Hedwig and the angry inch

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Uno. El género musical no es uno de los más abordados en el cine actual. Y si lo pensamos emparentado al rock, los ejemplos son más que escasos. Hedwig and the angry inch, es uno de
ellos, el más reciente, y desde una especie de versión decadentosa y trasvestida de The Wall, llega a los cines argentinos, como un trasgresor musical que hará despabilar a más de uno. Musical post-punk neo-glam rock

Uno. El género musical no es uno de los más abordados en el cine actual. Y si lo pensamos emparentado al rock, los ejemplos son más que escasos. Hedwig and the angry inch, es uno de
ellos, el más reciente, y desde una especie de versión decadentosa y trasvestida de The Wall, llega a los cines argentinos, como un trasgresor musical que hará despabilar a más de uno, escandalizar al grupete que siempre se escandaliza, y promover el deguste de buena música y atractiva historia a los más.
Dos. El director (actor, guionista, y padre de la bestia) John Cameron Mitchell, definió a su película como un musical post-punk neo-glam rock. Y lo es (sin saber bien qué quiso decir) Aunque también podría definirse como una particular película de amor, enfundada en un glamour mórbido y bizarro, y en la que los amantes en cuestión comparten el mismo cuerpo. La historia se dispara desde un relato de Platón, que la madre de el/la protagonista le narra a sus seis años, y que cuenta que al principio la gente tenía dos pares de brazos, dos pares de piernas y dos caras que surgían de una sola cabeza, y que como a los dioses les inquietaba el poder de los humanos, Zeus partió a los hombres en dos y les condenó a vagar por la tierra suspirando por su mitad perdida. Así, el/la protagonista, se lanza a la estéril búsqueda de su otra mitad, sin imaginar encontrarla en su propio cuerpo.

Tres. Engendrada bajo la aureola de la santa trinidad David Bowie-Lou Reed-Iggy Pop, Mitchell da vida a una especie de Marlene Dietrich pos moderna. Y de su historia, de su vida, de su búsqueda, da cuenta la película. Nacida varoncito en Berlín oriental el mismo día que se instaura el muro, la vida de Hedwig se presenta como una farsa metafórica de separaciones y desgarramientos, que consiguen cuajar solo desde la decadencia y la extrema sensibilidad. Adolescente, se enamora de un morrudo sargento nortamericano, que la incita a extirpar quirúrgicamente sus genitales para poder casarse, y abandonar Alemania. Pero la operación no salió del todo bien, y Hedwig queda con una pulgada de “carne enfadada” (el angry inch del titulo), tal cuál vocifera en uno de sus salvajes punkies de franqueza explicita. En su anhelado territorio norteamericano, recorre los tugurios más insospechados con una banda polimorfa de glam rock, convirtiéndose en el show habitual de una cadena de marisquerías (sí, restaurantes de mariscos). Sin dinero, e “internacionalmente ignorada”, como se presenta en sus grotescos espectáculos, Hedwig no esconde un rencor corrosivo hacia un ex amante al cual enseño todo sobre el rock, y ahora triunfa con sus canciones, negando abusivamente el plagio.

Cuatro. Interesante mientras mantiene el tono de parodia kitsch del rock de la glamorosa decadencia, pierde atractivo cuando se entremete a explicar linealmente la transformación de Hedwig, de apocado chico berlinés a transvertido rockero auto flagelante. Cuando adquiere ese giro, el de explicar, el relato pierde en transgresión, tomando los cauces habituales de la justificación, intentando comprender una ambigüedad sexual que abandona así su pretendida naturalidad. Se logran igualmente escenas exquisitas, como cuando el sargento Robinson -su futuro esposo- lo descubre en las ruinas del muro de Berlín desnudo, en ese momento con más de una pulgada de carne igualmente enfadada, y lo conquista cual Hansel (el nombre con el que fue bautizado, luego cambiado por el de su madre, Hedwig) en “Hansel y Gretel”, a través de un caminito hecho con gomitas dulces comestibles con formas de ositos. Igualmente deleitables son las escenas en las que Hedwig y su banda actúan en la marisquería, en medio de comensales aturdidos por tal bizarra exhibición, pero que no dejan de darle a los cornalitos.

Cinco. La producen los mismos de Boy´s don´t cry, Velvet Goldmine y Hapiness. Ganó premios en los festivales de Berlín, Gijón y Sundance en el 2001. Está basada en un exitoso musical, presentado en el off-Brodway. Tiene una banda de sonido original que entremezcla al Bowie de los 70, con el Reed de la Velvet Underground, con un Kurt Cobain interpretando una baladita country de Dolly Parton. Todos datos que no hacen más que ratificar la inquietante y atractiva obra engendrada. Y comenzar a tener en cuenta a un John Cameron Mitchell, que desde este interesante triple debut (actor, director y guionista) puede encaramarse como una nueva esperanza de futuro buen cine.

Sebastián Russo
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Estreno del 9-5-2002