Kate & Leopold

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Uno. Meg Ryan es la reina de la comedia romántica. Y no lo digo yo, lo dicen sus súbditos, que refrendan en las boleterías su reinado, película tras película, comedia tras comedia, romance tras romance. Ha tenido sus competidoras de turno y trono, claro: una eternamente sonriente -pero con inmoralidades imperdonables por el público-súbdito del reino de la comedia romántica- la Roberts de Julia; una también sonriente pero más proclive a revolcarse
Las eternas aventuras de una reina insípida y colaginosa

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Uno. Meg Ryan es la reina de la comedia romántica. Y no lo digo yo, lo dicen sus súbditos, que refrendan en las boleterías su reinado, película tras película, comedia tras comedia, romance tras romance. Ha tenido sus competidoras de turno y trono, claro: una eternamente sonriente -pero con inmoralidades imperdonables por el público-súbdito del reino de la comedia romántica- la Roberts de Julia; una también sonriente pero más proclive a revolcarse en escenas de violencia extrema, según reza alarmando el último comunicado de dicho reino, la Bullock de Sandra. La reina, la Ryan de Meg, en cambio, ha sabido edificar un andamiaje sin fisuras, en el que armoniosamente se compensan ingenuidad y frescura, con audacia y autonomía. La fingidora de orgasmos en restaurantes (recordar Cuando Harry conoció a Sally) de esta forma, se encaramó en el pedestal de la representación estereotipada de la mujer posmoderna. Y se sabe, el cine comercial se nutre de estereotipos, de paradigmáticas formas de ver el mundo, y allí, Meg, reina, y con Meg, claro, el Hanks de Tom, el Willis de Bruce, y el Crowe de Russell (que junto a la Ryan de Meg, hacen la más encantadora y perfecta pareja que puede haber en el universo)

Dos. En Kate & Leopold (que no fue traducido, pero que hubiera estado bien suplir por un gauchesco Catalina y Leopoldo), Meg Ryan vuelve a hacer de Meg Ryan. Con sus inseguridades, su romanticismo, su ímpetu, su sensibilidad. Cito a Pepe Parada, “nunca abandones un éxito” (Pepe había dicho “nunca dejes de hacer lo que te dé guita”, pero es un grande, y si se puede hay que redimirlo) Y Meg, y los productores, siguieron al pie de la letra las palabras del gurú. Como si se tratara de un capítulo más de la saga “Las aventuras de Meg Ryan”, la cual se viene desarrollando en diferentes escenarios, con distintas ocupaciones laborales, y con renovados pretendientes, en ésta oportunidad, la reina se ve envuelta en una historia con viajes en el tiempo, y con un galán doscientos años más joven que ella. Meg, la siempre fresca (retoques de colágeno de por medio), retoma una vez más sus guiños, sus señas particulares (o sea, las más comunes y anheladas por su público/masa). Lo hace encarnando a una publicista exitosa, con ex novio inventor, con hermano pseudo actor, y con jefe libidinoso. Y su vida es un caos (como la de toda mujer moderna que se precie), pero especialmente por su dificultosa relación con el sexo masculino. “Nunca he tenido suerte con los hombres”, dice, como una especie de axioma de la mujer posmoderna, conflictuada entre: exigencias laborales y relaciones con ex machos ahora desconcertados. De hecho, aunque es difícil entender por qué, es ascendida a vice jefa de la empresa en que trabaja. Por lo que todos sus problemas se centran en conseguir aquel príncipe azul. Aquel, el de las velitas, los violines, y las flores. Ese mismo, que ya no se encuentra, y al que hacen referencia marcelas tynares cuando se lamentan “ya no hay más hombres” (claro, marcos gastaldis muchos no hay). Clamando por la vuelta del romanticismo, en hombres, que ya ni hombres son, que ni la puerta del taxi abren, y que desorientados por éstas meg ryans que pululan virilmente por ámbitos laborales, se juntan a ver el programa de Juan Castro, gancia batido en mano.

Tres. Catalina y Leopoldo (aquí será estrenada con un insípido Kate & Leopold) se compone de dos partes bastante bien definidas. Una divertida y otra aburrida. Una, la divertida, donde la remanida idea del viaje en el tiempo es tratada inteligentemente, no justificando detalles de este improbable suceso, sino dejando fluir la historia, a partir de gags que no son del todo originales, pero que resultan igualmente efectivos. Y otra, la aburrida, en donde se intenta hacer creíble una imposible relación, separada por 200 años, y por casi 100 de psicoanálisis, y en la que se pierde la dinámica solvencia de la primera parte, la divertida. Además de ser entretenida, la primera hora de película, cuenta con una cuidada reconstrucción de época, reproduciendo el New York del 1800, sin torres gemelas (bah, como hoy), siendo la edificación más imponente el puente de Brooklyn, el mismo, del cual hay que arrojarse a una hora y en un día determinado, para poder hacer el viaje intertemporal, según lo descubierto por el atolondrado ex novio, de la no menos atolondrada (pero fresca, siempre fresca) Ryan de Meg.

Cuatro. ¿Sabés lo que me gusta de vos, lo que te hace única? Catalina, Kate, Meg, se reacomoda en el sillón que la separa de su jefe, se pone levemente incomoda y dice, no. Que no sos como las otras mujeres, que sos, como decirlo, viril, pero seguís siendo una mujer, con la sensibilidad y la intuición de una mujer, pero con el ímpetu y la independencia de un hombre. Meg, Kate, Catalina que no sabe si agradecer o qué el curioso piropo de su jefe, pone esa eterna cara de sonrisa desconcertada, se levanta, y se va. Al otro día la ascienden. Claro, es una publicista, y necesita conocer lo que otros (todos) quieren, desean. Y si es una mezcla de mujer viril con hombre afeminado, qué mejor. Su trabajo se lo impone. Debe hacer deseables, productos, que pueden serlo o no. Y este rasgo inescrupuloso de su tarea es el que la lleva a tener el mayor conflicto con Leopoldo, más allá, claro, de los 200 años de cultura que los separan. Ya que Leopoldo es un duque, y para los duques el temita ese de la dignidad cuenta, y cómo. Pero todo se arregla. Ella arguye que vivió siempre con limitaciones económicas (las cuales, por ejemplo, le impedían adquirir colágeno de buena calidad), y que este trabajo le posibilitaba vivir dignamente (a pesar de ciertas indignidades del oficio), y que él no era quién para juzgarla, ya que los duques, resumiendo (ella lo dijo de manera más fresca), se las rascan todo el día. Una muestra más, su argumentación, de que no importa como ganes el dinero, sino que lo ganes. De que no importa embaucar, si el colágeno va a ser de primera. Y de que los valores morales sí, hay que defenderlos, nunca hay que dejarlos de lado, pero un puesto de vice jefe, es un puesto de vice jefe. Una muestra más, su argumentación, de la infaltable doble moral hoolywoodense, maquillada y presta a salir una vez más a escena.

Sebastián Russo
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Estreno del: 25-04-02