Bolivia

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Como esas calmas pasmosas, asfixiantes, tórridas, sin aire, que anteceden a una gran tormenta. Así es el clima de Bolivia, así es el ambiente en el bar donde transcurre la acción.
Siete personajes, ni uno más ni uno menos que se miran, se odian, se desean, se miden, se olfatean. Adrián Caetano con su segundo largometraje (el primero fue el hito Pizza, birra, faso co-dirigido con Bruno Stagnaro) h creado una fábula premonitoria (se rodó hace casi dos años) del violento presente argentino, de iguales enfrentados con palos y piedras.

Freddy (Freddy Flores) es un boliviano indocumentado que llega a la Argentina para hacer una diferencia, consigue trabajo en un bar como parrillero, y pronto cae en la cuenta de que está inmerso en una especie de “ciudad de la furia” en lugar del paraíso soñado. Un caldo a punto de hervir donde el racismo y la violencia están a flor de piel. Filmada en un blanco y negro que la hace aún más real, la trama se centra en la obligada convivencia que se da en un bar entre los asiduos del lugar. Un dúo de taxistas: El Oso (Oscar Bertea), un tipo violento desesperado, siempre al borde del estallido que está de verdad en “la mala” y Marcelo (Marcelo Videla) que menos desestabilizado equilibra a su compañero; un vendedor ambulante llamado Héctor (el desaparecido Héctor Anglada) menospreciado y separado del grupo por que se duda de su sexualidad; Mercado (Alberto Mercado) otro taxista más estable que los demás con problemas familiares; el dueño del bar (Enrique Liporace), que distante y frío ve y deja transcurrir los hechos y por último la pareja protagónica, Freddy y Rosa (Rosa Sánchez) la mesera paraguaya del bar. Estos últimos dos unidos por una especie de desarraigo común llegarán a relacionarse sentimentalmente constituyendo el único bálsamo de la obra de Caetano.

Aletargada, tensa, la trama va desarrollándose inexorablemente como en una tragedia, o como en un melodrama, que es una manera tercermundista de ser trágico. Las escenas erizan la piel, bastan como ejemplos el inicio con un partido de fútbol entre Argentina y Bolivia con el estadio Monumental a pleno, trasmitido desde una pantalla lluviosa y con la música del grupo los Kjarkas sonando como un lamento, como el latido de un corazón trasandino, a modo de prefacio de una batalla. Estos destellos y la construcción de personajes irredimibles, insalvables, condenados de antemano, conforman lo que es, de no mediar otro arranque de genialidad, la mejor película Argentina del año.

Por Juan José Dimilta
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