Despertando a la Vida

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Un banquete filosófico y visual para los paladares más exigentes.Definitivamente, Despertando a la Vida es para paladares exigentes. Todo un banquete filosófico y visual para la mente. El realizador Richard Linklater, cuya carrera en sus comienzos se ha destacado por esas controvertidas polaroids de la estética nevermind, ha creado en esta oportunidad una película tan provocativa que supera ampliamente las inquietudes propias de la generación x a la que pertenece y retrató en más de una oportunidad. Filmando actores de carne y hueso con una cámara digital para después dejárselos al libre albedrío de tres decenas de artistas que pintaron los fotogramas del film por computadora mediante un software especial que logró semejantes colores en los que cada uno fue imponiendo un estilo propio bajo la atenta supervisión de Bob Sabiston, el resultado da una película de animación bajo los preceptos del dogma ’95, si algo así existiese. Y de hecho, no hay dudas de que nunca antes se ha visto nada similar. Mérito que comparten, por el guión, el director de Slackers; y el citado director de arte gracias a esta técnica innovadora -el rotoscoping- en la que se trasladan los movimientos humanos al cartoon; logrando un efecto hipnótico a través de palabras e imágenes de perfecta equidad con el contenido.

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Partiendo de un juego infantil que señala, apunta e inmortaliza que el sueño es el destino, metafóricamente descubrimos que un niño levita en el cielo a menos que se sostenga sobre algo contundente que sea capaz de mantenerlo cerca de la tierra, ya que no puede mantener los pies en ella en una secuencia que de sutil posee poco y nada pero que aclimata en la poesía por llegar. Devenido en adulto, el protagonista tiene un accidente, tras el cual no logra identificar si ha despertado o sigue soñando, si ha perdido la vida o continua aún respirando; comenzando a circular por un laberinto propio donde preguntas típicas son secundarias al intercambio de ideas. Las casi innumerables conversaciones y monólogos sobre las filosofías sabidas, personales y cuestionables toman forma en más de veinte personajes que pueden resultar contradictorios, vulgares, inteligentes o tramposos ante la exposición sobre el verdadero sentido de la vida y lo esencial en el ser humano, inundados por una dosis tan buena como necesaria de existencialismo que colorea los delirios de un molde único de caracteres; que impregna a través de sus imágenes creencias de toda índole que se incorporan y demuestran básicamente esperanzadas y para nada pretenciosas.

Como un sueño, la película fluye transportando diversas ideas saltando de una escena a otra sin necesidad de explicación pero con la aceptación implícita que el estado de soñar admite lo que no lo hace la realidad. Lo que para el Séptimo Arte se traduce en la bendita diégesis cinematográfica. Por ejemplo, aparecen la francesa Julia Delpy y Ethan Hawke juntos en un dormitorio filosofando en una escena que pretende extender un poco más la historia que estos protagonizaran en Antes de Amanecer (1995), película de Linklater que le supo dar sus buenos laureles; para después seguir a dos hombres que se vacían las municiones de sus respectivas armas en una barra de un bar después de discutir si en verdad un pueblo bien armado es la
mejor defensa contra tiranía. Se ve al premiado realizador de Traffic y de la reciente remake de Ocean’s Eleven Steven Soderbergh contando una anécdota jugosa desde una pantalla de televisión en el medio del más furibundo zapping, mientras que el propio director de Waking Life se reserva para él mismo un papel crucial. Sin embargo, para quién escribe estas líneas la frutilla de la torta la constituye la ironía más grande que aparece en la pantalla grande con un simio explicando un film ante un aula llena de un público que se intuye experto.

Despertando a la Vida evita las explicaciones simples convirtiéndose gracias a su propio juego surrealista y a su constante libre asociación en un ejercicio útil para lograr en el espectador contemporáneo algo que se venia realizando muy ocasionalmente tras abandonar la oscuridad de una sala de cine: pensar. Hecho ciertamente preferible al entretenimiento light y al marketing desvergonzado que inunda la mayoría de medios masivos de comunicación. Algo que ciertamente mata a los que están vivos en una afirmación extrema, mientras que en una certeza mínima por lo menos se puede anunciar que evita la posibilidad de imaginar y con esta carencia, el camino sin retorno ante la falta de un sueño en un mundo gobernado por los sentidos, donde las ideas no poseen representantes tangibles. Un típico caso de tómelo o déjelo, al que uno humildemente arenga al grito de ¡bienvenidos a esta experiencia! Sufrido espectador, camarada de tantas experiencias fallidas como celebradas, por favor, anímese, literalmente, a Waking Life.

Leo A. Oyola
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