Dragonfly

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El misterio de la libélula se encuadra dentro de las típicas y pasatistas películas norteamericanas que intentan llegar a todos (o dicho de otra forma, hacer dinero). No vayas a venezuela sin kevin, se pone bravo, hay indios

Uno. Volvió Kevin. Volvió, aquel que no tuvo salida, danzó con lobos, y que hasta se le animó a la gritona de Whitney llevándola en andas, pero que desde el casi ahogo en aquel mundo acuático, intenta con esfuerzos muchas veces vanos volver a hacer pie en un mundo, que alguna vez creyó perfecto. Volvió, y de la mano de su faceta más convincente: la de hombre fiel, racional y seguro de sí mismo, dispuesto a dejar todo por sus ideales. Y convence, no solo al espectador medio que dirá “sí, Kevin es así”, sino a mi suegra que verá en él al yerno soñado, y a mi mujer que dirá “ves, así tenés que ser”. Pero mientras les trato de explicar que mis acciones nunca van acompañadas de musiquita conmovedora, las libélulas golpean la cabeza de Kevin, y toma un avión, en búsqueda de su mujer, a una selva venezolana infectada de indígenas con tapa rabos y fusiles. Así no vale.

Dos. Volvió, y envuelto nuevamente en una historia con ribetes fantásticos. Interpreta a un médico, al que le acaba de fallecer su mujer en un accidente, en medio de una misión humanitaria en América Latina, y de la que estaba intensamente enamorado (Kevin nunca anda con medias tintas, cuando ama ama) Los problemas comienzan, cuando ella, desde un más allá que la ciencia nunca termina de explicar (aunque Víctor Sueiro ya haya dado cuenta de ello), le envía mensajes no del todo claros, con un objetivo, tampoco suficientemente claro. Las señales se van volviendo más explícitas, y él, estructurado y racional como es, cree estar enloqueciendo. Hasta que, con su confianza y determinación habitual, viaja impulsivamente hacia el impreciso destino que las metafísicas señales de su mujer indican. Si su viaje concluye con final feliz o no, no lo diré, aunque sabemos, tanto Kevin como Rambo, nunca mueren.

Tres. El giro fantástico me sugiere algunas lecturas. La primera, hacer de Kevin, el más perfecto de los seres. No sólo es seguro, protector y trabajador, sino que también es sensible y soñador. Ninguno de sus racionales compañeros de trabajo, ni incluso su lesbiana amiga abogada (interpretada por la siempre virtuosa Kathy Bates), creen en sus extraños relatos de mensajes del más allá, y en palabras de su amiga, “si (de algo) no hay pruebas, (ese algo) no existe”. Curiosidad al margen, es inverosímil la opacidad de criterios de esta abogada que pudo contra los prejuicios sociales de la preferencias sexuales, y que se cierra ante lo inexplicable anteponiendo semejante traba conceptual. Por otro lado, el giro fantástico también me sugiere una mirada característica de quien es incapaz (el director, en este caso) de encontrar en la cotidianeidad hechos sorprendentes y turbadores, solo pudiendo hacerlos acaecer desde esferas extraordinarias, desligadas de la posibilidad humana. Así, los seres, somos y funcionamos todos más o menos de la misma forma, hasta que sucede algo mágico, despegado de cualquier acto de nuestra voluntad, que nos sensibiliza y cambia.

Cuatro. Lo único que nunca cambia, es Latinoamérica. Y eso que hubo intentos de civilización, eh. Pero no hay caso, se empeñan en seguir vestidos con tapa rabos, y andar con la cara pintada. Algunos usan camionetas Ford, y fusiles semi automáticos, pero no les hacés poner un Levi’s ni de casualidad. Es que es gente muy particular: son desorganizados, sucios, irrespetuosos, supersticiosos, pero eso sí, por dinero hacen cualquier cosa. En el fondo son capitalistas frustrados. Y de puro haraganes nomás.

Cinco. Pero Kevin, y los que lo rodean, sí que cambian. Lo que ésta experiencia va a dejar de enseñanza (la cuál nunca debe faltar en toda buena película) es que hay que confiar en uno mismo, y en lo que dicta el corazón. Y que con perseverancia y fe, cualquier objetivo (aun aquel guiado por una desquiciada libélula) podrá ser alcanzado. Una conmovedora moraleja que desde aquel elemento fantástico logra modificarnos, y lograr que seamos, cada vez un poco mejores personas (así, como Kevin).

Seis. El misterio de la libélula se encuadra dentro de las típicas y pasatistas películas norteamericanas que intentan llegar a todos (o dicho de otra forma, hacer dinero). Kevin Costner es Kevin Costner, y en un papel muy cercano al que hizo en El campo de los sueños, pero diez años más anodino. Es una película que transita por momentos de interesante suspenso no del todo obvio y logrados, y por otros con ésa carga de inexplicable redundancia (aunque el marketing sí puede explicarlo) de una música que nunca deja de acompañar la dinámica de la historia (suave en momentos suaves, intensa en momentos intensos) De mirada estereotipada, prejuiciosa y centralizada, la forma de leer lo latinoamericano, el lesbianismo, la locura, lo marginal, sigue siendo siempre la misma, allí no hay cambios. Como tampoco los hay en la manera de entender la felicidad: tardecita otoñal, parque repleto de hojitas secas, solcito tibio y acogedor, y un padre jugando con sus hijos. ¿La madre? Murió. Un ataque guerrillero la sorprendió, mientras atendía a enfermitos niños latinoamericanos.

Sebastián Russo