D-Tox

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Calificar de torpes a todos los implicados en D-Tox -delante y detrás de cámara- puede sonar muy duro. Pero…Intoxicado Estoy

Calificar de torpes a todos los implicados en D-Tox -delante y detrás de cámara- puede sonar muy duro. Pero una vez que comiencen a rodar los créditos finales, por el espectador pasarán tantos términos ingratos para adjuntar a este bodrio de los que no conviene descuidar, precisamente, la palabra torpeza. Que ya está presente desde el opening, en una secuencia de títulos de presentación birlada sin ningún pudor de Seven/Pecados Capitales (David Fincher, 1995); film que tanto para sus defensores y detractores -junto con El Silencio de los Inocentes- marca un antes y un después en las películas sobre serial killers. Si eso pretendía ponernos en clima, inquietarnos e incluso asustarnos; lo que en verdad aterra es la certeza que recién estamos en los minutos iniciales de 96 que van a ser eternos y muy duros de llevar, aún en el asiento más cómodo; que también será puesto a prueba por el aplomo de un sufrido espectador .

La cosa no mejora después con una introducción en la que se ve a policías de civil reunidos en el clásico y cómplice bar que siempre los alberga bebiendo plácidamente, hasta que uno recuerda que todavía anda suelto ese loco degenerado asesino de todo aquel que porte una placa y sea defensor de la ley. Los ánimos se caldean con el amigote del FBI (Stallone) que antes supo ser uno de los muchachos de azul, ante la ineficacia de su departamento para atrapar al criminal. Uno de los borrachines uniformados le pide disculpas y acto seguido se convierte en la nueva víctima del demente. Y si esto no era poco, para enojar a Sylvester, su antagonista decide mojarle la oreja matándole a la novia, que con la figura de Dina Meyers durante los cinco minutos que aparece en pantalla, cualquier espectador con más de una neurona establece el rapport con el duelo de nuestro héroe. Que encima no puede capturar a su hombre, pese a una posibilidad certera. Y como Sly ya anda viejo y cansado como para iniciar la búsqueda y revancha (como otros alter ego suyos vistos en Halcones de la Noche y Cobra) el tipo intenta suicidarse. Salvado por ese compañero que además es como un hermano (Charles s. Dutton), el Jack Malloy de Stallone termina en un centro de desintoxicación para policías en Wyoming, que es decir lo mismo que en el medio de la nada.

Jim Gilliespie, director del moderado éxito pasatista, truculento y barato conocido como Sé lo que hicieron el verano pasado, es tan responsable de lo que se proyecta como los guionistas. Entre los tres, han concebido una aberración, cuya metáfora más digna sería compararla con una especie de Frankestein de celuloide. Porque tomando pedazos
-gruesos pedazos- de lo peor y lo más trillado de un género que se ha bastardeado tanto últimamente como lo es el thriller, han hecho algo que mueve tanto a la risa como al llanto. Ya que es un género que se supone, desde un vamos, que va a jugar con la sagacidad del espectador (lo que implica inteligencia), buscando generar una ansiedad que lo mantenga atornillado a la butaca (lo que equivale a una acumulación de intriga) para en su desenlace dejarlo con la boca abierta (en lo que debe ser una resolución espeluznante del enigma); jamás puede ser tan previsible, burdo y aburrido. Sylvester está en ese hospital, otrora refugio nuclear en los tiempos de la guerra fría, en lo que pretende ser una ironía: muerto de frío, tapado hasta la cabeza de nieve, rodeado de otros internos que padecen distintas afecciones con una raíz común adjudicada al trabajo. Uno a uno -durante una tormenta- van encontrando una muerte violenta, y los tipos encerrados comienzan a desconfiar de todos, hasta que Stallone descubre lo que la audiencia ya había acertado desde un principio: su viejo contrincante es el responsable de la matanza, y está junto a él, haciéndose pasar por otro enfermo.

D-Tox además de inverosímil y previsible, jamás se toma la delicadeza de explicar él por qué de la obsesión del asesino con Malloy entre tantos cabos sueltos. Encima, Gilliespie le exige a todos los actores ser ambiguos en sus personajes para que uno juegue a descubrir al villano, haciendo que estos exageren sus miradas sobreactuando en escenas que más que indicarnos que estamos ante eficientes profesionales de la talla de Tom Berenger, Stephen Lang y Courtney B. Vance; pareciera que nos someten a presenciar los caprichos de unos chicos talentosos que se ponen colorados ante la súplica de sus mayores por mostrar sus virtudes en público. Y realmente no hace falta ser muy sagaz para hallar al criminal, porque como en la sobrevalorada EL Coleccionista de Huesos se intuye fácilmente que aquel que apareció poco durante el metraje, el que tiene más cara de gil, ese va a ser el que teman todos. Hasta la música incidental es errónea en una secuencia entre Dutton y un pueblerino, que pretende ser graciosa -patético remate del gag incluido- mientras de fondo suena una partitura propia de esas escenas en las que se develan sucesos de verdadera trascendencia en la trama.

En teoría, esta es la última película de Sylvester Stallone; hecho anunciado en una conferencia de prensa hace poco más de un año por el actor, debido a los escasos resultados de taquilla y público de los últimos títulos de su carrera. Teniendo en cuenta esos films, y sobre todo los últimos dos con los que nos ha castigado, es de esperar para quién escribe estas líneas, que el protagonista de Rocky y Rambo sea un hombre de palabra.

Leo A. Oyola
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Estreno del: 7-03-2002.