El amor es el diablo

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La película de Maybury es una especie de instantanea íntima no de la creación de un artista sino de la destrucción de un amor.
Una vez finalizada de la Segunda Guerra Mundial el realismo pictórico de Bacon (1909-1992) impuso un estilo que la modernidad había abandonado después de las furias de la abstracción o la pureza del surrealismo. Sus figuras desarmadas, fragmentadas, deformadas son especies de cadáveres en vías de putrefacción. Bacon es sin duda una de las grandes figuras del arte moderno. Exhibida en “Un certain regard” del festival de Cannes, premiada por mejor Opera prima en Festival de Edimburgo, El amor es el diablo se mostró en el Festival de Cine Independiente de Buenos Aires y llega a una sala comercial en los próximos días la película para desplegar la relación entre el pintor inglés Francis Bacon y su amigo-amante-musa inspiradora George Dyer.
Dominada por la voz en off, por imágenes distorsionadas a la manera de los rostros de Bacon, por frases raramente apoyadas por las imágenes a las que refiere “En la casa del placer entré a los cuartos secretos, no a precisamente a los del amor burgués (?)” tendré un demonio en mi interior?” El amor es el diablo es una especie de instantanea íntima no de la creación de un artista sino de la destrucción de un amor. La relación destructiva entre dos hombres y sus tortuosas consecuencias. Maybury, discípulo del director inglés Derek Jarman (Caravaggio), como escenógrafo, vestuarista y editor, no se detiene en las causas de esa perdición, le interesan más los resultados, sabemos sí que Dyer es torturado por pesadillas de suicidio pero a Maybury le interesa más el cúmulo de imágenes (o cuadros?) que dar explicaciones; el clima más que la historia. Me parece que con eso la película va perdiendo el interés que podrían despertar los personajes, y cuando dejan de conmovernos el compromiso emocional, tan necesario en el cine, desaparece.

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