos fantasiosas, más ancladas (y más satíricas) en una realidad algo más cercana, aunque no menos mítica. Y en esta propuesta (de perturbar los imprecisos límites entre realidad y ficción) la sátira, la ironía, funcionan efervescentes, potenciando, corrompiendo un inútil posible análisis al respecto.

800 balas también funciona como un homenaje al cine, a Hollywood, a las subjetividades construidas desde arquetipos hollywoodenses. Con dejo de desdén, en tono de sátira, pero ante un hecho consumado, y ya festejable. Homenaje montado desde el spaghetti western, forma distorsionada, saturada de clichés, farsesca de una de las mayores herencias del cine norteamericano e hito de la historia del cine como es el western (donde el cine -dicen- encuentra su forma más pura, algo así como su quintaesencia) Y con Clint Eastwood, como ícono bizarro de personaje de western (afectado, moralista, machista, arquetípico), citado, y citado, desactivando así su anterior aura heroica, aunque sin perturbar su actual apreciable prestigio.

Ochocientas balas dice haber necesitado Iglesia para zamarrear la modorra cinematográfica, desde su mismo núcleo, desde el narrar una historia “como las de antes”, pero desde un hoy fragmentado y errático. Confirmando que las balas en sí no son dañinas, depende de quien es el que desenfunda primero.

Nota publicada en Leedor el 18-9-2003