Buenos Aires al infinito

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Las ciudades hechas por los hombres son el refugio e inspiración de los poetas. Sus calles empedradas, sus esquinas rosadas, paredes descascaradas y el tránsito veloz de sus habitantes incentivan a los artistas.
Buenos Aires al infinito

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Por Héctor M. Portela

Las ciudades hechas por los hombres son el refugio e inspiración de los poetas. Sus calles empedradas, sus esquinas rosadas, paredes descascaradas y el tránsito veloz de sus habitantes incentivan a los artistas.

Buenos Aires vive espacios de otras ciudades. A veces se interna por Madrid o Paris; Nueva York, Budapest o Praga. Madrid es una ciudad atrapante y ante su Fuente de las Cibeles recordamos a la nuestra de las Nereidas o su Gran Vía hace recordar a la avenida de Mayo, donde torres y cúpulas se elevan al cielo. Caminar por el Parque del Retiro es internarse por nuestros Bosques de Palermo o pasear distraídamente por la Calle de Alcalá es transitar por la porteña Diagonal Norte, sin olvidar la Puerta del Sol y la Plaza de Mayo donde comienzan todos los caminos.

Ambas ciudades se unen en los otoños luminosos con sus sonidos, aires y cielos velazqueños. En Buenos Aires se pasean los tangos con su música y versos acompasados en las veredas angostas de San Telmo y en Madrid torna calientes rincones de El Rastro en el Arco de Cuchilleros, donde los cantaores cuenta sus vicisitudes.

Buenos Aires rescata de París algo de los palacios, farolas, balcones, volutas, cúpulas y tejados de pizarra de su clasicismo y belle epoque. Tiene en los extremos de la Av. Alvear las plazas Francia y Pellegrini coronadas por dos magnificas obras de arte, el monumento al Gral. Alvear del escultor Antonio E. Bourdelle en el primero y el Palacio Ortiz Basualdo de estilo Beaux Arts del arquitecto francés Pablo Pater en el segundo. Las suntuosas residencias que enmarcan su recorrido nos transportan a lugares de Paris como el espacio entre las Places de Bastille y Republique por los Boulevares Beaumarchais y du Temple en el Barrio Marais con la proximidad de la exquisita Place de Vosges.

Montmartre y La Boca, puntos distantes donde los artistas conviven con las formas y el color, fueron caminados por grandes pintores. Picasso en la Place du Tetre y Quinquela Martín en Caminito diseñaban sus obras.
Picasso pinta Las Señoritas de Avignon e inicia el cubismo. Quinquela con sus trabajadores en el Puerto muestra el incipiente expresionismo. Nacen dos estilos que unen a dos ciudades.

La música que se cuela por las puertas entreabiertas y hacen el sonido de las ciudades. Edmundo Rivero cantaba tangos mientras transitaba las calles San Juan y Boedo hacia el Sur de Buenos Aires en busca de Pompeya, en tanto que Edith Piaf en su amada París correteaba las sinuosidades de Montparnasse para dejar prendidas sus canciones en cafés y brasseries.

Manhattan es una isla en la ciudad de Nueva York y como eje de un gran abanico se halla ese extenso espacio verde que es el Central Park. Nueva York es gigantesca y multicultural como una gran Torre de Babel donde se confunden lenguas, nacionalidades y las etnias se agrupan en sectores como Little Ukraine; Little Italie, Little Korea; Chinatown; Harlem y otros que se dispersan más allá de los ríos que bordea la isla. La arquitectura del siglo XIX fija su mirada hacia Europa y desde el neoclasicista Estilo Federal irrumpe en el clásico Beaux arts para ingresar en el siglo XX en el Modernismo que se desarrolla impetuosamente hasta alcanzar su condición de ciudad más importante del mundo.
Buenos Aires en el siglo XIX fue chata y sin proyección sólo se mantenían algunas construcciones coloniales que si no fueron demolidas como la Recova fueron cercenadas como el Cabildo con el pretexto de la ocupación de mano de obra o progreso. Hoy día ese viejo criterio ocupacional es sostenido por autoridades y allegados al poder tratando de destruir la integridad de la obra de arte que es el Palacio Duhau, como hicieron con el parque de la Residencia Alzaga Unzue al edificar el Hotel Hyatt.

El clasicismo, el neoclasicismo, el art nouveau, el art decó y el modernismo fueron una constante del Buenos Aires del Siglo XX que con las zonas de Catalinas Norte, Puerto Madero y Puerto Nuevo y la licencia correspondiente, podremos imaginar un paralelo con Manhattan Sur y los muelles de la ciudad de Nueva York.

Todas las ciudades tienen sus artistas, músicos y cantores populares. Woody Allen seguirá buscando sitios ocultos de su Manhattan querida y mirará ese lugar vacío que dejaron las Torres Gemelas para imaginar ilusiones y llevarlas a la pantalla mientras las notas de la trompeta de Louis Armstrong vuela desde Harlem sobre el cielo de la ciudad en tanto, en algún rincón se escuchan las voces de Frank Sinatra y Lisa Minelli cantando New York, New York
Ya lejos, en Buenos Aires, en los patios de Montserrat o las cortadas de Almagro suenan los bandoneones de Anibal Troilo y Domingo Federico con tangos de Homero Manzi y Catulo Castillo cantados por Carlos Gardel o Roberto Goyeneche. La música se expande y hermana las ciudades.

