Infidelidad

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Richar Gere y Olivier Martinez -el marido engañado y el amante joven respectivamente- solo comparten una escena en este film. La más lograda. En ella, el último mencionado, abre la puerta de su departamento absolutamente confiado que ha de encontrarse detrás de ella con el corazón clandestino con el que han compartido ya varias siestas… y algo más.
polvos de una relación / cuando la noche nos estafa / las caricias sufren inflación

Richar Gere y Olivier Martinez -el marido engañado y el amante joven respectivamente- solo comparten una escena en este film. La más lograda. En ella, el último mencionado, abre la puerta de su departamento absolutamente confiado que ha de encontrarse detrás de ella con el corazón clandestino con el que han compartido ya varias siestas… y algo más. En su lugar, en vez de aparecer la figura sensual de Diane Lane, el actor francés se topa cara a cara con el esposo de la mujer que esperaba. Tensión e incomodidad pueden sentirse en el aire. No es para menos: el demonio de los celos se ha corporizado en el actor de La Verdad Desnuda (Gregory Hobblit, 1996) y evidentemente las cosas no van a terminar bien. Los dos, pese a sus diferencias, son caballeros; pero ¿hasta cuando las palabras serán el único vehículo de comunicación de los sentimientos? El personaje de Martinez no peca de ingenuo al evaluar que el de Gere no ha llegado a visitarlo con las manos vacías. Al ofrecerle un trago al invitado inesperado, de reojo, mira con cariño una enorme cuchilla cercana en la cocina. El Edward de Richard no se queda atrás. Al descubrir la cama desecha cuyas sábanas todavía conservan el calor y la fragancia del cuerpo de su mujer, el sufrido cónyuge mete otro cambio mientras sigue acelerando los pensamientos más oscuros, que anulando a la razón, se disponen a hacerle un tremendo gol en contra. El Paul Martel de Martinez lo intuye. Y se va a defender. La furia a punto de estallar del Edward de Gere, de latente ya se palpita. Ambos saben como sigue la canción y el baile en el que están metidos. Uno de los dos va a terminar con los pies hacia delante.

Infidelidad posee todos los vicios de los trabajos anteriores de Adrian Lyne. La familia norteamericana -y con ella, el american way of life- padece de la irrupción de un ser ajeno al núcleo primario que constituye una seria amenaza para este como en Atracción Fatal y Propuesta Indecente. Se escucha una canción pegadiza como en el final de Flashdance o la escena del inolvidable striptease de Kim Basinger en 9 Semanas & Media ante un festivo Mickey Rourke con la voz inconfundible de Joe Cocker insinuando que solo podía dejarse el sombrero puesto. Y más allá de la temática del film, el sello del director como realizador esta firmado en ese abuso de imágenes estilizadas y cambios de ejes propios de un look clipero donde elementos que dan bien a la cámara como el agua y el fuego son capturados en planos detalles sumamente obsecuentes. Pero pese a haber gastado fortunas en cachets y otros rubros técnicos que terminan inflamando el presupuesto de una producción que debió de ser más austera e interesante, la película -previsible, tediosamente previsible- posee errores groseros de continuidad y hasta la irrupción de un micrófono en el medio de una escena que pretendía reflejar la beatitud de una mañana típica como envidiable en la familia de marras. Estos equívocos realizados durante la filmación como en la post producción inevitablemente desvían la atención del espectador, primero incomodándolo para después poner una involuntaria sonrisa en los labios de este como señal de que evidentemente se ha fracturado la diégesis cinematográfica. Ya no importa la química establecida entre los personajes de Gere y Lane, y si sus escenas de alcoba resultan verosímiles o no: el cerebro nos dispara cómplice su sentencia de incredulidad ante las imágenes que estamos presenciando.

