Código de Honor

0
9

Código de Honor en su esqueleto presenta las mismas características que le supieron conseguir a Penn laureles en el campo de la realización con sus reconocidos antecesores: The Indian Runner y Vidas Cruzadas. Un descenso a los infiernos, sui generis, tanto de víctimas como de victimarios

- Publicidad -

-¡Le dí mi palabra! Y eso es algo, que por tu edad, sabes que solía valer- le grita enfurecido Jack Nicholson a su jefe interpretado por Sam Shepard.

El tercer film como director del sobresaliente actor Sean Penn en su título original remite a una acción poco común de verse llevar a cabo en los tiempos que corren: cumplir con la palabra de uno. Dar la palabra. A ese gesto gallardo de otrora remite en inglés The Pledge; que en esta historia ha sido dada por el personaje de Nicholson ante una madre derrumbada y muerta en vida por la pérdida de su hija vejada, mutilada y abandonada en un lejano paraje coloreado por el blanco de una nieve tan fría como impersonal. Características fáciles de emparentar con el asesino. Al que llegan a atrapar muy fácilmente. El Jerry Black del gran Jack duda que el sospechoso sea el hombre que están buscando. Algo no cierra para él; que va en contra de las autoridades que asumen el hecho como un caso cerrado cuando el criminal jugado por Benicio Del Toro se suicida. Todo ha sido muy fácil. ¿La justicia ha salido eludida? ¿El alma de la víctima descansa en paz? Si ese cadáver con los sesos volados no era el criminal, la hipótesis que se genera es la de un psicópata suelto dispuesto a repetir lo que no se perdona. Y eso no puede volver a suceder. Porque es aberrante. Y porque Jack/Jerry han prometido: nunca más.

Código de Honor en su esqueleto presenta las mismas características que le supieron conseguir a Penn laureles en el campo de la realización con sus reconocidos antecesores: The Indian Runner y Vidas Cruzadas. Se construyen personajes fuertes en torno a una situación poco común y demoledora que exige de estos compromiso y toma de posturas donde las diferencias de estas marcan el rigor del pulso narrativo. Jerry Black estaba a punto de retirarse cuando se le informó del crimen. No tenía porque verse envuelto en esa escena. Pero escogió aparecer en esa fotografía. Y si ahí quedó retratado, es porque una función le ha sido destinada en esa imagen. Hábilmente el guión de Jerzy Kromolowski en lugar de tornarse hacia el thriller más clásico se va adentrando en posibilidades de contenidos dramáticos casi intolerables. De una ambigüedad lograda, la historia va avanzando morosamente testigo del retiro de Black en un aparente reposo que esconde el estado de alerta permanente en el que se encuentra. Sabe que el hombre que busca anda suelto, y es solo cuestión de tiempo que se vean cara a cara. Es la idea y suele condenar cantan nuestros Pericos en Pupilas Lejanas, tema del que se extrae solo un verso que es perfectamente aplicable a lo que se ve en pantalla. Porque el Detective de Nicholson ha hecho su propia investigación y ha arribado a sus inapelables conclusiones. Y uno como espectador no sabe si adherirse a la sagacidad del protagonista o descalificarlo ante la idea de que su búsqueda sea solo producto de una negación de su próximo paso a cuarteles de invierno.

Es justo decir que Jack carga sobre sus hombros con el peso del film. Pero también es equitativo señalar que en breves intervenciones renombrados profesionales como Helen Mirren, Vanesa Redgrave, Harry Dean Staton y el citado Del Toro aportan todo lo suyo en función de lo verosímil de las imágenes proyectadas. Hasta Mickey Rourke parece recordar sus días de gloria en films como Manhattan Sur y Corazón Satánico. Y así y todo Nicholson una vez más es el referente obligado, ya sea entrevistando a alumnas de un jardín, a padres desgarrados o leyendo un cuento a una niña que puede llegar a proyectar en él la imagen paterna que le ha sido ausente; siempre al borde de que su propia cabeza le clave en el ángulo un tremendo gol en contra en un film con un aura de melancolía que no se percibía desde la genial Romeo is Bledding de Peter Medak.

Leo A. Oyola
©Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción.