La Maman et la Putain

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Luego de casi 30 años de su realización, esta joya del cine francés llega a las pantallas argentinas como una suerte de destello de épocas pasadas, donde el cine europeo, y en especial el francés, delineaba las tendencias independientes y hacía frente al emporio occidental.
Nouvelle Vague en estado puro

Luego de casi 30 años de su realización, esta joya del cine francés llega a las pantallas argentinas como una suerte de destello de épocas pasadas, donde el cine europeo, y en especial el francés, delineaba las tendencias independientes y hacía frente al emporio occidental. Pero debido al intrincado y hasta incluso retorcido estilo de su director, establecer una sinopsis coherente de una obra de tres horas y media – ¡sí, leyó bien! – es un trabajo casi imposible. Igualmente, trataremos de marcar algunos parámetros que permitan ubicar a los potenciales espectadores.

Promediando su segunda década de existencia, Alexandre se encuentra posicionado en la Francia de principios de los setenta. Interiorizado en amplios conocimientos filosóficos, teológicos y sociológicos, es un hombre que no pretende dejar nada librado al azar y busca continuamente la respuesta a todo suceso por el que pueda atravesar diariamente. Llevando a cabo lo que podría identificarse como un devenir “sabático”, agradece su supervivencia a Marie, quien aparte de mantenerlo, contenerlo y brindarle un techo, se encuentra ligada espiritual, sentimental y sexualmente a su figura masculina.

Por otro lado y como consecuencia de la ruptura que Alexandre experimenta con su pareja oficial, entra en escena Veronika, quien tomará un rol explosivo en la relación que éste mantiene con Marie y poco a poco irá tomando notoria importancia en su acontecer, llevándolo a enfrentarse con sus inseguridades, miedos y produciendo confusión donde antes no lo había.

¿Pero, sólo de esto se trata el filme? ¿Cuál es la ventaja competitiva que maneja la producción y por qué fue tan importante la historia de este pseudo-gígolo? La notoriedad de la película no se demuestra a simple vista, pero tampoco se debe escarbar demasiado. Bien es sabido que el cine de esta “edad histórica”, enarbolada por algunos de los más brillantes
directores del séptimo arte – François Truffaut, Jean-Jacques Annaud y Jean-Luc Godard – fue la Nouvelle Vague. Esta corriente, en una forma muy descriptiva, pretendía dejar de lado todo lo que tuviera que ver con la banalidad e intentó comunicar en una suerte de reflejo casi sin intervenciones, el estado actual – fines de los sesenta, principios de los setenta – de las cosas.

A través de la figura de Alexandre, de su cúmulo de pensamientos, el director intenta aportar serias críticas al feminismo, a la sociología de los Estados, al mismo pensamiento filosófico, a la cinematografía, a las relaciones humanas, a la bacuedad reinante a nivel intelectual, incluso proponiendo una crítica al mismísimo Sartre y manipulada por la expresividad de un personaje que se encuentra fuertemente enfrentado a los patrones preestablecidos, se hace de todo elemento posible para desarrollar un monólogo discursivo y visual, que por momentos desborda conocimiento y por momentos provoca bostezos. Por otro lado, instaura continuas introspecciones que hacen y dejan entrever los miedos, los temores y las esperanzas que continuamente van floreciendo en una figura, que si bien siempre pretende tener una respuesta a todo, se encuentra bastante confundida. Justamente esa es otra de las características del discurso de Eustache, manifestar el temporalismo de lo humano y llegar a la conclusión de que el destino se abre paso a su manera.

Es evidente que aquel que tenga la suerte de aguantar, se llevará una grata sorpresa en los 15 minutos finales y saciará sus oídos con uno de los monólogos más destacables de la historia del cine. Cada uno de los personajes posee su encanto particular y en algún punto, la identificación con ellos está a flor de piel. La contradicción que lleva este estreno, es que la importancia como documento, se encuentra contrastada con la situación reinante en nuestra cambiante actualidad y los llamados “tanques” del verano, inevitablemente opacará su paso por las salas nacionales. Bien vale la pena darle una oportunidad, siempre y cuando se sienta capacitado para no perder el hilo de la historia y tenga ganas de experimentar algo fuera de los comunes circuitos comerciales

Sebastián Montagna
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Estreno del 20 de diciembre de 2001