Alta Velocidad

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Leo Oyola destroza esta película de Silvester Stallone, como si se tratara de un auto que choca a más de 300 km/h.Marcha Atrás, como las carreras de Sly & Harlin

Desde que puso primera, Sylvester Stallone bien supo que a las grandes audiencias no le gustan para nada los perdedores en pantalla. De ahí el suceso de Rocky que arraso tanto en taquilla como en los Oscars, catapultándolo a la fama, con anhelos y quimeras traducidos en ese boxeador desahuciado, que consigue su pelea por el título, que tras un enfrentamiento feroz, algunas dudas y un combate brutal pierde el premio por puntos frente al campeón pero gana el premio moral que le otorga el público en un triunfo del voluntarismo merced a la vieja receta de uno contra todos. Cualquiera, si se lo propone, puede recuperarse. El sueño americano existe. Y Sly es el vivo ejemplo del self made man transpuesto a Hollywood. Escribe, dirige y actúa, pese a no tener muchas luces. Lo que no se le niega al tipo es que labura. Ni ahí que baja un cambio. Patenta un estilo. Continua sus historias más conocidas en sendas secuelas. Consigue otras máscaras no muy distintas de la principal en personajes como Rambo y Cobra, convirtiéndose en el primero en vanalizar la violencia extrema del abuso de autoridad. Sin embargo, se sabe que los diamantes no son eternos. Y las fórmulas o recetas, menos. Y es por eso que Driven, la historia que el mismo Stallone escribió, evidentemente se convierte en una especie de metáfora sobre su carrera.

A finales de los ’80 Condena Brutal (John Flynn) y Tango & Cash (Andre Konchalovsky) dejaron claras muestras al actor de que si quería permanecer en el podio, entre coronas y champagne, por lo menos había que hacer un cambio de llantas. Eso sí, antes de ir a boxes, Sylvester quedó en poleposition cerrando la historia de Rocky con el quinto y último capítulo de la saga, dirigido por John G. Avilsen, también responsable de la primera. Stallone decidió -observando en el espejo retrovisor la carrera de Schwarzenegger- probar con otra escudería incursionando en la comedia con la escasamente aceptable Oscar (John Landis, 1991); sin imaginarse que se iba a pegar el palo de su vida con la impresentable Para, o mi mamá dispara (Roger Spoodwise, 1992). Sin embargo, Sly volvió con todo, manejando la máquina que mejor sabe pilotear en ese tanque que fue Cliffhanger – Riesgo Total (1993), luciéndose -mucho más que en sus acrobacias en la alta montaña- al convertirse en el primer actor en firmar un contrato por la friolera de 20 millones de dólares por cada una de sus próximas tres películas. Teniendo en cuenta los resultados en la taquilla (mejor no hablar de los artísticos) de El Demoledor (Marco Brambilla, 1993), El Especialista (Luis Llosa, 1994) y El Juez (Danny Cannon, 1995) la inversión en Stallone definitivamente devino en fracaso. Ya poco importaba que en Asesinos (Richard Donner, 1995)se lograra homenajear a los films de Don Siegel de la década del ’70; que Daylight (Rob Cohen, 1996) fuera un intento menor de restaurar el cine catástrofe; o que Tierra de Policías (James Mangold, 1997) en verdad fuera su mejor película en años. Sly estaba acabado. Y consciente de esto, durante una de las conferencias de prensa en las que promocionaba la bochornosa El Implacable (2000), puso la caja de velocidades en punto muerto, piso gradualmente el freno testeándolo, y anunció, para después de los dos compromisos que ya tenía pautados, su retiro definitivo del mundo del Séptimo Arte.

Una de esas obligaciones -nunca tan apropiado el término para describir este film desganado- es Alta Velocidad, película que aquí criticamos -y destrozamos como cualquier auto que choca a más de 300 km/h- donde Stallone interpreta a Joe Tanto, un corredor retirado que vuelve al ruedo como piloto número dos de un team que posee como ancho de espada a Jimmy Bly (Kip Pardue), un novato devenido en estrella gracias a un par de triunfos logrados por una combinación de irreverencia y frescura propios de su escasa edad. El rival a vencer es el experimentado campeón Beau Brandenburg (el astro alemán Til Schweiger) que quiere repetir la gloria en la presente temporada a la que accedemos mediante un clip que excede lo informativo. Y si bien Driven prometía mucha adrenalina para el espectador, en una decisión totalmente errónea , su desarrollo deja a uno con la mandíbula desencajada al darle mayor importancia a las relaciones entre los personajes; a los que se deben sumar un Burt Reynolds lisiado como el mejor amigo y jefe del personaje de Stallone, la ex joven promesa Robert Sean Leonard (Sociedad de los poetas Muertos) como el hermano y representante inescrupuloso de Jimmy, la modelo Estella Warren (El Planeta de los Simios) como el objeto amoroso que se suma a los muchos trofeos a disputar entre Bly y Brandenburg y Gena Gershon como la ex de Joe, una bruja despechada que no tuvo mejor idea que casarse con otro corredor cuya única diferencia con quien se divorció pasa solo por la edad.

El finlandés Renny Harlin, otro que sabe de laureles perdidos, muestra lo mejor de su manejo detrás de cámaras, posicionándonos en el asiento del conductor para así lograr una sensación de vértigo elevada a niveles extremos en aciertos como la visión del piloto durante la carrera con lluvia por ejemplo. Los extreme close up de ojos como los planos detalles de las manos sobre los volantes sumados a la disminución paulatina del sonido ambiente que se pierde por el aumento progresivo de latidos de corazones que comienzan a galopar, pueden llegar a inquietar pero no constituyen para nada un recurso novedoso. Lo que llama poderosamente la atención es como la dupla de Riesgo Total, eligió para esta historia un registro -tanto en la actuación como en la disposición de la lente- que la asemeja a una soap opera de la altura de The days of our lives antes de pasar por algo más del estilo de Grand Prix o inclusive a la también limitada Días de Truenos. Es así como el actor y el director, otroras popes de la acción y el entretenimiento, defraudan en cada fotograma de una cinta francamente indefendible, que aprovecha no solo cada cm de los vehículos para sponsorizar este producto -lo que no molestaría si se pretende ser verosímil con el circuito- sino también a grupos de blondas señoritas que no dejan de aparecer una y otra vez ante cada carrera vestidas escasamente con shorts y tops con la publicidad de turno en chivos más alevosos que los de Sofovich en sus maratónicos programas dominicales.

-Yo no tengo tu talento- le asegura el personaje de Stallone al de Pardue -pero si he trabajo mucho y he sido firme de voluntad. Con eso, confía en mi, podes alcanzar tu meta.

Obviamente, si bien en pantalla el personaje que pronuncia esto es Joe Tanto, Sylvester es el que hace pública su fórmula. Una receta en la que un actor de un solo gesto logro muchísimo en un área tan poco valorada para el cinéfilo a ultranza como lo es la del entretenimiento. Un área a la que Sly ya no tiene nada más para ofrecer después de que llegue la inminente D-Tox, I see you, lápida de una carrera que no merecía en una de sus últimas vueltas una película como Driven, que como el refrán afirma que al que hierro mata, a hierro muere.

Leo A. Oyola
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