Vidas Privadas

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Una buena historia que se le fue de las manos a su directorTodo sobre Carmen/Cecilia

Por Juan José Dimilta

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La historia, la idea impulsora es excelente: mezclar el mito de Edipo con una experiencia ligada a la dictadura y a partir de ahí desplegar un ovillo de secretos guardados bajo siete llaves en una familia de clase alta. Carmen Uranga (Cecilia Roth) regresa después de veinte años de Europa, a la Argentina de la que había escapado después de un cautiverio y de la desaparición de su marido, con el solo objeto de visitar a su padre (Héctor Alterio) que está agonizando. Su hermana menor, Ana (Dolores Fonzi), de la que conoce poco y nada, será la encargada de llevar adelante la sucesión, su madre Sofía (Chunchuna Villafañe) la que intentará retener a Carmen aunque más no sea unos días en su casa paterna.

Una buena cantidad de conflictos comenzarán a desarrollarse a partir de intricada personalidad de Carmen: el médico de la familia (Luis Ziembrowski) que atiende a su padre la conoce y sabe más de lo que dice sobre el pasado. Por último un juego sexual (triste y doloroso, para nada erótico) con un joven llamado Gustavo (Gael García Bernal) será el disparador de la verdad cuando Ana curioseando sobre la vida de su hermana descubra que el joven amante es hijo de un militar retirado (un excelente Lito Cruz).

El guión de Pauls y Paéz es un acierto, el problema llega volcado a la pantalla. Paéz comete muchos de los errores de aquél que recién comienza y se deja llevar por el embelesamiento de la técnica. Es acertado que los sonidos y la música sean una parte importante del relato, más aún cuando forman parte de la personalidad de la protagonista, es acertado también que las luces y ante todo las sobras ocupen un lugar importante en la trama. Todos elementos que remiten a un pasado de cautiverio. El problema surge cuando se hace un abuso de los mismos elementos que con sutileza habrían sumado a la historia. Este exceso convierte lo que sería de otro modo un maduro drama en un débil melodrama exagerado que hace tambalear la base de la historia. Lo mismo ocurre con algunas de las resoluciones de los conflictos (prestar atención a una escena crucial de un retrato que roza lo bizarro) y que tienen su cenit de lo forzado con un final desmedido.

No se le puede quitar mérito a la propuesta de Paéz en el sentido de que propone una historia dura que otros no se habrían animado a filmar como obra debut, tampoco a los recursos sinceros y primarios que se respiran en la técnica. De alguna manera una buena historia se le fue de las manos por el tamaño de la ambición y terminó en un producto final débil, que de no mediar el sustento de un gran reparto hubiera sido aún más caótico.

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