Ciclo cine chileno

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Comentamos lo que paso en el ciclo chileno en Buenos AiresSobre el Ciclo de cine chileno en la Argentina

Chi chi chi. Tiene algún sentido hablar de un cine chileno (sería una pregunta, pero sin signos de interrogación, casi sin saber si es una interrogación o un obvio y taimado desvarío) Digamos no. Digamos que los protagonistas de filmes dirigidos por chilenos son (a veces) chilenos. Digamos que dichos protagonistas (en referencia a los chilenos) hablan (muchas veces) con tonada que podría tildarse de chilena. Digamos que las locaciones en donde se filma y las temáticas abordadas por directores chilenos son (circunstancial y no necesariamente) chilenas. Digamos que la forma de filmar, el entramado narrativo y los conceptos estéticos del llamado cine chileno, tienen en común cierta chilenidad (solo evidente en la presencia de la palabra “chile” en las letritas del final) Obviamente estas relativizaciones son trasvasables a cualquier cine que intente ser caratulado de nacional. Si un mismo director (léase, artista) a lo largo de su producción sufre necesarios y auspiciables giros en cuanto a sus intereses y formas de encarar esos siempre variables objetos a construir, resultando superfluos los intentos de emular su obra juvenil a la senil, cómo emparentar directores (artistas) qué solo tienen en común haber nacido con cierta cercanía territorial (y ni tampoco) Experiencias de vida nunca del todo igualables, percepciones del mundo nunca del todo similares, intereses y motivaciones nunca del todo afines. La dictadura de Pinochet no se vivió de la misma forma en Santiago de Chile, que en Puerto Montt, que en La Serena, que en Iquique. Tampoco la sintió del mismo modo un muchacho acomodado (hablo de un sillón reclinable) que uno de clase baja, viviendo ambos en Santiago. Digámoslo, no tiene mucho sentido hablar (conceptual, estética, política, ideológicamente-mente) de un cine chileno. Salvo, y acá se vuelve intrascendente todo lo anterior dicho, que Chile (país ¿nación?) posibilite económicamente filmar películas a través de los organismos (siempre) pertinentes. Como dice Ascanio Cavallo en su nota “Cine chileno pos Taxi para tres”, la expresión “cine chileno” es muy amplia, que describe mejor las condiciones de producción que los productos mismos (aunque cabría preguntarle al amigo Ascanio si él no cree que las condiciones de producción no determinan de alguna forma los productos obtenidos) “Y es que el auge cinematográfico de producciones de directores chilenos de los últimos años refleja nuevas políticas de fomento a la actividad fílmica. Los realizadores chilenos han contado con el apoyo de instituciones estatales como la Corporación de Fomento (Corfo) y el Fondo Nacional para el Desarrollo de las Artes (Fondart)” Hablemos, entonces, de un actual cine chileno multifacético (no solo con caras pro y contra Pinocho), patrocinado económicamente por Chile nación y Chile país (record de público mediante), y por primera vez reconocido por la elite cinéfila internacional (Concha de oro mediante) “Un expectante y celebrado veranito”, termina diciendo Ascanio.

Le le le. El veintidós de agosto comienza el primer ciclo de cine chileno en la Argentina. Se desarrollará en el Village Recoleta, y durará hasta el veintiocho. Simultáneamente, en el cine Cosmos, se proyectarán documentales. Todos, largometrajes y documentales, de la actual producción de realizadores chilenos, nunca antes proyectados en Argentina. El ciclo también incluye charlas con los realizadores, y una mesa redonda con productores y directores argentinos. Luego, la muestra se trasladará a Rosario, Neuquén, Mendoza, Córdoba y Santa Fé.

