Noches Blancas

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Si la memoria no traiciona a uno mientras recuerda frente al monitor, el viernes 8 de noviembre de 1996 es una de esas fechas para agendar como sinónimo de felicidad. Quien escribe estas líneas llegaba a Mar Del Plata para un acontecimiento hartamente esperado para los amantes del Séptimo Arte vernáculo: la reanudación del Festival Internacional de Cine de nuestro país después de una interrupción de largas décadas.
el insomnio

Si la memoria no traiciona a uno mientras recuerda frente al monitor, el viernes 8 de noviembre de 1996 es una de esas fechas para agendar como sinónimo de felicidad. Quien escribe estas líneas llegaba a Mar Del Plata para un acontecimiento hartamente esperado para los amantes del Séptimo Arte vernáculo: la reanudación del Festival Internacional de Cine de nuestro país después de una interrupción de largas décadas. Fiesta que el cinéfilo a ultranza no se iba a perder por nada del mundo. Como estudiante en aquella oportunidad, la cuarta película que uno iba a animarse literalmente a descubrir ese día (a decir verdad, noche) en complicidad con la oscuridad del Auditorium -la sala más linda, imponente e importante de la feliz- resultó ser un thriller oriundo de Noruega; país del que uno solamente había visto y conocido los clips del trío pop A-ha. ¡Cómo olvidar el de Take On Me! Pero esa, es otra historia. En fin, volviendo a ese descubrimiento, aquel film chiquito y redondo -que lejos estaba de aspirar al premio más codiciado que iría a parar a El Perro del Hortelano- logró mucho más que entretener a sus espectadores. Y su protagonista, Stellan Skarsgard, alcanzó poco tiempo después el reconocimiento internacional que merecía su talento gracias a su trabajo con Lars Von Trier (Contra Viento y Marea, 1996) pasaporte para desembarcar en Hollywood a las órdenes de Gust Vant Sant (En Busca del Destino, 1997), Steven Spielberg (Amistad, 1997) y Renny Harlin (Alerta en lo Profundo, 1998). Películas buenas, mediocres, y malas respectivamente. Lo cierto es que hace seis años, el otrora universitario que uno supo ser, ya en ese entonces espectador avanzado, supo que la idea definitivamente era demasiado buena como para que Hollywood no la adaptara. Solo era cuestión de tiempo. Y así fue nomás. Insomnia fue fagocitada.

Noches Blancas -confuso título con el que la distribuidora local la da a conocer en nuestra cartelera, ya que parece coquetear con algo referido a drogas, cuando en verdad el tema de los estupefacientes es ajeno a la trama- es la remake del film de Erik Skjoldbjaerg, realizador que escribió el guión del mismo junto a Nikolaj Probenius. Trasladando la historia original a Alaska, nos encontramos ante un homicidio nada habitual para un pueblo cuyos efectivos policiales se ven desbordados ante este acontecimiento. Razón por la que solicitan ayuda al Departamento de Policía de Los Angeles, desde donde acuden dos investigadores para colaborar con los agentes locales. Uno de ellos, gracias a su carrera prácticamente una leyenda, ve como sus habilidades y pericia comienzan a flaquear debido a que no puede conciliar el sueño ya que el sol no se oculta durante casi seis meses durante esa época del año. Obviamente el tema de no poder pegar un ojo le va a afectar los reflejos, el humor y los sentidos, justo cuando más los necesite. Y ese malestar le va a jugar una mala pasada devenida en desgracia. Algo que su oponente de turno -al ser testigo del hecho- capitalizará para lograr salir impune de su delito. En este juego de gato y ratón, donde el bien y el mal se corporizan a veces en la misma persona, radica la fuerza de esta narración en la que la investigación pasa a ser lo de menos cuando los roles de los protagonistas cambian constantemente de acuerdo a en manos de quien este el control de la situación.

Al Pacino como el agente Will Dormer aporta a su personaje un registro suyo ya expuesto en sus roles como policía en Prohibida Obsesión (Harold Becker, 1989) o Fuego Contra Fuego (Michael Mann, 1995). Es decir, su actuación, además de saberla de memoria, la hace de taquito. Y no por ello se repite a si mismo. Logra la cantidad justa de ambigüedad para lograr que su interpretación sea dieldra. El resto, es mérito de la edición de Dody Dorn y la cámara del laureado realizador de Memento, don Christopher Nolan. Ambos han sabido darle al protagonista un look similar -aunque unplugged- al del perfilista del FBI que interpretara Lance Henricksen en esa excelente como
incomprendida serie que fue Millenium. Aquel recordado estoico Frank Black, como su ficticio colega Will, con solo ver un cadáver o una escena de crimen logran meterse en la mente del asesino y experimentar -ambos, a su pesar- lo que este sintió. Y lo que ellos atisban es algo que perturba. Por más que el Dormer de Pacino, sea muy curtido, la cosa lo enferma. Y esta es una de las razones por las que su curriculum presenta unos cuantos antecedentes oscuros. El realizador expone constantemente al personaje en pantalla para lograr que el espectador empatice con este, no solo con sus problemas de sueño, sino con su accionar. Por algo, la contrafigura a cargo de un bienvenido Robin Williams en un rol atípico en su filmografía -que merece guardarse como sus apariciones no acreditadas en Volver a Morir (Kenneth Brannagh, 1992) y El Agente Secreto (Christopher Hampton, 1996)- los pocos minutos que aparece logra obtener el balance necesario como para odiarlo y justificar que Pacino lo estrangule cuando tenga oportunidad. Medido, con un aura de fragilidad imperante y los ojos siempre vidriosos; el personaje de Williams además de ser un digno oponente desde el intelecto se devela como un gran simulador. El tipo no siempre va a parecer insignificante. Porque más alla de su apariencia física, latente en él, aguarda una feroz amenaza. Y los cruces entre ambos son para acicalarse el bigote.

Sin embargo, el tramo final de esta película no está a la altura de lo brindado por ambas estrellas y por las imágenes orquestadas por su responsable detrás de cámara, que obviamente no iba a poder llegar a satisfacer las expectativas generadas gracias a su obra anteriormente citada, donde su performance fue superlativa; quizás por ser un film cien por ciento independiente. Porque a no engañarse, Noches Blancas podrá ser distribuido por una compañía pequeña pero en el fondo responde al negocio propio del mainstream. Por algo como productores ejecutivos figuran George Clooney y Steven Soderberg, dos nombres mimados de los últimos tiempos dentro de este ámbito. La película tendrá en la dirección a todo un artesano y un reparto con tres ganadores del premio Oscar -Pacino por Perfume de Mujer, Robin Williams por En busca del Destino y Hilary Swank por Los Muchachos No Lloran- pero el asunto deriva contra todos los pronósticos en un resultado inesperado: mucho ruido y pocas nueces. Porque en una historia donde la escala de grises es mucho más que relevante, a la hora de dar paso a los créditos del final, se deja bien sentado que era negro y que cosa era blanca. Borrando con el codo todo lo mejor que se había escrito. Y si esto es aceptable -medianamente aceptable sería más justo señalar- es porque Nolan no posee la torpeza de Fuqua en Día de Entrenamiento (ver crítica). O mejor dicho, los productores ejecutivos de Insomnia no son tan ineptos como los de Training Day. He ahí los verdaderos asesinos del cine. Criminales a temer por el sufrido espectador.

Leo A. Oyola
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Estreno del: 05 de septiembre de 2002.