Dibu 3

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Una intriga inexistente. Una historia imposible. Una utilización exagerada e insostenible de pobrísimas animaciones. Y un único aparente atractivo en el curioso desparpajo de la estrella, Dibu.
Tambalea el emporio Disney

Por Sebastian Russo

Uno. Los chicos no son boludos. Aunque algunos pretendan que así sean, ellos no lo son. Y que no sean boludos, habla de que no cualquier historia les puede parecer atractiva, y que no se dejan engañar fácilmente con efectismos que ocultan vacíos narrativos. Porque si hay algo que sostiene a una película (y estoy por emitir una aburrida perogrullada, pero para algunos, todo un descubrimiento) es la historia, el relato, la intriga, lo que se quiere contar. Y esto excede a diferencias generacionales. Más allá de que una narración para “adultos” pueda diferir en temáticas e intensidades a la de “niños”, lo que nunca debe faltar es ese algo que narrar. Y sumado a ese algo por narrar, la coherencia interna de la historia, la suma de hechos y relaciones que otorguen sentido al relato. Bueno, Dibu 3 prescinde de todo esto. Y así le va.

Dos. Una intriga inexistente. Una historia imposible. Una utilización exagerada e insostenible de pobrísimas animaciones. Y un único aparente atractivo en el curioso desparpajo de la estrella, Dibu.

Tres. Con una voz post Fernet, y lindando lo diabólico, Dibu, derrocha energía. En avioncitos, rompiendo todo lo que está a su alcance, chateando, viajando a Marte, conquistando marcianas, Dibu se convierte en una insoportable tromba que ya ni Germán Kraus (se le nota el hartazgo de tener que hablarle a la nada), ni Stella Maris Closas (pudre en su rol de madre protectora) saben como hacer por (soportar) contener. El léxico de Dibu, por otra parte, no deja de sorprender, con frases como “listo el pollo…”, y palabras como macanudo y piola, más cercanas a la generación de Kraus que a los aparentes once doce años del personaje. Acompañado siempre de su abuelo compinche, y de su hermanita, Buji, que en pañales, tiene una voz al caminar (saltar) de curiosos y cuasi pervertidos gemiditos.

Cuatro. Y en esta tercera secuela (Dibu no es un ser vivo, por lo que no puede morir, así que se esperan decenas de secuelas más) viaja a Marte. Y desde la Argentina. Una nave intergaláctica virtual, creada por un científico que para ganarse el pan hace de estatua en la Recoleta, lo hace posible. Y como la nave es virtual (no por nada es creada en esta virtualidad llamada Argentina), la debe manejar alguien que no tenga consistencia corporal, claro, Dibu. Más allá de una estadía con numerosos, esperables, y finalmente (y siempre) superables enredos en Marte, lo interesante (y absurdo) es la representación del poder real del Estado argentino. Desde un presidente que se comunica con una añeja trilogía de poder (EEUU, Rusia, Japón) imponiendo sus condiciones, y tomando a su cargo la defensa del planeta tierra, hasta un jefe de las fuerzas armadas, con similar poder que el presidente (luego se condenará su idea de que mueran algunos -justamente Dibu- por el bien de muchos otros -referenciable y obviable idea), y enfundado con un vestuario símil jerarca nazi.

Cinco. Un producto hecho para vacaciones de invierno. Pobre en lo único que podría haberse destacado, en el idear una historia original y atractiva. Absurdamente pretensioso en el tratamiento de las imágenes (se estrena junto con colosos de la
animación hollywoodense) Desligado condenable y patológicamente de la realidad argentina. Dibu 3 es un producto hecho para que en la primavera ya nada quede de él.

Estrenada el 18 de Julio del 2002

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