Juana de Arco

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El miércoles 30 de mayo de 1431, la muerte de Juana de Arco en la hoguera de la plaza del Mercado Viejo de Rouen, marcaba trágicamente el fin de una vidadestinada eternamente al misterio.

Variaciones sobre Juana de Arco en el cine
Batallas, prisiones, hogueras y pantallas

El miércoles 30 de mayo de 1431, la muerte de Juana de Arco en la hoguera de la plaza del Mercado Viejo de Rouen, marcaba trágicamente el fin de una vidadestinada eternamente al misterio. En ese mismo instante, una historia de dimensiones entre humanas y míticas, donde política, religión, poder e imaginación popular se estaba permitiendo cobrar forma, haciendo crecer un relato de proporción incalculable. Si bien Juana de Arco es parte de la epopeya nacional francesa, también forma parte de una narrativa de extensión universal, como heroína y mártir, mujer guerrera y santa, alguien que desborda de un modo u otro toda medida humana, para ingresar en el terreno de la leyenda. A lo largo de su siglo de historia, el cine -empeñado desde el comienzo en poner en escena figuras más grandes que la vida, relatos de vocación globalizadora- se ha ocupado de la figura de la Doncella de Orleans. Lo ha hecho desde el comienzo mismo del cine, o incluso antes de su nacimiento oficial de la mano de los hermanos Lumière. En efecto, la primera Juana de Arco cinematográfica es la que apareció en una breve (menos de un minuto) película filmada por Alfred Clark para el Kinetoscopio Edison, en 1895. En agosto de ese año, entre varios temas históricos, Clark dispuso su Juana de Arco, que por cierto por la exigua duración de la vista seleccionaba solamente el episodio culminante de la muerte en la hoguera. Alfred Clark, en ese mismo período, también filmó su acaso más famosa Ejecución de Mary, Reina de Escocia, cuya decapitación competía en espectacularidad con el martirio de Juana.
El breve film para kinetoscopio de Clark abrió camino a una vecindad entre el relato de Juana de Arco y el medio cinematográfico que ha contado con numerosas estaciones. Si la iconografía tradicional no había aportado durante mucho tiempo (caso realmente curioso) imágenes de Juana, el cine aprovechó esta baja definición iconográfica para que la Doncella de Orleáns, a partir de los hechos históricos consignados en las crónicas y el proceso de Ruán, asumiera los rostros y cuerpos más variados. Notablemente, la vaguedad que los testimonios de la época manifiestan sobre la real apariencia de Juana de Arco sirvió para que la sensibilidad y fantasía de cada época la invistieran de sus deseos e ideales. Aparentemente, en vida de la heroína se habían hecho imágenes que la representaban -durante su proceso, ella misma había aludido a esas figuras, declarando que nada había tenido que ver con el culto a su persona que le fue contemporáneo- pero todas se han perdido. Durante una centuria, la escritura y la tradición oral mantuvieron viva una imagen cambiante; la imagen más antigua que hoy se conserva de ella es la de una miniatura del siglo XVI, que la representa con armadura dorada y sobre un percherón blanco. La profusa iconografía posterior -en pintura o escultura- ha variado su aspecto. El tratamiento artístico de su figura fue sumamente variado, y a menudo apartándose de los pocos testimonios históricos, que indican que Juana, de poco menos de 20 años, era una joven alta y robusta -que podía usar las vestimentas de los soldados sin alterar su talle- y de pelo negro. Además (detalle esgrimido por los inquisidores insistentemente, como para indagar sobre su presunta condición demoníaca) sabemos que era bella y elegante, no desestimando algún atuendo suntuoso que le fuera obsequiado. Y las propias actas del juicio desestiman la leyenda de que se trataba de una campesina ignorante. Si bien era analfabeta, los diálogos consignados hablan de una perspicacia y sutileza sorprendentes, que en más de una ocasión dejaron mal parados a sus doctos interrogadores. Por otra parte, si las voces divinas que declaraba oír traen a nuestra visión contemporánea la idea de alucinaciones propias de un delirio, la variedad y la fluidez del discurso de Juana hablan de una situación muy distante del rígido discurrir psicótico. Fe religiosa, patriotismo, drama personal del más intenso -con sacrificio incluído- dieron curso a lo largo de los siglos a una narrativa poderosísima, de la que los ejemplos literarios y dramáticos son extremadamente abundantes e imposibles de reseñar en nuestro limitado espacio. El cine, como máquina de contar historias, de desplegar imágenes dramáticas para el consumo masivo, adoptó a Juana de Arco como una heroína privilegiada. Repasemos algunos de los hitos en ese recorrido que lleva más de 100 años y que, lejos de haberse agotado, parece encontrarse en plena efervescencia. Nuestro itinerario no será exhaustivo, sino que se detendrá en algunos de los momentos cruciales de esta relación.
La versión naïf de la historia de Juana, en cuadros que repasan los principales momentos de su trayectoria, es muy temprana y no podía ser de otro que del francés Georges Méliès. En un estilo no muy distante al de las ya entonces abundantes Pasiones de Jesucristo que recorrían el mundo para asombrar -y de paso, evangelizar por la imagen- el planeta, Méliès filmó su Jeanne d’Arc en 1900. La sucesión de cuadros dispuesta por Méliès abría camino a las dos grandes opciones abiertas a partir de allí cuando se trató de revivir a la Doncella de Orleans en pantalla: la primera incluía una mirada épica, la reconstrucción de un medioevo tardío y un cuadro colectivo en el que la dimensión de Juana crecía hacia el retrato de una saga nacional, la puesta en escena de un espíritu colectivo a través de sus conquistas y su suplicio. En la otra variante, Juana era la heroína de un drama interior, en lucha contra un poder que la intentaba destruir y otro que la abandonó, y en tensión entre este mundo y aquel designio divino al que creía servir. Una Juana de Arco épica y espectacular (desde la liberación de Orleans hasta el martirio en Rouen), otra ligada a una tragedia invisible, concentrada especialmente en el proceso.

por Eduardo A. Russo