Camino a la perdición

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Este es el tipo de película que más nos gusta: la que deja cientos de cosas dando vueltas en la cabeza. Todo un logro para estos tiempos.
Mendes: el hombre de las puertas grandes

Generalmente se estila decir, entre los conocedores del buen cine, que las segundas partes nunca son tan buenas como las primeras. También es sabido que todo paradigma está justamente creado con el objetivo de ser bajado de su pedestal y de esa manera, proceder a la creación de uno nuevo. Mi abuela siempre repite incansablemente: “para muestra, basta un botón” y a modo de ejemplo, dentro del séptimo arte, bien valdría nombrar Terminator 2: Juicio Final (Terminator 2: Judment Day, James Cameron. EEUU, 1991), producción que superó ampliamente a su predecesora y marcó una época.

En esta oportunidad no encontramos la segunda parte de otra película; sí la segunda producción de un director que, para su suerte, no tuvo que pagar el derecho de piso que exige Hollywood y nos deslumbró con su galardonada opera prima. Para quienes hayan pasado por alto toda ficha técnica, estamos hablando de Sam Mendes, quien de la mano de su Belleza Americana (American Beauty. EEUU, 1999), supo plasmar la compleja relación de una familia norteamericana, con la sensibilidad y frialdad suficiente, como para alzarse con el premio de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas – o el Oscar – en el año 2000.

Seguramente para la mayoría de los cinéfilos de raza, la incertidumbre de esperar un filme puede ser mortal. Para lograr un producto adecuado, el director se tomo su tiempo – nada menos que 3 años – en encontrar una historia lo suficientemente convincente, que mereciera ser llevada al celuloide y fue solo a través de una novela gráfica, mejor conocida por cómic, que el reto finalmente se planteó. Pero el desafío tenía otros condimentos: adaptar una secuencia estática al movimiento, lograr la ambientación adecuada, respetar la idea original, trasmitir las sensaciones que cualquier lector haya podido experimentar al leer la obra gráfica y sobre todo, no defraudar a una nueva generación de espectadores – suerte que no corrieron los “Shyamalomanos” reivindicados recientemente con Señales (Signs. EEUU, 2002).

Desde la óptica dramática, también Tom Hanks se enfrentó al duelo de componer un personaje poco tradicional dentro de sus parámetros. Esta vez no debe enamorar, no debe entretener, no debe ser ni el salvador ni el último hombre victorioso en la faz de la Tierra. Esta vez, debe enfrentarse con sus propios temores y encarnar al oscuro gangster Michael Sullivan, quién acosado por su propia “familia”, debe emprender raudo viaje para salvar la vida de su único hijo sobreviviente.

Enarbolar un halago frente al jefe mafioso de Paul Newman, sería casi una redundancia. Años de trayectoria avalan un desempeño mas que notable, para un veterano actor que todavía posee varios cartuchos dentro del tambor y de los cuales no pretende malgastar ninguno. Pero uno de los aplausos mas merecidos, se lo merece el ácido y cerebral papel que desarrolla Jude Law. Maguire, un matón a sueldo camuflado de fotógrafo free lance, es la pieza fundamental de un complot que tendrá destino incierto, pero determinante en la obra y que por otro lado, demuestra le permite demostrar la madurez artística por la que transita el notable actor inglés. El otro aplauso es para el juvenil Tyler Hoechlin, que en papel de Michael Sullivan Jr., hace su presentación el la pantalla grande y nos autoriza la felicitación hacia la empresa que desarrolló el casting.

Entrando de lleno en la producción, puede notarse que Mendes sabe bien de quien rodearse para lograr sus objetivos. Varias ópticas se entremezclan durante el desarrollo del filme: ingredientes de una road movie, la redención de un alma en pena y hasta elementos del cine negro de los años ’50, se combinan con la tecnología para lograr una trama sumamente atrayente y oscura. En tal sentido el rubro fotografía, consumado por el galardonado Conrad L. Hall – ganador del Oscar por el mismo rubro en Belleza Americana – logra matices sorprendentes, reflejando distintos momentos de la trama, de manera sorprendente y que son bien acompañados por una banda sonora muy característica, en este punto, dentro de la filmografía de Mendes.

También es de resaltar, el sutil influjo que producen los parlamentos a lo largo de la historia. Luego de ver la cinta, es fácil entender punto por punto, el por qué de cada palabra, de cada coma o de cada frase, la justificación de su ubicación dentro la película y la concordancia con los distintos estadios por los que evolucionan los personajes.

Al encontrarse con una obra como ésta, el cronista se plantea si es correcto establecer semejanzas y diferencias con realizaciones anteriores, aunque muy dentro se sabe que es algo imposible. Paradójicamente, el filme anterior del director, tiene la misma duración que su nueva obra. Nunca sabremos si esto ha sido un efecto buscado o mera casualidad. Lo que si se puede asegurar es que tanto esta vez, como la anterior, el producto es digno de ser observado con detenimiento, para luego sacar las conclusiones; porque este es el tipo de película que más gusta: la que deja cientos de cosas dando vueltas en la cabeza. Todo un logro para estos tiempos.

Sebastián Montagna
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