Los excéntricos Tenenbaum

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Con esa línea tan contundente en una espera que no dura 24 hs. para cumplir esa convicción, uno de los personajes de The Royal Tenenbaums mirando a cámara, al espectador, como si estuviera viéndose él mismo frente al espejo de un botiquín, en un primerísimo primer plano, se corta las venas.
ya no quiero ser mayor ¡no quiero ser mayor! Prefiero ser un niño maleducado

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-Mañana. Mañana me voy a suicidar.

Con esa línea tan contundente en una espera que no dura 24 hs. para cumplir esa convicción, uno de los personajes de The Royal Tenenbaums mirando a cámara, al espectador, como si estuviera viéndose él mismo frente al espejo de un botiquín, en un primerísimo primer plano, se corta las venas. Para cuando esto ocurra, tanto el asistente más iluso como el más desprevenido sabrá que no esta ante la comedía típica en todo lo que se refiere habitualmente al término debido a que el film de Wes Anderson si logra arrancar risas es a través del patetismo de sus criaturas; siempre sin apelar al golpe bajo o al chiste fácil; logrando calidad y brillantez en una historia que merece ser vista antes que contada en una crítica. De ahí lo escueto de la trama en estas líneas que pretenden ser la invitación a un placer que uno desea compartir después de haber presenciado el talento desplegado por el nuevo joven maravilla del cine off-hollywood.

Los Excéntricos Tenenbaum nos muestra una familia de niños prodigio, donde cada uno es un genio en la habilidad en particular que ha desarrollado. El difícil trance de crecer en el marco de un grupo primario alienado deviene en una actualidad donde lidiar con la mayoría de los problemas que debe enfrentar el adulto promedio agobia, ahoga y destruye. Lo que empieza como una historia de un futuro prometedor termina hablando de un fracaso actual cuya miseria envenena el alma. El recuerdo de los laureles cosechados en la infancia se borra muy fácil en un presente que se convierte en resultado de dos décadas de degradación. Aceptar el signo de los tiempos que cambian y ser capaz de cargar con la cruz cotidiana que a cada uno nos tocó llevar es el reto con el que se deben enfrentar los personajes creados por Wilson y Anderson para un guión tan superlativo como las actuaciones, la puesta en escena, la dirección, fotografía, edición y tantos elementos que han jugado a favor del realizador de Bottle Rocket para declararlo un imprescindible dentro de la escena contemporánea. Admirador -confeso a través de sus imágenes- del trabajo de Mike Nichols en El Graduado, Anderson ha sabido plasmar tanto en Rushmore como en el film que aquí se comenta un estilo tan identificable desde la melancolía destilada en cada fotograma propia de heridas del corazón reafirmada por canciones tristes de fondo, como esos inserts que constituyen los separadores característicos de sus obras, sean estos pergueñados como si estuviéramos en el teatro o ante la presentación de los diferentes capítulos de un libro; sin olvidar la dirección de actores de los que logra sacar y plasmar lo que muchos jamás podrán conseguir de estos.

Gene Hackman esta inmejorable como el patriarca de la familia, un chanta de primera que puede llegar a ser tan querible como detestable, mientras que Anjelica Huston junto a Danny Glover ofrecen una química impresionante en pantalla pocas veces vista en una pareja de diferente raza, que en definitiva, es lo de menos en el amor. Los hijos jugados por Ben Stiller, Gwyneth Paltrow y Luke Wilson –
cada uno en su respectivo mambo- logran trabajos fantásticos e impensados a priori en estas estrellas encasilladas. Quizás sea menos atractiva la historia del actor de Loco por Mary, pero Stiller logra trasmitir la furia y el resentimiento de su personaje en un registro totalmente opuesto de la calidez y torpeza de su marca registrada en films como La familia de mi novia. La Paltrow pasea su humanidad corporizando estoicismo a través de una belleza gélida que no había sido capaz de plasmar en esa supuesta perdición que suponía su papel en Grandes Esperanzas (Alfonso Cuarón, 1998) mientras que Wilson -coestrella de Reesse Whisterpoon en Legalmente Rubia- sorprende y maravilla con un desempeño a la altura del personaje de Hackman. No sería justo olvidar en este párrafo a Bill Murray, un hombre -que como actor- es capaz de ponerse cualquier traje y que este le calce a la perfección, en una intervención breve y desopilante, en el mejor gag del film cuyo remate está en sus labios cuando pronuncia sorprendido: “¿fuma?”. Mientras que otro que merece una oración es el no profesional Kumar Pallana en su rol del fiel -aunque a veces no tanto- Pagoda, enfilado a convertirse en el personaje del año en nuestro balance a ser realizado en diciembre.

Con una monocorde voz en off francamente muy bien lograda por Alec Baldwin que le calza a la perfección al metraje del film, el director refuerza sus impresiones valiéndose de un siete de espadas correspondiente al arte del que es patrona Santa Cecilia (siguiendo con la analogía del truco, el ancho de espadas y el de basto se aplican a las actuaciones y al guión respectivamente) sin por ello incurrir en los vicios propios de los realizadores provenientes del clip. Apelando a un repertorio de emotivas canciones de Lou Reed, Bob Dylan, y Paul Simon, a otras más simples como la de los Beach Boys o a temas decididamente catárticos de los Ramones y The Clash, Anderson elabora imágenes potenciadas por el sonido escogido en superlativas secuencias como ese empate entre Dios y el Diablo -musicalmente hablando- jugado mientras un halcón vuela en absoluta libertad por la ciudad con una bizarra versión de Hey Jude como testigo, más ese mix entre She Smiled Sweetly y Ruby Tuesday de los Stones, cómplices de escenas que destilan un amor tan desesperado como inolvidable en una carpa armada en una sala olvidada de un caserón que también posee su propio soundtrack. Definitivamente, este film es para atesorar; primero en los recuerdos referidos a una salida que implicó descubrirlo, y después en la videoteca personal, junto a los CD’s, libros y cómics que hablan de uno mismo, futura herencia y tesoro que se desea legar.

Leo A. Oyola
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Estreno del: 28 de marzo de 2002.