Malas compañías

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Esta película la mandó hacer Bush, no jodan. Un completo muestrario de por qué nos conviene a todos (los humanos, Bin Laden incluido) que EEUU se haga cargo del mundo explícita y concretamente de una vez por todas. Un Doctor Lecter vegetariano

Uno. Esta película la mandó hacer Bush, no jodan. Un completo muestrario de por qué nos conviene a todos (los humanos, Bin Laden incluido) que EEUU se haga cargo del mundo explícita y concretamente de una vez por todas. Las intervenciones a medias tintas nunca dieron resultado (vease por caso Argentina) Siempre aparece un tercermundista violentamente disconforme (o terrorista en el nuevo léxico) que tira por la borda los esfuerzos de imponer un mundo libre, democrático y católico. Yanquis come home, please!

Dos. Esta vez son serbios, aunque podrían haber sido albanos, o turcos, o chipriotas. No importa, son tipos malos, sucios y feos (terroristas, en el nuevo léxico), y hay que combatirlos. Quieren poner una bomba en Manhattan para que mueran muchos estadounidenses, aducen que ese país ya ha causado muchas muertes en países pobres, por las que tienen que pagar (¿quién fue que dijo algo parecido?) Y aparece en acción la CIA. Bueno, en reacción. Con toda su parafernalia tecnológica, y sus agentes, siempre irónicos, solitarios, y más allá del bien y del mal (aunque en público deben declarar estar más cerca del bien, no sea cosa que Bush oiga y sean encuadrados en la nueva y amplia categoría de terroristas) ¿El plan? Utilizar un señuelo -o lo que es lo mismo, un negro- que se ponga en contacto con ellos. La fórmula de siempre, sacrificar algunos por el bien de todos. Pero ellos, los serbios, los chipriotas, los terroristas, no nacieron ayer, ni anteayer. Esto de estafar, traficar, y matar, es casi una cotidianeidad para ellos, por lo que todo sale mal, y la bomba está presta a estallar, y en Manhattan. La demoníaca insensibilidad chipriota no hace mella en el aun fresco dolor de los neoyorquinos. Son de lo que no hay, diría mi tía Tota relojeando la cnn.

Tres. Y está Anthony Hopkins, en su peor papel de su larga historia como actor. Hace de rudo y apático agente de la CIA, con anteojos onda Bono de U2, y gorrita de baseball, a sus casi sesenta y cinco años. Sí, repito, gafas Bono, gorra baseball, me faltó agregar su campera de aviador onda Top Gun. El diseñador del vestuario debe ser
un tipo curioso. Pero más allá de su imposible look juvenil, Hopkins actúa mal. Desganado, dentro de un personaje estereotipado hasta el hartazgo, obliga al espectador a preguntarse y repreguntarse si es o no es quien se supone que es. A su lado Chris Rock, el señuelo, el negro. No menos desfasado, y con un inagotable e insoportable acervo de muecas y frases cómicas. Exagerado, excesivo, se contrapone absurdamente con el parco y seco Hopkins. Ambos conformando el tricentésimo nonagésimo séptimo dúo de compañeros de características diferentes que terminan congeniando.

Cuatro. Una película obvia y estúpida, que se apoya en numerosas explosiones, y estrépitos varios, como únicos recursos para llamar la atención del espectador. Una película olvidable al segundo día de su estreno, y que muestra a un irreconocible Doctor Lecter, aquí vegetariano. Una película que sale a hacer campaña por la aniquilación inmediata y definitiva de estos degenerados terroristas que no nos dejan mirar la tele tranquilos.

Sebastián Russo

Estrena el 25 de Julio del 2002