Apasionados

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Una forma poco comprometida e insultante de narrar una historia en la caótica y desvencijada Argentina de hoy (y de siempre).Leche descremada en cartón descartable

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Uno. No conozco bien cuáles son los requisitos y condicionamientos que el Instituto de Cine impone para otorgar dinero para la realización de una película. Lo que sí sé (y porque se preocupan en divulgarlo), es que ese dinero es bien escaso. Cuestión que asigna al otorgamiento de esa masa dineraria, una mayor carga de responsabilidad y restricción. Repito, desconozco si el criterio de selección puede pasar por preferir propuestas menos convencionales de autores nuevos, o ideas remanidas de añejos directores, o una combinación de ambas. Pero a pesar de este desconocimiento, me parece difícil de justificar el favorecer económicamente proyectos como Apasionados (dirigida por Juan José Jusid, el mismo de Esa maldita costilla, Un argentino en Nueva York y Mi papá es un idolo -todas, en mayor o menor medida, taquilleras-) que además de poseer ya poderosos patrocinios (Telefé y la Secretaría de Turismo de la Nación), no otorgan ninguna visión novedosa (ni artística, ni argumentativa), y que se engendran con una evidente y casi exclusiva intención lucrativa, apiñando para eso, historias de fácil digestión y figuras ultra convocantes. Estamos hablando de arte, y estamos hablando del Instituto encargado de desarrollar ese arte, no de mercadería, ni de una sociedad anónima (hay veces que me vuelvo tan ingenuo…) ¿Quién más para encargarse de posibilitar la producción y divulgación de nuevas expresiones cinematográficas? Hay muchas cosas que no sé, pero hay muchas más que se me develan obscenas e inentendibles.

Dos. Formas de vestir y comer propias de bobos (tipos/as que frecuentan Palermo Hollywood, escuchan cool jazz, y se dan con comida vietnamita -pero de vida sana, siempre sana-, burgueses bohemios que le dicen), gente no menos boba y linda, coches no menos bobos, lindos y caros, casas no menos típicas de bobos, lindas, caras y espaciosas: todo un impúdico desparpajo derrochón, propio de un momento, Mundial de fútbol incluido, en el que vivir en un mundo de pedos, parece ser la única posibilidad que encuentran algunos para sobrevivir a lo real. Una forma no solo no comprometida sino casi insultante de narrar una historia en la caótica y desvencijada Argentina de hoy (y de siempre) Y no me vengan con que es preferible reír que llorar, y que para amarga está la vida. Una cosa es la ficción, y otra la cínica y sospechosa (y por qué no, postura política de la) banalidad.

Tres. Todo transcurre alrededor del nuevo semental argentino, Echarri (¿quién más?), que aprovecha hasta la circunstancia más curiosa para mostrar sus trabajados abdominales, y que interpreta al personaje por el que todas (al menos la hija de Fernando Niembro sí lo haría) pagarían su entrada, o sea, a él mismo: tierno, varonil, conservador, de barrio, algo
elemental de cabeza, pero amoroso con los niños, con look aventurero, y a bordo de su jeep (que usa hasta para ir en frac a su propia boda) A su lado, dos señoritas: una, la Nancy, con una gesticulación tan grotesca y exagerada que hace recordar a los mejores (peores) momentos de Andrea del Boca, la otra, Natalia Verbeke (la novia de Darín en El hijo de la novia), obsesionada por obtener el mejor esperma para inseminarse y tener un hijo, es decir, desvelada por que Echarri (novio en la película de Nancy Dupláa… sí, sí, igual que en la vida real!) le de un poco del suyo.

Cuatro. Y hay una historia, que navega entre lo infinitamente previsible (sí, él, finalmente deja plantada a la novia en el altar -situación pocas veces vista en la historia del cine- en búsqueda de la chica que cualquiera, a los 3 minutos de comenzada la película, se da cuenta que en definitiva se va a quedar), y lo imposible de situaciones, que de tan poco probables, entran en aquel otro plano de lo curiosamente interesante (prestar especial atención a la escena en que Echarri y Verbeke se encuentran en la habitación de un lujoso hotel. Si alguien le encuentra justificación de algún tipo, mande un mail explicativo, gracias). Todo en consonancia con el remanido conflicto del cine argentino al encarar temáticas sexuales, que se resuelve (mal, siempre mal) o estereotipando (como con el amariconadísmo homosexual que interpreta Pablo Rago, caricatura del gay que representaba Hugo Arana en Matrimonios y algo más, que ya de por sí era farsesco), o mostrando una paleozoica ingenuidad (Echarri no se anima a decir que se le erectó el pene, y dice “se me…” y se mira hacia donde está el …. -sí, pene-, y hace gesto avergonzado), o como tercera opción (no presente en esta película) de filmar en tiempo real escenas de sexo explícito. Todas, claro, opciones fallidas.

Cinco. Como resultado, Apasionados, no escapa a la estética (y moral) de “típico producto Telefé”, mezcla de Verano del 98, Poné a Francella, Tinelli y Jorge Jacobson. Es decir, lo que le gusta a la mayoría. Por lo que el INCA, no la estaría errando tanto. Estaría apoyando a un producto que será consumido por mucha gente, que se mantiene dentro de los parámetros marketineros del gusto medio, y que no promueve ningún tipo de ideales medios raritos. ¿Esa es su función, no? Sí, creo que sí.

Sebastián Russo