Amélie

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Améliees una adorable comedia romántica en la que el celebrado Jean-Pierre Jeunet logra transmitir a la audiencia un enorme caudal de emoción a través del uso gráfico que realiza con la cámara; en un film donde un mensaje de optimismo y esperanza, quizás sea lo que más estamos necesitando por estos pagos. París idealizada en forma romántica y absolutamente personal

Por Leo Oyola

El director francés logra junto a su guionista centrar en el diálogo y en la estructura de este trabajo, un feedback artístico propio de estos días de por medio. En la exploración de motivos que son universales (como los gustos y odios, la riqueza o la pobreza) y en el tema de coleccionar, ambos logran ser tan personales; aunque estén llegando a todo el mundo con un argumento que conmueve y evoca un sentimiento de sueños. No hay demasiados películas que nos hagan ver la vida y el mundo que nos rodea como lo hace Amélie. El responsable de La Ciudad de los Niños Perdidos ha combinado su extraordinaria habilidad para crear fabulosas imágenes con una historia de amor y un personaje central de una innegable calidez. El creador de Delicatessen ha producido otro tour-de-force visual, lleno de fotogramas que nunca dejan de asombrar con su audacia. Marcado por un amor por Paris, Jeunet toma toda acerca de la ciudad luz, creando una elevada como singular visión de la ciudad como él imagina. Pero el secreto del éxito del film es Audrey Tautou y su superlativa interpretación como la imaginativa e ingenua moza de ese café, imán de los personajes de los más variados colores. Amélie es una excéntrica jovencita que discretamente se dedica a orquestar las vidas de las personas que están alrededor suyo, creando un mundo exclusivamente de su propia factoría. Ella encuentra en los placeres simples de la vida una felicidad infinita a la que accede usando su rica imaginación. Su vida cambia cuando encuentra una caja oculta en su departamento por un niño antes de crecer, por lo menos cuatro décadas atrás. Ella buscará a esta persona y le devolverá su tesoro de otrora. Inspirada ante una respuesta mucho más que auspiciosa, ella buscara hacer algo similar en las vidas de sus amigos y vecinos. En su rinconcito del mundo, escribirá cartas de un esposo muerto a su solitaria viuda, publicará el trabajo de un escritor fracasado, unirá la pareja más improbable y entre tantas historias, iniciará la propia con un hombre coleccionista de fotos abandonadas en estaciones de subtes y tren. El destinatario del afecto de Amélie es una de estas excéntricas personas pequeñas que habitan en el film; un tal Nino Quincampoix, que interpretado por el actor y también realizador Mathieu Kassovitz (director de El Odio y Los Ríos de Color Púrpura) -que abandona el tono oscuro que caracterizó su obra precedente, al igual que la de Jeunet- en una mezcla de torpeza e ingenuidad que lo asemejan a su futura alma gemela, logra hacernos creer en uno de los gigantes del alma, a pesar de hablar de amor en el medio de un sex shop. Jeunet filmó por primera vez fuera de estudio para lograr evocar una idílica vida parisina a través de la humorística y romántica historia de nuestra heroína; utilizando locaciones de París, como el Sagrado Corazón, la Catedral de Notre-Dame y las calles de Montmartre. Allí el director capta el encanto y la verdadera intimidad de una ciudad que definitivamente adora; como queda demostrado en cada toma en la que la retrata como si fuese una pintura. El realizador francés siempre se caracterizó por el uso altamente creativo de la fotografía, de la escenografía y de los efectos. El resultado es un tributo amoroso a París, así como un homenaje a los grandes del cine francés como Jean Renoir, Marcel Carné y Francois Truffaut de quien sus 400 Golpes han ejercido una evidente influencia en Amélie, donde abundan las bellas imágenes de calles adoquinadas, de empinadas escalinatas, de panaderías y mercados en las esquinas, de tejados roídos e íntimos cafés estilo art nouveau.

Por todo esto -aunque las comparaciones sean odiosas- la película de Jeunet termina siendo para los habitantes de la capital de Francia, lo que El lado oscuro del corazón (Eliseo Subiela, 1992) era para los porteños: una postal de un lugar y su gente, única e irrepetible, que bien vale un viaje que en este caso ha devenido en metafórica entrada de cine.

Publicado en Leedro el 25-1-2002