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Chúmbale, primer filme autóctono estrenado en este atribulado 2002, se adecua a la situación política y no deja lugar a los elogios y a decir verdad, estaría más cerca del juicio que de la salvación.

Un ladrido en la oscuridad

Acostumbrados a los buenos desempeños internacionales y a las gratificantes horas que pasamos en el 2001 en las salas donde proyectaron filmes nacionales, nos permitimos augurar un presente en donde el sentimiento fuera sostenido.

Pero parafraseando clásicas tonadas musicales: “todo tiene un final, nada puede escapar”. ¿A qué se debe tan abrupta caída? Lamentablemente la pluma sangra al tener que expresar estas líneas y es que al fin y al cabo, que la profesión no perdona a la hora de la verdad.

Chúmbale, primer filme autóctono estrenado en este atribulado 2002, se adecua a la situación política y no deja lugar a los elogios y a decir verdad, estaría más cerca del juicio que de la salvación.

De la mano de Aníbal Di Salvo, la adaptación de la obra teatral de Oscar Viale – Los Gauchos judíos, Plata Dulce y Convivencia entre otras – la puesta en escena no logra colmar las expectativas del espectador. En un intento de formalizar un grotesco de sociedad devaluada por una clase política corrupta y financieramente quebrada, sólo logra mechar algunos toques de fantasía humorística de bajo vuelo. Permanentemente se presentan manotazos de ahogado – diálogos referidos al desempleo, piquetes y corrupción – que intentando dar actualidad, pasarán desapercibidos y no denotarán la importancia suficiente, como para lograr la atención de un público que cautivamente concurre a ver a su gran ídolo Enrique Pinti.

Fílmicamente, las limitaciones presupuestarias se ven notoriamente estampadas y deslucen la composición visual, dejando a la producción más cerca de aquellas viejas peliculas que todos deseamos olvidar, que de aquellas que recordamos cordialmente.

En el campo dramático, la inconsistencia narrativa se transpone y desluce la impronta que Pinti pueda darle. Lejos de su habitual rol de monologuista, su sola presencia no basta para sostener la producción, pero no es culpa de falta de talento ni que el reparto no acompañe, es que cuando las limitaciones surgen de una adaptación poco feliz, no pueden pedirse peras del olmo.

Es entendible e imaginable que una obra teatral de este estilo, pueda tener buen promedio de asistencia y criticas que la lleven a buen puerto, es que la idea de inmediatez e improvisación del noche a noche le otorgan esa ventaja competitiva que apasiona al espectador, pero cuando las mentes creativas son acorraladas por un guión deslucido, toda la sorpresa se pierde y por más que no se quiera, el pulgar dictamina una estrepitosa caída.

Insisto, no es grato tener que ser tan tajante, máxime en un momento donde la industria nacional necesita apoyo incondicional, pero cuando la sensación de pueblo fantasma se presenta en la sala y la pantalla refleja una situación similar, no queda otra salida. Chúmbale tiene ese halo de buenas intenciones, pero sólo se queda en esa postura.

Sebastián Montagna
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Estreno: 07/02/02