Del reparto hay que destacar que el que se lleva todas las palmas es Richard Gere, pero no precisamente por su desempeño actoral. A años luz del comienzo de una promisoria carrera en títulos como Buscando a Mr. Goodbar (Richard Brooks, 1978), Días de Cielo (Terrence Malick, 1978) y Gigoló Americano (Paul Schrader, 1981); el astro de Reto al Destino (Taylor Hackford, 1982) se luce por cobrar 15 millones de dólares por un film como este en el que a los 52 años de edad se da el lujo de poner en juego su imagen viril ante un galán más joven. ¡Así cualquiera acepta el rol de cornudo Richard! Encima, aquel que una vez supo brillar en Sospecha Mortal (Mike Figgis, 1990), en verdad no es el protagonista real del octavo film de don Adrian. La que desencadena y lleva adelante el relato
es su mujer en la ficción, con la que ya habían compartido cartel en una cinta más feliz como Cotton Club. Claro que Francis Ford Coppola era el director de aquella. Pero esa es otra historia. En la que corresponde a estas líneas, Diane Lane es responsable directa de por lo menos medio logo de la calificación de esta crítica. Actriz dueña de un talento siempre eclipsado por una belleza que no pierde conforme transcurren sus días de por medio, siempre superlativa en relación a los años que va sumando; la ex de Christopher Lambert dota de una carnadura tan palpable como deseable a esa Sra. De las cuatro décadas que le tocó interpretar. El francés Olivier Martinez, de destacable labor en La Camarera del Titanic (Bigas Luna, 1998), cumpliendo con la obligatoria degradación de su oficio al desembarcar en los EE.UU paga derecho de piso y hace lo que puede con su imagen prefabricada de amante ideal obviamente sostenido por pies de barro: la parada de una noche devenida en adictivo vicio que tarde o temprano mostrará la hilacha y con ella el final del encanto. Mientras que del niño Erik Per Sullivan se puede decir que está mucho mejor como el hermano menor de Malcom en la homónima y popular sitcom, que en su rol de hijo malcriado, maleducado y sufrido que aquí le ha tocado en suerte. Insoportable.

Con bochornosas escenas, como la de la amiga mayor advirtiendo de los riesgos de una aventura a raíz de una experiencia pretérita y tortuosa pasando por la del blanqueo de la situación en el matrimonio hasta llegar al mea culpa de ella; y con una carnada que denota cierta xenofobia al presentar al amante como el estereotipado extranjero que viene a sacudir las bases de una institución sagrada como lo es la familia -la de ellos, los del país del norte- Infidelidad jamás llega a buen puerto más allá de ese final abierto y los esfuerzos de Diane Lane (mucho más bienvenidos por la platea masculina) por capturar la atención en la pantalla. Los dos guionistas -uno, autor de Gente como Uno y Luna de Papel; otro más comercial con títulos en su haber como la remake de El Planeta de Los Simios, Emboscada y Naufrago- además de aggiornar La Femme Infidele del maestro Claude Chabrol, pusieron mayor énfasis junto al director en la transformación del personaje de Lane -hiperpulcro en su presentación, como capaz de tener sexo furtivo en un baño público o en una sala de cine arte en el clímax de su engaño- orientando este producto hacia una audiencia francamente voyeurista, heredera de esos camelos marca registrada de Lyne, cuyo sucesor Zalman King (Seducción de Dos Lunas y Orquídea Salvaje) también supo aspirar a un cuarto de hora muy popular en las peores salas de la calle Lavalle, aglutinando valijeros y otras especies propias de este tipo de fauna. Tras los fallidos intentos que constituyen su versión de Lolita (1998) y la película que ocupó estos párrafos; quien escribe estas líneas desea fervientemente que el Sr. Adrian Lyne se deje de aplicar su mirada nuevamente a clásicos del séptimo arte. Y aunque suene a utopía, es un anhelo que se vuelva a animar a experimentar en films de corte fantástico como su lograda realización en Alucinaciones del Pasado (1990), donde Tim Robbins y Danny Aiello se veían envueltos en una pesadilla calcada de La Noche Boca Arriba de nuestro Julio Cortázar. Hasta ese entonces, la casa le ha retirado el crédito a este realizador.

Leo A. Oyola
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Estreno del: 13 de Junio de 2002