Bestia salvaje

0
8

Bestia Salvaje marca un indicio: el que de a poco el “cine de director” puede ser visto como un producto comercial, que fácilmente llegue a un mercado ávido de películas novedosas y fuera de los parámetros a los cuales el glamoroso Hollywood nos tiene acostumbrado
Qué mejor lugar para olvidar un pasado escabroso que la Costa del Sol. Así lo pensó Gal y así podría pensarlo cualquiera del resto de los mortales. Sol, calor, paisajes áridos y cientos de dólares en el bolsillo, harían de un merecido retiro, un paraíso permanente. Por lo menos así lo fue, hasta que Don – Ben Kingsley – entró en escena. Don quiere realizar un último golpe, quizás el mas grande de todos y para eso debe formar un grupo selecto, para eso necesita a Gal.

- Publicidad -

Jonathan Glazer, un personaje nuevo detrás de las cámaras de 35mm., hace su presentación formal en público, prometiendo a través de su ópera prima, mantener en vilo durante 85 minutos, a aquellos que tengan la suerte de presenciarla en la única sala que se estrenará en Buenos Aires. Bestia Salvaje, como se titulará por estas pampas, es una odisea muy particular dentro de un mundo de gángsters, en el cual no reparamos asiduamente, ¿o creen que en Inglaterra la mafia no existe? Acostumbrados a la imagen “Corleónica”, descartamos que un gangster solo puede comer pasta, bailar tarantela y por supuesto vanagloriar su masculinidad. Contrariamente a esto y ayudado por un simple, pero efectivo guión, Glazer muestra un lado más humano, bizarro y creíble, de lo que un mafioso puede ser.

Como una tensionante pero efectiva melodía de Punk Rock, las situaciones se van desencadenando en búsqueda de una realidad, que los personajes centrales siempre han querido desterrar de sus vidas. ¿Qué puede ser peor para un ex-convicto que anhela dejar detrás su pasado, que su antiguo jefe, aquel que no puede aceptar un no como respuesta, venga desesperadamente a buscarlo para un último trabajo? Pero la trama deja entrever mucho más que esto. El contrapunto propuesto entre los personajes del Gal y Don, harán la delicia de la platea; sus personalidades emparentadas desde lo delictivo, se enfrentan y distancian desde lo emocional, máxime teniendo en cuenta su actual estado sentimental. Cada uno, desde su posición, luchará desenfrenadamente por lograr su objetivo y no descansarán hasta obtenerlo, aunque lograrlo signifique flaquear en sus mismos deseos.

La participación de Ben Kingsley no puede ser más que agradecida. El viejo conocido ganador del Premio de La Academia por su representación de Ghandi en el año ’82, vuelve al centro de la escena al ser nuevamente nominado como Mejor Actor Secundario – anteriormente lo fue por su performance en Bugsy de Warren Beatty en 1992 – y sin duda se
encuentra en la lista de los favoritos. Su representación de Don lo pone en un gran compromiso dramático. La personalidad atribulada de este personaje, dejará asombrada a la platea y seguramente más de uno, descreerá que una persona con sus características, pueda verdaderamente existir. Por lo demás, las interpretaciones se encuentran a la altura de la producción, aunque sería descortés no destacar el desempeño de Ray Winstone – Gal – e Ian McShane – Teddy -, quienes imprimen a cada uno de sus papeles, su impronta distintiva dentro de la trama, el primero sutilmente, el segundo mas punzante, pero al final, se ven asfixiadas por el majestuoso desempeño de Kingsley.

Tomando como rasgo particular y aprovechando las facultades adquiridas en las realizaciones de comerciales televisivos y videos musicales, Glazer ilustra cada una de las secuencias, con metáforas que se apoyan en manejos de cámara, que aunque no puedan llamarse innovadores, se prestan desinteresadamente en favor de la historia y le otorgan un cúmulo de emotividad acorde a lo que desea expresar. Ya sabrán de qué estamos hablando cuando la “rolling stone” se precipite barranca abajo o identifiquen la analogía de la magnifica pieza literaria de Edgar Allan Poe: “Corazón delator”.

De más esta decir que su estreno no pretende, ni por asombro, desbancar a los gloriosos tanques de las majors, que sin duda barrerán con la alfombra roja y las recaudaciones de las salas. Sí es loable, que a partir de su pequeño aporte, su aparición siente un precedente: la industria independiente todavía se encuentra de pie – no por nada tardó más de un año en llagar hasta el cono sur – y desde una óptica mercantilista, su presentación marca el indicio de que de a poco el “cine de director” puede ser visto como un producto comercial, que fácilmente puede llegar a un mercado ávido de películas novedosas y fuera de los parámetros a los cuales el glamoroso Hollywood nos tiene acostumbrado.

Sebastián Montagna
© Todos los derechos reservados. Prohibida su reproducción.