Carpe Diem

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Carpe Diem es un cuento fantástico. Milagroso o imposible, como aclara su autor, Abelardo Castillo. Desconcertado, el protagonista intenta contar lo ocurrido. Una mujer regresa como un fantasma sin serlo, tan real que puede dejar evidencias.Hasta el último tren de la noche

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Por Elena Bisso

Descartes se preguntaba, en la madurez de su vida, en la Tercera Meditación Metafísica:

“…¿cómo sería posible que yo pudiera conocer que dudo y que deseo, esto es, que me falta algo y que no soy totalmente perfecto, si no tuviese en mí alguna idea de un ser más perfecto que el mío, por comparación con el cual yo conocería los defectos de mi naturaleza?”

Esta pregunta lo lleva a dar con la finitud en el pensamiento para argüir la infinitud como idea proveniente de Dios, segunda prueba de existencia. El acento que ofrezco darle a esta pregunta, es la evidencia clara y distinta de que el deseo se enlaza a la falta, tal como señala, y de que no hay “perfección” en los seres hablantes, en el sentido de completud.

¿Cómo conocer que algo falta sin que haya estado alguna vez? ¿Cómo buscar aquello que no se conoce?
Bien podemos nombrar a lo que falta como lo perdido. El intento de nombrar lo perdido, de narrarlo o hacerlo poesía, de sojuzgarlo con la razón lleva toda la vida. Y nos lleva por la vida.

¿Cómo no volver al poema de Jorge Luis Borges?

¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la venturosa
o la de triste horror, esa otra cosa
que pudo ser la espada o el escudo
y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
dónde el azar de no quedarme ciego,
dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
noche que el rudo labrador confía
el iletrado y laborioso día,
según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
Que me esperaba y que tal vez me espera.

¿Cómo encontrar en un cuento una trama que trata lo perdido de un modo tan complejo como mágico?

Carpe Diem es un cuento fantástico. Milagroso o imposible, como aclara su autor, Abelardo Castillo, en el prólogo a “Las maquinarias de la noche”(1). Desconcertado, el protagonista intenta contar lo ocurrido. Una mujer regresa como un fantasma sin serlo, tan real que puede dejar evidencias. Una moneda que el protagonista conserva aparece como elemento verídico, talismán por el que realidad y fantasía se espejan interminablemente, imposibilitando el olvido.

No podemos decir que sea un cuento con fantasmas, porque esa mujer no lo es. Está y no está, enrarecido modo de existencia, podríamos hacerle decir en su extraña presentificación: “explicar con palabras de este mundo / que partió de mí un barco llevándome”(2) o “alguna vez / alguna vez tal vez / me iré sin quedarme / me iré como quien se va” (3)
Es una mujer tan fantasmagórica como la Berenice de Poe, cuando Egaeus de pronto la ve, ¿extrañificada a su percepción como un ánima a causa del deseo?.

En una frase de esa mujer podemos encontrar la clave que tal vez particulariza al cuento: “…habríamos vuelto a perder nuestro día perdido” aclara ella, advirtiéndole que esas horas en que estarían nuevamente juntos tenían como condición la felicidad, y de no resultar así, el horizonte era una amenaza de pérdida redoblada por la brevedad de su presencia.
Los adioses, en este cuento, traman el tejido misterioso de ese Tiempo al que alude claramente, un Tiempo fuera del calendario, imperfecto por humano, contingente, irracional.
Podríamos leer que este episodio narrado, desconcertante para el personaje, que lo perdido puede tener como condición ser único, fugaz. Sólo recuperable por una evocación tan esplendorosa como nostálgica. “No podemos articular una sola palabra que no sea espejo o símbolo del mundo real”(4).

Pero quedan evidencias, que ayudarán a merodearlo contando una o más veces, las mismas escenas:
“La historia, si se trataba de una historia, parecía difícil de comprender: la había comenzado en distintos puntos tres o cuatro veces, y siempre se interrumpía y volvía atrás y no pasaba del momento en que ella, la muchacha, bajó una tarde de aquél tren.”

Tal vez invocando lo perdido es como nace lo poético. Y porque de eso se trata, de que algo pueda ser perdido en los confines del Tiempo, es que existen el olvido, la memoria y las milenarias tribulaciones en el lenguaje donde debiéramos perdernos cada tanto.

Notas
1. Las maquinarias de la noche. Abelardo Castillo. Emecé. 1992
2. Alejandra Pizarnik poema 13 de Arbol de Diana.
3. Alejandra Pizarnik poema 33 de Arbol de Diana
4. Las maquinarias de la noche. Abelardo Castillo. Emecé. 1992.pág 12

Publicado el 4-7-2002