La Dama y el Duque

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El legado de la Revolución Francesa ha dejado una profunda huella en la sociedad provocando un vértice que marca no sólo el principio de una Edad Histórica, sino que toda una generación y por consecuencia toda una clase social, se viera profundamente inmersa en ideales pluralistas y revolucionarios.
Un retrato de época, una realidad bastante cercana

El legado de la Revolución Francesa ha dejado una profunda huella en la sociedad provocando un vértice que marca no sólo el principio de una Edad Histórica, sino que toda una generación y por consecuencia toda una clase social, se viera profundamente inmersa en ideales pluralistas y revolucionarios. Desde la pantalla grande, innumerables obras han documentado elementos distintivos y relevantes de este proceso, pero… ¿qué grado de compromiso han propuesto sus realizadores?

Enarbolado en la “nouvelle vague”, movimiento del cual participó como creador y máximo exponente, Eric Rohmer, evoca este evento, intentando mostrar una visión comprometida y subjetiva basándose en la historia escrita no por los vencedores, sino por los vencidos. En esta oportunidad, tratando de adaptar al celuloide, la sensibilidad y esencia de una participante verídica y tomando sus crónicas para plasmar una obra originalmente filmada.

Grace Elliot – Lucy Rusell -, quien narra la historia, es londinense nativa y parisina por opción. En su muy detallista narrativa, revela no sólo las particularidades del proceso político revolucionario, sino que deja de manifiesto un sinfín de sensaciones, que percibidas por su ojo observador, se plasman en papel a partir de la relación que la une sentimental y socialmente con la monarquía altamente cuestionada. Por mantener una relación enarbolada en la intimidad, con uno de los altos Monarcas de la época – el Conde Luis Felipe de Orleans – se ve altamente comprometida con sus ideales y al verse inmersa en una París turbulenta y calcina, parte hacia las afueras de la Ciudad Luz, intentando salvar su vida del agudo designio de la estridente guillotina. En todo el proceso narrativo, la protagonista describe su punzante perspectiva, aún cuando pueda significarle un riesgo innecesario, máxime entendiendo su nacionalidad sajona, que fácilmente podría desvincularla de todo temor. Contrariamente, exhibe un compromiso y una fidelidad hacia sus ideales enormemente envidiable, demostrando que no sólo los hombres son capaces de los actos más dignos y las campañas más comprometidas.

Adentrándonos un poco en la compleja terminología fílmica desarrollada por Rohmer, podemos llegar al acuerdo que en esta oportunidad, la narrativa visual lleva todos los puntos sobresalientes de la obra. Si bien no podremos observar un innovador proceso de cámara, la particularidad estará volcada en la Dirección de Arte. Haciendo uso extraordinario del recurso de fondo azul – o verde, según la elección de la empresa de FX-propone de manera acertada, la continua superposición de personajes reales, con escenarios excelentemente pintados y cedidos por el talentoso Jean-Baptiste Marot, provocando una suerte de efecto Mary Poppins parisino. Congruentemente, se despliega un coordinado trabajo de fotografía y mediante escenarios cuidadosamente realizados, sólo falta mencionar un adecuado trabajo dramático para cerrar la ecuación que deriva, en una puesta en escena exitosamente obtenida.

Sensiblemente comprensible, sería enarbolar la producción con los elementos descritos anteriormente. Particularmente es comprensible que luego de un análisis minucioso, la importancia del film resida no sólo en los elementos técnicos o la particular postura del director, sino que se destaque enfáticamente el vasto contenido histórico social, que actúa como registro de una época e ideales muchas veces olvidados, pero que fácilmente podrían ser aggiornados en una actualidad que nos refleja como comunidad, si pensáramos en la historia como un espiral de repeticiones concéntricas.

Sebastián Montagna
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Estreno del 28 de marzo de 2002