Juego de espías

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Uno. “A veces es bueno cometer una falta”, dice Nathan Muir, veterano agente de la CIA, mientras roba un expediente confidencial. Más tarde le adosará la firma falsificada del jefe de la agencia de seguridad más poderosa del mundo, para llevar a cabo una operación en una cárcel de alta seguridad china, movilizando armamento y buena cantidad de reservistas norteamericanos, con el fin de darle una mano a un amigo que iba a ser ejecutado.
¿Otra vez jugamos a lo mismo?

Uno. “A veces es bueno cometer una falta”, dice Nathan Muir, veterano agente de la CIA, mientras roba un expediente confidencial. Más tarde le adosará la firma falsificada del jefe de la agencia de seguridad más poderosa del mundo, para llevar a cabo una operación en una cárcel de alta seguridad china, movilizando armamento y buena cantidad de reservistas norteamericanos, con el fin de darle una mano a un amigo que iba a ser ejecutado. Así termina Juego de espías, como un emocionante canto a la fraternidad, más allá de poner en riesgo el delicado juego de equilibrio político entre potencias mundiales. Así termina, dando entender que todo es un juego, que la guerra es un juego, que la CIA es un juego, y que los que parecen los más serios y compungidos árbitros, son los más cínicos e hipócritas jugadores.

Dos. Nathan Muir, no es otro que Robert “dedicate a Sundance” Redford. Con las arrugas intactas, su rubia cabellera siempre sauvage, sus gafas oscuras, y gorrito de baseball. Redford no ha perdido el porte, solo que es lo único que tiene. Con la palabra precisa, soberbio, con la jocosidad siempre al dente (ya sea que esté en medio de un tiroteo en Beirut, o en el mingitorio) A su lado Brad Pitt. Igual que Redford, pero sin arrugas, o sea, pelito rubio al viento, gafas, y gorras de baseball. Pero con algo más de versatilidad en lo que actuación se refiere. Conformando ambos, una dupla indestructible para la platea femenina media, y un tándem inigualable del arquetipo icónico de la cultura norteamericana.

Tres. Es una historia de amor. Sí, aunque a priori no genere esa expectativa (y a pesar que a posteriori tampoco), se trata de una relato movido por sentimientos amorosos y fraternales. Lo curioso es el marco en el que aparecen estas ligazones afectivas: las operaciones norteamericanas alrededor del mundo. Ya sean de espionaje, de acción directa, o de ayuda comunitaria, son estos entrometimientos en conflictos de distinta índole (no tan distintas las índoles en realidad) los que permiten que los personajes de esta historia se encuentren, se pierdan, y finalmente, y siempre, se abracen. “La lealtad puede más que el deber”, reza el afiche publicitario de la película, recordándonos que en la CIA también tienen sentimientos humanos, y que de hecho son los que priman, más allá de alguna que otra muerte o conspiración para derrocar algún jefe de gobierno.

Cuatro. Siguiendo la moda de la aggiornada (descremada, sin terror, sin critica, sin denuncia, apologética) estética belicista, la película recorre las misiones estadounidenses del setenta al noventa. Están Vietnam (que ya se recuerda como un rock más de Jimi Hendrix), Alemania del Este y Beirut (repleta de despiadados terroristas árabes con sus típicas gafas Bono Vox ¿?) Y la infaltable visión patriotera (y hartante) de verse siempre obligados moralmente a intervenir ante el peligro de que los derechos individuales y el orden del mundo libre sean violados. Tan molesta como la mirada estereotipada de sus nuevos enemigos, los chinos, corrompibles, pervertidos, y que torturan brutalmente en cárceles al estilo Expreso de Medianoche, donde nadie sabe por qué está ahí, ni cuándo va a salir, es decir, donde el imperio de la ley no cuenta.

Cinco. Filmada con maestría, con una producción multimillonaria y con una intricada e ingeniosa aunque inverosímil trama, Juego de espías se diluye en necedades moralistas, ingenuidades varias y una obstinada y
unilateral visión de la historia (“¿Recuerdas cuando reconocíamos los buenos de los malos?”, le dice un agente de la CIA a otro) Tampoco pudiendo escapar del armado de personajes idealizados, y una construcción y resolución de la intriga no menos arquetípicas, el último film del creador de Top Gun, constituye una obra más en esta arremetida de nuevo belicismo fílmico -post Bin Laden-, en el que ya no se cuestionan, ni repudian, las acciones militares, sino que se justifican, y alientan. Pero a nunca olvidarlo, ser leal a un amigo, es más importante que obedecer a un sargento (a no ser que el sargento también sea amigable).

Sebastián Russo

Estreno 13-06-02

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