También los ríos las identifican. Por Budapest y Praga juegan y se internan en sus entrañas el Danubio y el Moldava, uno cantarín y musical y el otro romántico y silencioso.

Desde la Selva Negra baja el Danubio y luego de una curva ingresa y divide a Budapest. Sobre la margen derecha está Buda y al Este Pest, antigua y moderna respectivamente. En un tramo, el río se abre en dos brazos y forma una isla que flota como una pluma de nombre Margarita. Este espacio verde se usa como solar de esparcimiento y práctica de deportes y tiene un leve parecido con la Reserva Ecológica de Buenos Aires en la Costanera Sur, que si bien no es una isla, está separada de la ciudad como si lo fuera.

En estas tierras, a finales del primer milenio, se instalaron los magiares dando origen a la ciudad de Budapest. En las colinas de Buda se encuentra el Barrio del Castillo donde a partir del siglo XIII se construyen el Palacio Real, la Iglesia San Matías o de la Coronación, Plaza de la Trinidad y edificaciones particulares que hacen de la zona un pintoresco barrio medieval. Desde el mirador de San Gerardo (Géllert) se tiene una magnífica vista de Pest y el Danubio con sus puentes.
Cruzar el antiguo Puente de las Cadenas para ir a Pest, brinda una hermosa panorámica del Parlamento húngaro de estilo neogótico y la Isla Margarita, accediendo al sector más dinámico y comercial de Budapest. Los barcos de excursión en los muelles del Danubio y los restaurantes o cafés de donde salen las notas de algún violín hacen que el lugar se torne mágico.
Por las tardes en la plaza Erszebet tér se reúnen conjuntos musicales para interpretar a Bela Bartok y Liszt mientras por la vecina peatonal Váci semejante a Florida de Buenos Aires, pasean residentes de la ciudad y turistas. La avenida Andrássy út, que empieza en esta plaza fue proyectada con el diseño de los Campos Eliseos, de Paris y se extiende hasta los Bosques de la Ciudad que aún siendo más pequeños remeda a los de Palermo de Buenos Aires.

Praga está en el centro de Bohemia y tiene un río que la cruza con nombre de poesía: el Moldava. Es pequeña y parece construida para niños. Sus casitas, puentes, iglesias teatros y castillo son como de juguete. La atraviesan tranvías de colores y las fachadas están pintadas de tenue pastel.
Los barrios de aire medieval llevan nombres de misterio: Staré Mesto, Nové Mesto y Malá Strana*. En la plaza del Mercado o Ayuntamiento de Staré Mesto hay un reloj astronómico del Siglo XV con muñecos que se mueven; el monumento al predicador Jan Huss y las Iglesias de Nuestra Señora de Tyn de estilo románico gótico y la de San Nicolás de impactante barroco.

En Nové Mesto está la plaza San Wenceslao que por su extensión también es calle, algo similar a la avenida Nueve de Julio de Buenos Aires, sin obelisco pero con el edificio neorrenacentista del Museo Nacional que la cierra. Los siglos la fueron tallando: casas corporativas del medioevo; renacimiento italiano; barroco; neoclasicismo y modernismo Hasta cuenta con una defenestración y una revolución con nombre de fantasía: Del Terciopelo. Como Plaza de Mayo de Buenos Aires, por ella pasaron multitudes.
Cruzando el Moldava por el Puente de Carlos ingresamos en Malá Strana y subiendo por sus callecitas sinuosas llegamos a lo alto de la colina donde está el Distrito de Hradcany con el Castillo de Praga. En este lugar hace más de un milenio la princesa Libuse pidió a su príncipe enamorado que le construyera un castillo porque imaginaba a sus pies una hermosa ciudad.
Malá Strana y Hradcany son dos barrios en uno, desde los suntuosos edificios en lo alto hasta el enjambre de calles en el descenso. El Castillo, la Catedral de San Vito, la Iglesia de Loreto, la antigua plaza Hradcanské Namesti, el Palacio de Toscana y otras mansiones hacen del barrio del Castillo un hermoso conjunto de arquitectura e historia.

Bajando la colina por el barrio Malá Strana se suceden las casas estrechas de ventanas pequeñas pintadas de amarillo, celeste y verde. También hay mansiones e iglesias como la barroca San Nicolás (husita) y de Las Victorias que tienen el Santo Niño de Praga. Este barrio es un centro de la bohemia y por él pasaron o vivieron ilustres personalidades como Kafka, Neruda, Beethoven, Mozart, Dvorak, Smetana y otros que lo colmaron de música y poesía. Su plaza es muy comercial y nudo vehicular por donde pasa el tranvía 12 que recorre Praga desde la zona de los edificios de la época estaliniana hasta los parques de Hrdcany.

Las ciudades son como los sueños que se desvanecen al amanecer.

Referencias:
Staré Mesto: ciudad vieja
Nové Mesto: Ciudad Nueva
Malá Strana: Ciudad pequeña
Hradcany: Distrito del Castillo

Nota publicada el 11-04-2002

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