Austin Powers en Gold member

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Las películas de esta trilogía pertenecen a esa categoría de films en el que descuellan las escenas antes que el todo.

dos antagonistas que son simplemente irresistibles

Estreno del: 26 de septiembre de 2002.

Las películas de esta trilogía pertenecen a esa categoría de films en el que descuellan las escenas antes que el todo. Las tres son tan condenadamente pasatistas, como tiernas y muy graciosas, resultando más entretenidas que el género que parodian. Es todo a go-gó, pura burla llena de gags estúpidos que fomentan la risa instantánea, mucho doble sentido, slapstick; y tienen además una galería de personajes sin desperdicios. Comencemos por los principales: los dos son simplemente irresistibles. El bueno es precisamente algo así como la encarnación kistch de un tal Bond, James Bond, con alguna influencia -además de las poleras y el particular golpe de yudo- de aquel Flint de un desgarbado James Coburn. Más la ridiculez del Superagente 86, la fealdad -imán de histéricas fans- a lo Ringo Starr (tan propia de los finales de los ’60), la miopía de Mr. Magoo y el humor de Peter Sellers combinado con el encanto cien por cien british de Benny Hill. Ah, y esos dientes, salidos de la peor pesadilla de un experto en ortodoncia. Fotógrafo de modas de día, libertino agente secreto de noche, Austin Powers es, dentro del marco del swinging London, el hombre viril por antonomasia. El malo es delicado y cruel, todo un conjunto de tics uno más delicioso que otro, en especial ese que se lleva el dedo meñique a la boca cada vez que se entusiasma con una brillante idea propia. De pelada a lo Indio Solari, cicatriz excluyente, ingenuidad acorde a la década, y un gato, Mr. Bigglesworth, al que quiere más que a su propio hijo (Seth Malo, con el que hace terapia de grupo); el Dr. Evil (Doctor Malo) es el resultado de una combinación entre el tío Lucas de los Locos Addams, cualquier villano de los films del 007 y el ratón Cerebro (por las ganas de dominar el mundo, Pinky).

Ambos, son interpretados por un Mike Myers sin desperdicios (aunque al entender de quien escribe esta crítica, más cariño el comediante le tenga al Dr. Malo) responsable de otras creaciones interesantes como el Wayne Campbell de las dos Wayne’s World y el sufrido protagonista de Me casé con la asesina del hacha. Enemigos irreconciliables en el ’67 -iguales de incompetentes en este milenio-, Powers y Evil se criogenizan al mejor estilo Demolition Man (como el John Spartan de Stallone y el Simon Phoenix de Wesley Snipes en el fallido producto de Marco Brambilla en 1993) para continuar con su lucha treinta años más tarde. En la actualidad, las cosas ya no son como solían serlo durante el flower power y
el advenimiento del mayo francés. Y esto afecta tanto al héroe como al villano, convirtiéndose la historia en una variante más del viejo recurso del pez fuera del agua; variante -por cierto- ya utilizada en otras oportunidades. El núcleo de Austin Powers: Casi un Agente Secreto (la primera) pasa por el choque de épocas. El relato trabaja la oposición entre la década del sesenta y la del noventa: el Dr. Malo pide, bajo amenaza de destrucción del planeta, un millón de dólares, lo que hoy resulta ínfimo para la política internacional y más ínfimo aún respecto de la facturación de las empresas del propio Dr. Malo. Esta y otras situaciones son muy bien explotadas. Se ridiculiza y honra al mismo tiempo lo mejor del espíritu de los sesenta, desde la ingenuidad de los films de los Beatles a las órdenes de Richard Lester hasta la revolución sexual de cintas más comprometidas. En Austin Powers: El Espía Seductor, el Dr. Malo utiliza una máquina del tiempo recientemente desarrollada para retornar a 1969, donde roba el amuleto de Austin Powers, dejándolo sin poderes (hasta el 007 tenía mojo). El agente secreto debe volver a los ’60, encontrar su amuleto y evitar que el Dr. Malo triunfe. Durante esta aventura aparecerán dos nuevas creaciones: el tan vanidoso como obeso agente escocés Fat Bastard, también interpretado por Myers, y Mini-Me, clon en miniatura de Evil, calcado de la remake de La Isla del Dr. Moreau con Marlon Brando y Val Kilmer.

En Goldmember -título que parodia obviamente a un clásico del 007 como Dedos de Oro- el personaje que le da nombre al film -si, adivinó, también interpretado por el bueno de Mike caracterizado- planea provocar una inundación global birlada de Waterworld. Todo esto acontece en la década del ’70 y hacia el pasado nuevamente viajan Austin y su némesis, el Dr. Evil; este último buscando al padre del primero jugado por un curtido Michael Caine que se divierte como con aquel bribón que le tocara en suerte junto a Steve Martin en Dos Pícaros Sinvergüenzas. Como siempre, en papeles secundarios pero muy bien aprovechados, están los resucitados Michael York y Robert Wagner, como Basil Exposition -el jefe
del Servicio de Inteligencia Británico- y Nro. 2 -el segundo al mando del Dr. Malo- mientras que Seth Green repite el graciosísimo papel de Scott Malo, el hijo -mal que le pese- de postura nevermind del Dr. Evil; con quien alguna vez arreglaron diferencias en un talk show. La introducción de la morena cantante de Destiny’s Child, Beyonce Knowles sirve como excusa -además de para mostrar sus curvas- para homenajear un género propio de la década donde se desarrolla esta entrega como el blaxplotation a través del personaje femenino de Foxxy Cleopatra, selva negra a devorar inspirada en ese ícono afroamericano que es Pam Grier. Además, la frutilla de la torta se encuentra en cameos de stars como Tom Cruise, Kevin Spacey, Danny De Vito, John Travolta, Gwyneth Paltrow, Steven Spielberg, Ozzy Osbourne & flia. y una Britney Spears mucho más desenvuelta que en ese blanco fácil para la crítica cinematográfica que fue su debut en la pantalla grande: Crossroads: Amigas Para Siempre.

Merece reseñarse que aún con sus limitaciones, las tres Austin Powers divierten mucho más que las dos últimas entregas del Bond de Pierce Brosnan -¡cómo olvidar el bodrio que es El Mundo No Basta! A ver si levantan la puntería con Die Another Day muchachos- y mucho más aún que cualquiera de las últimas parodias del sello Abrahams-Zucker; en especial Rat Race. Aunque en comparación con esa porquería mucho no hacía falta para superarla. Que las coreografías de sus comienzos son mejores que el prólogo de El mañana nunca muere, que la base lunar de Moonraker no tiene nada que hacer al lado de la Alan Parson Proyect del Dr. Evil; y que Ursulla Andrews, Jane Seymour y la ficticia Pussy Galore de Honor Blackman habrán despertado más de una fantasía a la generación del padre de quién escribe estas líneas, pero para el que abajo firma se prefiere la belleza gélida de Elizabeth Hurley, los atuendos de Heather Graham (con ella adentro obvio), esa hermosura color ébano que es la Knowles, la bienvenida breve intervención de la Spears y esas femmes-fatale dentro del psicodélico mundo de Don Powers que son las mortíferas fembots, y la contra-espía rusa-italiana Alotta Fagina (nombre intraducible, como el de Felicity, dentro del horario de protección al menor).
Leo A. Oyola
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