Jason X

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Es demasiado situar los acontecimientos en el siglo XXV. Bastante pesado también cae que todo esto se desarrolle en una nave espacial con una tripulación, en su mayoría, integrada por adolescentes sumamente imberbes, ellos, y curvilíneas señoritas que no dejan la ocasión para ir perdiendo la ropa.
Dejemos que los muertos descansen en paz.

Es demasiado situar los acontecimientos en el siglo XXV. Bastante pesado también cae que todo esto se desarrolle en una nave espacial con una tripulación, en su mayoría, integrada por adolescentes sumamente imberbes, ellos, y curvilíneas señoritas que no dejan la ocasión para ir perdiendo la ropa. Pero que a 20 minutos del final aparezca Uber-Jason, un cyborg que será la clave para seguir adelante con el negocio de Martes 13, es una vergüenza. Adiós a la maldición de Crystal Lake, aquella que había sido iniciada en 1980 por Sean S. Cunningham detrás de cámara apelando a fórmulas reconocidas para luego repetir la receta hasta el hartazgo en sucesivas reapariciones del abominable y patético asesino; que en lugar de meter miedo, después de tantas secuelas, ha derivado en un monigote torpe cuyas excesivas matanzas acaban con cualquier verosímil.

Ignorando la anterior entrega de la saga en la que el protagonista iba al mismísimo infierno, la cinta comienza en la actualidad con una impactante secuencia que termina con Jason y la nueva heroína congelados y crionizados como Simon Phoenix y John Spartan en El Demoledor; para ser descubiertos quinientos años más tarde, por una tropa en misión de reconocimiento que los reviven. El tipo de la máscara de hockey, infaltable machete en mano, en lugar de darles las gracias, comienza a despanzurrarlos uno a uno. Porque es lo mejor que sabe hacer, y porque -argumentaran los productores- sus seguidores es lo que desean ver. ¿ Y la lógica? Bien, gracias por preguntar. Agonizando… pero todavía estable. Tan trillado como aquello de la peor idea en la historia de las peores ideas resulta la reaparición en la cartelera cinematográfica del mítico Jason Voorhees. Obviamente el guión de Todd Farmer & Victor Miller produce miedo por su falta de respeto a la inteligencia de la audiencia más que por sus golpes de efecto, para nada sorpresivos paro los adeptos a este tipo de films. Pero terror, con todas las letras, se experimenta al finalizar Jason X. No solo por lo que se presenció, de una pobreza cinematográfica inaudita, sino por la puerta abierta… ¡para una continuación!

James Isaacs, consumado profesional en el campo de los f/x, demuestra un buen pulso narrativo y aprovecha los pocos efectos especiales de los que dispuso por una cuestión de presupuesto para hacerlos lucir realmente bien en pantalla. Sin embargo, su trabajo detrás de cámaras lo devela como un fanático del Aliens de James Cameron, de quién ha tomado prestado sin previo aviso muchos pero muchos conceptos visuales. Para hablar del elenco, metafóricamente hay que decir que son de piedra, porque nombrar a la madera sería insultarla. Los actores, en sus uniformes, recuerdan a los también poco recomendables cadetes espaciales de Invasión (Paul Verhoeven, 1997) y ni siquiera es bueno el cameo del director de culto David Cronenberg, de apariciones más
jugosas en su propia obra. Podrá resaltar el personaje femenino de Rowan, pero es solo por lo que indica la trama y por las facciones y el cuerpo de la actriz Lexa Doig. Jason X lleva el halo de lo fantástico y el gore al terreno de la ciencia ficción calcando el esquema del primer Alien de Ridley Scott (1979) suplantando el clímax de suspenso por la excesivas como truculentas mutilaciones derivadas en baños de sangre. Cuando Jason no está en pantalla, si uno descuida la atención, es muy fácil caer en la tentación de pensar que en esos pasillos que constituyen un laberinto dentro de la nave, de un momento a otro va a aparecer la criatura diseñada por H.R. Giger.

El negocio ha abierto una nueva como improbable franquicia. Que de multiplicar muchos rostros de Benjamin Franklin en billetes verdes, no sería descabellado pensar que próximamente nos encontremos con Freddy Krueger en las pesadillas de una agente del FBI, preguntándole porque callan los corderos; que Michael Myers se declare hijo de un dios menor y releve a William Hurt como galán de la protagonista de Te Amaré en Silencio; que Pinhead toque en una banda fantasma versión ñu metal de Spinal Tap; y que el Jeepers Creepers se las vea muy fea contra los dinosaurios de la isla Nubar. De concretarse esta última, es el más ferviente anhelo de quién escribe estas líneas una justiciera aparición del T-Rex devorándose a ese engendro impresentable antes de que vuelva a la pantalla grande. Pero esa es otra historia. Porque la que ocupó estás líneas, la de Jason devenido en Robocop/Terminator para seguir robando con una idea que hace rato dejó de ser buena -pese a que lo bizarro justifique lo imperdonable tanto como los deseos más acérrimos de los fans por volver a tener a su ídolo nuevamente en una sala- más que hablar de un aggiornamiento del terror, se convierte en síntoma de un género que está en terapia intensiva.

Leo A. Oyola
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Estreno del: 21 de Febrero de 2002