Dulce y melancólico II

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Dulce y melancólico no es una gran película.
Perteneciente a la etapa de Woody Allen más relacionada con la segunda parte del título, ofrece una lectura poco usual del hecho de ser artista, del egocentrismo que siempre acarrea, del arte ocupando un lugar físico en la vida. Todos muy bien, especialmente yo.
Una lectura de Dulce y Melancólico desde el artista.

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por Raúl Manrupe

Señora, señorita, señor le vamos a preguntar algo.
No creemos que se lo pregunten todos los días, pero usted sabrá contestar,
aunque nunca se lo haya dicho a nadie.
Señora, señor, señorita, la pregunta es la siguiente:
¿Tiene usted un don ?
Repetimos. Un don, una habilidad natural para hacer algo.
Un algo que haga que los demás lo admiren, aunque sea por un rato.
Un hecho artístico, de ser posible.
Saber cantar, o actuar.
Pintar o tocar un instrumento. Hacer caricaturas o tallar madera.
Jugar bien al fútbol o a cualquier deporte. Bordar.
Imitar. Silbar. Usted sabrá. Tiene que ser algo que le cause un inmenso placer practicar.
Ahora díganos qué lugar ocupa ese don en su vida.
No, no. No nos referimos al tiempo que le dedica, mucho o poco.
Háblenos de qué nivel de importancia, qué rango, que ránking, dónde se ubica esa habilidad en su escala de valores.
¿Podría usted vivir sin practicar su habilidad? Sí. O no. Le costaría.
¿Qué lugar ocupa? ¿Por encima del vecino del departamento de al lado?
¿Por encima de su primo? Tal vez esté más arriba. Por encima de un hijo.
O de una pareja. O de los padres. Quizás usted se moriría si no pudiera practicar su habilidad. O tal vez no, podría vivir sin ella. Acostumbrarse.
Preguntémosle a Picasso. A Lester Young. O a Alfredo Alcón, o a cualquier artista.
Desde quienes ocupan cualquier olimpo a los que nunca salieron del barro.
Emmet Ray, el guitarrista habilidoso de la última película de Woody, está cerca de los dos lados.
Tocar la guitarra puede reemplazar el sexo con su primera esposa. El arte está primero.
Su música es una llave mágica para perdonar faltas y llegadas tarde ante amigos, empresarios o amantes. El arte perdona todo.
Matar ratas con un revolver o ir a contar trenes (el trainspotting original) pueden ser hobbies aceptados. El arte está más allá de convenciones o conductas personales. En una sociedad, que tiene siempre a endiosar el modelo.
Vemos sino qué trasciende de Leonardo, Van Gogh, Diego o Woody.
Que una de las mujeres del protagonista sea muda y otra una escritora interesada más en el personaje que la persona, son dos detalles.
En su autobiografía que ya lleva miles de minutos filmados, Woody Allen, ser talentoso, dotado, egocéntrico, necesitado de aplauso, se anima a decir cosas que ninguna persona de esas características se animó nunca a decir: este film trata acerca de cuál es el verdadero lugar que puede ocupar el arte, una habilidad y la pasión de saberse bueno o pleno con él, en la vida de alguien. También, nos habla de lo placentero y lo doloroso que puede ser asumir ese compromiso, no siempre reconocido. Dulce y melancólico no es una gran película.
Perteneciente a la etapa de Woody Allen más relacionada con la segunda parte del título, ofrece una lectura poco usual del hecho de ser artista, del egocentrismo que siempre acarrea, del arte ocupando un lugar físico en la vida. Del don, como un ente palpable. Como lo está en cada fotograma de este film, imperfecto, por momentos repetitivo y por momentos aburrido, pero con un grado de sutileza y reflexión poco frecuente. Y tal vez, poco observable por aquella gente que no pueda contestar la pregunta de los primeros renglones de esta nota.
-Todos muy bien, especialmente yo, les dice Emmet Ray a sus músicos, autofelicitándose luego de grabar uno de sus pocos discos.

Nota relacionada: Dulce y melancólico, la critica