La Gran Estafa

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Steven Soderbergh definitivamente es todo un privilegiado. No para de filmar ni por un instante. El año pasado se convirtió en el único director de la historia en poseer dos películas nominadas para el Oscar (Erin Brockovich y Traffic) tanto en los rubros mejor film como mejor director.
De cómo roban los nuevos once a la medianoche

Steven Soderbergh definitivamente es todo un privilegiado. No para de filmar ni por un instante. El año pasado se convirtió en el único director de la historia en poseer dos películas nominadas para el Oscar (Erin Brockovich y Traffic) tanto en los rubros mejor film como mejor director. Y encima, para su onceavo largometraje, contó con un elenco que, más allá del imán que representa en las boleterías, es todo un dechado para cualquiera que esté dispuesto a desde una silla gritar ¡acción! en lo que sea, donde sea, cuando sea. El realizador de Sexo, Mentiras & Video, hombre que ha pasado por los géneros más disímiles, en esta oportunidad se ha dado el lujo de hacer una remake de un clásico del Rat Pack (aquel grupo formado por los cantantes y actores Frank Sinatra, Sammy Davis Jr. & Dean Martin) propio de la filmografía norteamericana de la década del ’60 en la que se buscaba juntar a varias estrellas para una misma ocasión en la que estos unían fuerzas por un objetivo determinado. Once a la Medianoche es la historia que el guionista Ted Griffin -de muy buena labor en Voraz (Antonia Bird, 1999) y de paupérrimos resultados en El Engaño (2000)- ha aggiornado para la pantalla grande de acuerdo a los tiempos que corren, sacándole un máximo provecho a los diálogos entre los protagonistas por encima de las situaciones a narrar.

Mediante un prólogo brillante conocemos a Danny Ocean, que en la piel de George Clooney, se presenta como un ladrón tan carismático como irónico. Hombre de acción, ni bien es puesto en libertad condicional, el tipo empieza a elaborar su próximo golpe; siempre respetando su ABC de nunca lastimar a nadie, jamás robarle a quien no lo merezca y siempre arriesgarse como si no tuviese nada que perder. El personaje de Clooney pretende organizar el robo a Las Vegas más sofisticado y elaborado de la historia: intentará llevarse más de 150 millones de dólares de tres casinos que le pertenecen al temible empresario Terry Benedic, que jugado por Andy García a más de diez años de El Padrino III, a uno le hace recordar con nostalgia a su gran Vincenzo Corleone. Para lograr esta hazaña, Ocean necesitará de un equipo numeroso capaz de combinar a la perfección una red de artimañas que deberán darse paso a paso, como la campaña del Racing campeón de Mostaza Merlo. Once personajes, a los que alude el título original, que se irán reclutando como el cine ya lo mostró en títulos como Siete Hombres y un destino (1960) o Los Doce del Patíbulo (1960). Para seleccionarlos, el Danny de Clooney le pedirá consejo a un viejo compañero de andanzas interpretado por Brad Pitt. Ambos poseen una química tan notable como la de Yul Bryner y Steve McQueen en la citada The Magnificent Seven. Estos actores, que además gozan de la condición de stars que le ha dado el público, son todo un dechado cada vez que comparten la pantalla, convirtiéndose en lo mejor del largometraje.

Los once de Danny son una serie de delincuentes que se consideran a si mismos como lo mejor de lo mejor en el ramo del crimen en el que se han especializado; y para el espectador más asiduo no son más que arquetipos de otros ladrones de guante blanco que han deambulado en tanto film similar. La idea de jugar con la incomunicación entre los integrantes de la banda ya sea por el
acento -el extravagante inglés de Don Cheadle experto en demoliciones – o el idioma -el acróbata chino de Shaobo Qin- es algo tan viejo como el recurso de los hermanos macana que aquí aparece en los personajes de Casey Aflfleck y Scott Caan. También tenemos al veterano a punto de retirarse (el cineasta Carl Reiner) y al novato con gran futuro (Matt Damon). Todos personajes que no logran desarrollar ninguna otra característica que no sea la que los llevo a reclutarlos. Y para quienes se pregunten porque no se nombró la breve intervención de Julia Roberts en estas líneas; la razón de su ausencia en estas palabras es la de no develar uno de los giros de la trama. Además, ¿hace falta decir que la sonrisa más conocida, mimada y apreciada de Hollywood -y todo el resto del paquete- han sido aprovechados hasta donde se puede?

Film rutinario y sin sorpresas mayores salvo las destinadas a la ejecución del robo a realizarse la noche en que el campeón de los pesos pesados Lennox Lewis le llene la cara de manos al ignoto Wladimir Klitshko, La Gran Estafa es un producto correcto dentro de un género en el que el director había hecho escuela con Un Romance Peligroso (1998), su primer trabajo junto a Clooney. Ocean’s Eleven busca entretener y lo consigue de principio a fin. Sensación, maldita sensación, de deja vu mediante. Todo un síntoma del estado actual del cine de entretenimiento, en el que con muy poco se conforma a muchos. Pero asincerándose frente al monitor, quién abajo firma, ¿se podía esperar más de una propuesta como esta? La verdad, no mucho. Más cerca de Los Comandos de Garrison y Brigada A que de esa obra maestra del género que es El Golpe (George Roy Hill, 1973), Ocean’s eleven sin embargo roba, no solo por el elenco: el póker de ases fue tener detrás de cámara al director de Vengar La Sangre. Que lejos del look de los films de Guy Ritchie a la hora de relatarnos quién es quién en la historia, toma prestado del marido de Madonna la forma en que este cuenta historias mediante imágenes que retratan los diálogos de los personajes, que si bien no son los gangsters cool de Juegos, Trampas y Dos Armas Humeantes, son de una fauna tan exótica como solo Las Vegas podía albergar. Los planos detalles de ojos y oídos siempre atentos están muy bien, pero no llegan a inquietar como lo hecho por Martin Scorsese en Casino (1995).

Pero esa, es otra historia.

Leo A. Oyola
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Estreno del: 14 de febrero de 2002.