Viva Chile. De los largometrajes de pre-estrenos, dos son los que se destacan, y que respaldan de hecho el mote de veranito, boom, o el más solemne de “momento histórico del cine chileno”: Chacotero sentimental (con un record de casi 900.00 espectadores) y Taxi para tres (Mejor película en San Sebastián – 2001) Con tono marcadamente costumbrista, buenas interpretaciones e historias atractivas y bien narradas, estas dos películas han logrado que, el mundo cinéfilo dirija sus miradas hacia este culo del mundo que compartimos, y que el adagio del viejo Tolstoi vuelva una vez más a rodar. “Pinta tu aldea y pintarás el mundo” dijo León, y la ambición del realismo de dar cuenta de toda una sociedad a través de una historia, se regodeó en sus palabras. Chacotero sentimental (Cristian Galaz-1999) da largamente cuenta de ellas. Está constituida por tres historias imbricadas por un programa de radio noctámbulo que vive de lo que le cuentan sus oyentes, con un conductor hiperquinético y especie de Robert Smith trasandino. Distintas una de otra, parecen filmadas por directores diferentes, pero las tres con el mismo sesgo idiosincrático y localista (filmada antes que la mexicana Amores perros, algún parangón puede entablarse entre ambas) Con actuaciones firmes y solventes, buenas imágenes, y una narración nunca pretenciosa, Chacotero muestra a un Chile sufrido, alegre, sentimental y conservador. Pero es una película que desborda de humanidad, por lo que aquello que se percibe estanco y enmohecido resulta lábil, relativo, cambiante. Algo similar sucede con Taxi para tres (Orlando Lubbert-2001). Bajo la égida de la Odisea del Hombre Común por la supervivencia, presenta personajes que sin exageraciones, ni valoraciones morales, se muestran vulnerables, corrompibles, y hasta heroicos. Con atisbos de crítica social, e ironías varias, conforma un sólido y atrayente relato, enfocado desde la visión misma de los personajes, sorteando la recurrente mirada cinematográfica, estereotipada y antropológica, de la población de estratos bajos. Encontrando belleza y humor en la cruda y difícil realidad de los protagonistas, Taxi se constituye (al igual que Chacotero sentimental) en una obra que celebra la condición humana, divirtiendo y emocionando. Otra de las películas que formarán parte del ciclo es El caso Pinochet (Patricio Guzmán-2001). De marcado tono documentalista, este largometraje da cuenta de los avatares judiciales que sufrió (y sufre) el más feroz de los juguetes latinoamericanos, Pinocho. Relatado como una crónica periodística, se ve atravesado por testimonios de familiares de desaparecidos y de quienes fueron torturados. Dura, explícita, cruda, es una obra que hurga en las pesadillas más siniestras de la última dictadura chilena (y por analogía, de la dictadura argentina, uruguaya, paraguaya…), a la vez que intenta desentrañar el ardid político judicial que finalmente favoreció a Pinochet (falsa demencia senil mediante) Otro pre-estreno destacado es La fiebre del loco (Andrés Wood-2001) Película que no alcanza la solidez de las anteriores tres, pero que mantiene ese atractivo enfoque costumbrista. Relata (de forma confusa, abarrotada) la particular dinámica de un pequeño pueblo pesquero, que toma vida solo unos días al año, al ser levantada la prohibición de la pesca de un molusco (el loco) Con actores argentinos en roles protagónicos, se torna algo pretenciosa (con pasajes de evidente incoherencia) en la intención de contar varias historias en simultáneo. Con bellas imágenes y logradas escenas, es otra deleitable muestra de cine filmado tras los Andes (mirando la cordillera desde Buenos Aires, claro) También se proyectarán Bastardos en el paraíso (Luis Vera-2000), Negocio redondo (Ricardo Carrasco-2001) y Time´s up (Cecilia Barriga-2000) Además de unos catorce documentales, que permitirán dar cuenta desde este particular género de esa ficción llamada realidad. Una buena oportunidad (la que otorga este ciclo) para ver (sentir, vivir) el trabajo de gente que está cerca, contando historias que también son cercanas, y que curiosamente se perciben con cierto halo de exotismo y extrañeza.

Sebastián Russo

Publicado el: 22/08/02