La habitación del hijo

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Irene entra de golpe a esa habitación oscura y triste donde demolida -de espaldas a nosotros- se encuentra su madre. Las dos se confunden en un abrazo y en menos de un segundo Giovanni, padre y marido, abraza a ambas y se suma al llanto. Es ahí, en los brazos del protagonista masculino que no llega a abarcar físicamente en su totalidad a sus seres queridos, donde Moretti, con una metáfora visual sumamente sutil como emotiva, traza a grandes rasgos lo que se les viene encima al trío principal de La Habitación del Hijo: una familia, grupo primario por excelencia, herido mortalmente -en su existencia conjunta como individual- ante la pérdida de uno de sus integrantes. El reto de seguir adelante con una rutina aparentemente inalterable hasta que la fatalidad tocó a ese núcleo es lo que retratan las imágenes del director de Io Sono un Autarchico durante dos segmentos bien diferenciados del film. El primero, correspondiente a la presentación de esa gente que puede ser vecina de uno, hasta la tragedia que deriva en el segundo tramo en el que acompañaremos a los personajes durante el duelo o luto.

Después de Palombella Rossa, y tras haber estado al borde de la muerte, en 1995 el gran Nanni Moretti tomó aire, abrió grandes los ojos y volvió a la carga con otra película única. Una película que evitó el destino de novela que se supone debería tocarle al cine, para abrazar, en su lugar, un género tentativo: el del diario íntimo, hecho de apuntes al margen, ocurrencias al paso y preguntas en voz alta. Caro Diario fue una película que bailaba, viajaba y respiraba, en ese orden, como ninguna otra. Con La Stanza del Figlio, Moretti nuevamente trata el tema de la muerte pero no a raíz del cáncer que padeció -como lo hiciera soberbiamente en el tercer episodio de la película anteriormente citada – porque lo que expone es que uno puede tener o no miedo a morir pero lo que en verdad nos termina afectando es la muerte de otras personas. Nuestras reacciones ante esa pérdida irrecuperable y el cómo seguir adelante con lo de uno, es lo que busca de alguna manera exorcizar el realizador de La Misa ha Terminado, al aventurarse en uno de los más grandes temores que padecemos los seres humanos, conscientes o no de que el azar obrará de un momento a otro en la acepción más pesimista de esta idea.

Moretti nuevamente produce los planos más serenos y más verdaderos que se hayan visto en el cine últimamente. Y si bien en esta película para desarrollar el relato dramático deja de lado el aspecto cómico que tantos laureles le supo cosechar (Bianca y Aprile por ejemplo), el rumbo que siguió demuestra no haber sido el errado. Afirmación que no tiene nada que ver con la obvia referencia del triunfo del film en el último festival de Cannes donde supo victorioso alzarse con la Palma de Oro, debido fundamentalmente a los
resultados artísticos de una obra que jamás apela al golpe bajo para conmover donde el cine norteamericano promedio actual hubiera utilizado torpemente una catarata de estos recursos; que evita lugares comunes e idioteces reiteradas que el espectador medio ha sido (mal) acostumbrado a aceptar mediante una diégesis cinematográfica que en estas ocasiones que se critican destruyen lo verosímil buscando fácilmente el pañuelo; y que sobre todo, convierte a lo cotidiano en poesía hecha imágenes sin por ello incurrir en slogans como los de las publicidades de Criollitas.

Poco resta entonces por señalar de este film del que no conviene anticipar más detalles de su trama como tampoco todo lo referente a los protagonistas. Eso sí, insistir en un par de oraciones más con respecto a los aciertos que sumados han conseguido en su conjunto lograr una calificación superlativa. Donde el guión impecable ha sido ejecutado por una naturalidad y frescura tan desbordante como asfixiante y sentida por parte de los actores cuyos personajes poseen una palpabilidad tan cercana como molesta. Que detrás como delante de cámara el ancho de espadas es Nanni, el de basto la Morante, y los dos siete bravos sus hijos ficticios; mientras que 33 para el envido los suman Silvio Orlando y el personaje de Ariadna. Que la presencia constante de varios deportes implica catarsis como también tensión. Que los dos montajes intercalados del film son un dechado dentro de un collage de imágenes que no podían tener una conclusión más perfecta que la que se presencia antes que comiencen a aparecer en la pantalla los títulos finales. Que el tema de Brian Eno que escucha Giovanni -By the river- es más que una de las escenas del año, un momento para no olvidar. Que nunca tuvo tanta vida un objeto material como -y en estas cuatro palabras quién escribe estas líneas no se refiere al título del film- la habitación del hijo.

Estreno del: 02 de Mayo de 2002.