La Caída del Halcón Negro

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Arranca como una publicidad, de esas que buscan su ayuda económica mediante un simple llamado telefónico al número que está en su pantalla. Los inserts con leyendas explicativas y la música de Hans Zimmer nos van poniendo en clima. Comienza la década del ’90, y en Mogadiscio, Somalia están pasando cosas muy feas. Los nativos no pueden arreglárselas solos. Necesitan la ayuda del Tío Sam que, implacable, no dudará en asistirlos.

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los únicos ojos que han visto el final de la guerra son los de un hombre muerto

Arranca como una publicidad, de esas que buscan su ayuda económica mediante un simple llamado telefónico al número que está en su pantalla. Los inserts con leyendas explicativas y la música de Hans Zimmer nos van poniendo en clima. Comienza la década del ’90, y en Mogadiscio, Somalia están pasando cosas muy feas. Los nativos no pueden arreglárselas solos. Necesitan la ayuda del Tío Sam que, implacable, no dudará en asistirlos. Eso sí, de acuerdo a las reglas de T.E.G. impuestas por la ONU, como queda demostrado cuando nuestros héroes no pueden abrir fuego ante el adversario porque este se muestra hostil con el pueblo pero no contra ellos. Esa impotencia durará poco, los cowboys tendrán revancha. El 3 de octubre de 1993, en lo que debía ser un operativo de no más de 30 minutos, las tropas yankees terminaran entablando un feroz combate en una ciudad en ruinas por más de 15 horas. Basada en sucesos reales, Black Hawk Down muestra con un realismo y una crudeza impresionante la batalla entre ambos bandos mientras que por otro lado se dedica a retratar el heroísmo de sus soldados con una ineficacia que ni siquiera puede ser calificada como vetusta. Olvidando las palabras de Platón que anteceden la acción (“los únicos ojos que han visto el final de la guerra son los de un hombre muerto”), la última realización del director de Los Duelistas termina emparentándose con Rescatando al Soldado Ryan antes que a La Delgada Línea Roja.

A su favor, La Caída del Halcón Negro cuenta con trabajos superlativos en la dirección de fotografía y en la edición, de Slawomir Idziak y Pietro Scalia, respectivamente; además del efectivo como experimentado pulso del realizador de Alien y Blade Runner. La vista aérea de Mogadiscio de la que se destacan sus calles invadidas por civiles, guerrilleros y militares como si fueran hormigas, más la caída de los dos helicópteros y toda la pirotecnia visual al servicio de las municiones de grueso calibre que aquí se disparan son puntos bien altos de la producción. El guión de Nolan, basado en el libro del periodista Mark Bowden, es hábil para dividir los focos de interés de la trama al no concentrar la historia en un solo grupo logrando así un abanico atractivo de situaciones. Aburrida es, y previsible, la introducción de personajes ficticios como los interpretados por Ewan McGregor y Eric Bana, estereotipos del género bélico -el del oficinista obligado a ir al frente y el del mítico lobo solitario- entre otros que llevan los verdaderos nombres de soldados reales que estuvieron presentes en estos acontecimientos correctamente interpretados por un elenco idóneo encabezado por Josh Hartnett, del que se destacan Tom Sizemore, William Fichner, Ewen Bremner, Jason Isaacs y Richard Tyson en su brevísima intervención. Sam Shepard, consumado autor de la literatura contemporánea del país del norte, hace lo que puede con su General al que le toca la mayor de las trivialidades que se exponen: la de limpiar la sangre de los suyos ante la imposibilidad de no haberlos podido ayudar de otra forma.

No es para nada fácil establecer simpatía con la cinta debido a su excesivo sentimiento patriótico y, sobre todo, por su visión irresponsable de los sucesos por los que intervienen las fuerzas militares estadounidenses. El sentido épico que dignifica las acciones individuales es llevado a niveles tan intolerables como poco creíbles. Y para colmo la llegada de las tropas a refugio seguro con esa bienvenida fingida y el vaso de agua ofrecido por sus pares -menores de acuerdo a la cámara- del país que socorren más que mover a risa, a uno lo deja estupefacto. Scott no critica ni a la guerrilla ni al accionar norteamericano en ese paraje del continente africano; solo se limita a contar el episodio que le da título a la obra: una cuestionable misión militar llevada a cabo por profesionales con equipos de alta tecnología, cuyo as en la manga -de acuerdo a las imágenes- lo constituyen sus corazones de guerreros marcados desde el alma por el código de honor jurado en sus respectivas fuerzas. Por ende, es muy factible imaginar a la salida de los cines, oficiales de los diferentes cuerpos retratados en el largometraje, ataviados en impecables uniformes repartiendo folletos en busca de fervorosos jóvenes dispuestos a servir a la nación y la paz mundial; gracias a una vocación entusiasta generada por una proyección tramposa y cuestionable.

El director ya en G.I. Jane (1997) había hecho una película militarista en el peor sentido del término que, además, venía con un supuesto mensaje feminista que distaba y mucho del de su lograda Thelma & Loise (1991) en esa improbable transposición de Nacido Para Matar (Stanley Kubrick, 1989) protagonizada por una calva Demi Moore. Sin embargo, el peor pecado de La Caída del Halcón Negro no pasa por repetir loas a las botas como en la citada Hasta el Límite, y ni siquiera la vuelve inaudita el hecho de convertir una matanza en el entretenimiento de turno a disfrutar en una sala a todo confort con balde de pochoclo y gaseosa grande. La bajeza más grande de Black Hawk Down pasa por manipular al espectador/receptor buscando emocionarlo ante la pérdida de 18 valerosas almas norteamericanas de las que fuimos testigos durante su último lapso de vida contra las más de medio millar de somalíes, entre guerrilleros y civiles, prescindibles de acuerdo a un criterio que establece agenda desde la pantalla grande.

Leo A. Oyola
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Estreno del: 14 de Marzo de 2002.