Zoolander

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Todo un disparate, absolutamente lógico en el sistema al que suscribe Zoolander, donde su actor y director da en el blanco al apuntar a dos números puestos: la supuesta actividad cerebral muerta en los modelos como consecuencia del culto al cuerpo; y la onda retro con la que apelan mucho más que a la añoranza.¡El retro vive! ¡y el breakdance también!

Por Leo A. Oyola

Para quien escribe estas líneas, este film, desde un vamos, no es el tipo de película de su agrado. Las comedias disparatadas con algo de incorrección política -no la suficiente como para molestar en verdad al blanco que se ha apuntado- siempre han puesto un ojo primero en la taquilla antes que en el resultado. Algo que no debería de sorprender, porque es una constante en todos los géneros. Lo cierto es que la sátira últimamente venía en baja en las cotizaciones de las críticas; y la película de Stiller, en la que busca reírse del mundo de la moda, no era una garantía en absoluto, por más de contar con el actor de Loco por Mary y La familia de mi novia, comediante que goza de un rapport con el público actual, como muy pocos han podido mantener. Y teniendo en cuenta que sus dos obras anteriores como director – Generación X (1995) y El Insoportable (1996)- han sido films que no pudieron definirse hacia un rumbo seguro, por más buenas intenciones que este haya tenido, Zoolander, a priori, era una apuesta difícil de bancar.

Pues bien, sufrido espectador, estimado cinéfilo a ultranza. Esta vez hemos perdido el partido.
El bueno e inteligente de Ben ha aprendido de sus errores y aprovechado muchísimo los aciertos de su carrera. Con su último film, no buscó volar alto convirtiendo su largometraje en un ícono para los que crecieron viendo MTV como en Reality Bites o narrar una historia graciosa en clave hitchcokiana como en The Cable Guy; Stiller se burla -y muy bien vale decirlo- de todo lo que implica ser fashion. La trama es mínima y el nivel de complejidad de la misma es nula. Basta con señalar que su personaje, que da nombre a la película, es el modelo más famoso del mundo hasta que su carrera comienza a derrumbarse cuando pierde un premio -al que aspiraba por cuarto año consecutivo- ante un novato (Owen Wilson) que está acaparando toda la atención en el ambiente. Para sumar más problemas, el protagonista, obviamente sin que se de por enterado, ha sido seleccionado y entrenado por una organización criminal ¡de diseñadores! amparados en la industria de la costura, para asesinar a un rival.

Todo un disparate, absolutamente lógico en el sistema al que suscribe Zoolander, donde su actor y director da en el blanco al apuntar a dos números puestos: la supuesta actividad cerebral muerta en los modelos como consecuencia del culto al cuerpo; y la onda retro con la que apelan mucho más que a la añoranza. En el primer ítem, la incursión en el slapstick marca la torpeza de los agraciados con buena presencia, mientras que el absurdo, señala aún más la escasa inteligencia de los protagonistas. En el segundo, utiliza munición pesada no solo por el excelente soundtrack, sino por los actores y personajes que aparecen interpretándose a sí mismo; verdaderos símbolos del mainstream, tanto en la moda como en la música y el cine. Y encima, algunos profesionales, como Jon Voight, en intervenciones tan desopilantes como los roles que les tocaron desempeñar. Todos con un buen humor y una predisposición que hacen suponer que sus participaciones se deben a que Stiller es muy apreciado en esos círculos. Un halago que no puede pasar desapercibido.

Para objetar, una escena que no se ha logrado sobre la bulimia, que puede llegar a ser ofensiva para cierta parte del público, sobre todo el de las adolescentes; algo que no empaña el resultado final de un conjunto que incluye una competencia clandestina de pasarelas con David Bowie de jurado, una conspiración develada por un irreconocible David Duchovny en un chiste robado de un episodio de Seinfeld, un terrorista cuyo antecedente más nefasto es haber sido la primera guitarra de Frankie goes to Hollywood, hasta mártires que volaron en una estación de servicio al ritmo de Wake me up before you go de Wham! pasando por sendos homenajes a 2001: Odisea del Espacio y El Padrino II , un alucinante duelo de breakdance en el clímax del film, más los subtítulos al mejor estilo El Rayo; que hacen de Zoolander un entretenimiento que se deja ver con un placer tan culpable como lo liviano de su propuesta.

Publicada en Leedor el 7 de febrero de 2002.

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